El día que no te buscaba

Capítulo 23. ¿Y mañana?

Durante los primeros metros ninguno dijo nada.

La música seguía llegando desde la carpa, mezclada con las olas. Caminábamos por la arena con las zapatillas hundiéndose un poco a cada paso y una distancia entre nosotros en la que antes habría cabido mi mano buscando la suya.

Ahora llevaba los dedos metidos en las mangas.

Hugo miró hacia mis brazos cruzados.

—¿Tienes frío?

—Un poco.

Se llevó una mano a la cremallera de la chaqueta.

—No hace falta —dije.

La dejó donde estaba. Seguimos andando y, cuando una ola avanzó más de lo previsto, él cambió de lado para dejarme la parte seca. Lo hizo sin interrumpir el paso.

Me acordaba de aquello. De muchas cosas así. Hugo apartando una mochila del suelo para que yo no tropezara, acercándome un vaso mientras seguía hablando con otra persona. Gestos a los que había dejado de prestar atención hasta que ya no los tenía.

—No hace falta que vayas por el agua —le dije.

—No voy por el agua.

Los dos miramos sus zapatillas justo cuando tuvo que esquivar otra ola. Me salió una sonrisa pequeña. Él la vio y sonrió también, aunque enseguida volvió a mirar hacia delante.

Durante unos pasos me resultó fácil estar allí.

Eso no me tranquilizó demasiado.

—Te he echado de menos —dijo.

Lo miré. Hugo seguía pendiente del suelo, buscando dónde pisar entre las marcas que había dejado el agua.

—Yo también.

No había pensado si debía decírselo. Me había salido y ahora tenía las manos apretadas dentro de las mangas, esperando algo más.

Él levantó la vista.

—¿Sí?

Asentí. Me molestó un poco que pareciera sorprenderle, aunque no sabía qué aspecto esperaba que tuviera alguien a quien había dejado yo.

—Antes has dicho que querías escribirme. ¿Para decirme qué?

Hugo se agachó a quitarse una piedrecita de la zapatilla y tuve que detenerme a su lado.

—A veces, cualquier tontería. —Se incorporó despacio—. El otro día Dani hizo una de las suyas y cogí el móvil para contártelo. Llegué a abrir tu conversación.

—¿Qué hizo?

Sonrió apenas.

—Se dejó las llaves dentro de casa. Otra vez.

Miré hacia delante. Casi pude imaginar el mensaje, la foto de Dani esperando en el rellano, mi respuesta antes siquiera de terminar de leerlo.

—Yo hice una foto a un perro que se parecía al que veíamos en la plaza.

Hugo volvió la cabeza.

—¿El de las orejas?

Asentí.

—Luego me di cuenta de que no se parecía tanto.

—¿La tienes?

Llevé una mano hacia el bolso y la dejé a medio camino.

—Sí. Creo que sí.

Él vio el gesto. Bajó la mirada hacia mi mano y no me pidió que la buscara. Seguimos caminando, con la foto sin enseñar y aquella conversación que durante unos segundos había estado a punto de convertirse en una de las nuestras.

Habían pasado algo más de tres semanas. Casi cuatro. No había olvidado su voz ni necesitaba acostumbrarme de nuevo a su forma de caminar. Lo difícil era recordar qué cosas ya no podía hacer mientras caminaba con él.

—Otros días quería llamarte sin más —añadió—. Escucharte un rato.

Noté presión detrás de los ojos.

—Podías haberlo hecho.

—No sabía si debía.

Lo entendía. Le había pedido que me dejara marcharme. Eso no evitaba que hubiera esperado encontrar su nombre en la pantalla demasiadas veces.

Hugo se detuvo y yo avancé un paso más antes de volverme.

—Esta noche, cuando te he visto…

Esperé. Tenía los ojos puestos en mí y una mano apretada dentro del bolsillo.

—No esperaba que estuvieras con alguien.

Gael volvió de golpe. Había seguido allí, al fondo de todo, pero hasta entonces había conseguido no mirar demasiado en esa dirección.

—Yo tampoco esperaba encontrarte.

—Ya.

Hugo bajó la vista y arrastró la suela por la arena.

—Me ha sentado mal.

No me salió contestar enseguida.

—¿Verme?

Negó con la cabeza.

—Veros.

Me abracé un poco más fuerte. El aire me levantaba el pelo que se había soltado de la coleta y aparté un mechón de la boca.

—No sabía que ibas a venir, Hugo.

Levantó la cabeza.

—No estoy diciendo eso.

—Ya. Pero parece que tenga que explicarte algo.

Abrió la boca y tardó un momento en responder.

—No tienes que explicarme nada.

Nos quedamos callados. Unas personas caminaban cerca de la orilla, bastante más allá, con los zapatos en la mano. Miré hacia ellas hasta que Hugo volvió a hablar.

—¿Estáis juntos?

—Nos estamos conociendo.

Asintió, aunque no parecía que la respuesta lo hubiera ayudado mucho.

—¿Te gusta?

—Sí.

Decirlo delante de él me puso nerviosa. No porque fuera mentira, sino porque vi cómo apretaba la mandíbula antes de mirar otra vez al agua.

—Me gusta estar con él —añadí.

Hugo no contestó.

Podía haber seguido explicándome. Decirle que con Gael todo era nuevo y que aquella noche había conseguido pasármelo bien sin tenerlo a él dentro de cada cosa. Que besar a Gael me gustaba, pero no me hacía sentir lo que estaba sintiendo solo por tener a Hugo delante.

No se lo dije.

No quería utilizar a Gael para tranquilizarlo. Bastante estaba haciendo ya al dejarlo esperando mientras mantenía aquella conversación.

—¿Y tú? —pregunté.

Hugo volvió hacia mí.

—¿Yo qué?

—¿Sabes algo más que cuando nos despedimos?

Se quedó mirándome. Después bajó los ojos hacia mis manos escondidas en las mangas.

—Marina…

—Sobre Janna.

La nombré antes de que encontrara otra forma de entender la pregunta.

Una ola rompió detrás de nosotros. Hugo se pasó la lengua por el labio y volvió la cabeza hacia el mar.

—Sigo hablando con ella.

—Eso no es lo que te he preguntado.

—Ya lo sé.

Esperé. Me habría gustado ser capaz de hacerlo sin que se me notara nada en la cara.

—¿Sigues enamorado de Janna?




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