El lunes se me enfrió la tostada mientras miraba una conversación en la que no había nada nuevo.
Primero la de Gael.
Después la de Hugo.
Con uno no sabía qué más decir. Del otro seguía esperando una respuesta a una pregunta que ni siquiera había terminado de hacerle.
—Se te va a hacer tarde.
Levanté la cabeza. Marc estaba de pie junto a la mesa, con una taza en la mano y el pelo todavía aplastado por un lado.
—Ya voy.
Bloqueé el móvil y mordí la tostada. La mantequilla estaba fría. Me quedé masticando mientras Marc abría un armario, lo cerraba y abría el de al lado.
—¿Qué buscas?
—Nada. Ya está.
Sacó el azúcar. Yo volví a encender la pantalla.
No había vibrado. Lo sabía perfectamente.
Eso no me impidió mirarla.
El domingo había intentado hacer cosas normales. Poner una lavadora, terminar un ejercicio, ayudar a mi madre con la mesa. Había encontrado arena en el fondo del bolso y lo había vaciado sobre una bolsa de basura con más rabia de la necesaria.
Después había vuelto a mirar el teléfono.
Me enfadaba haber dejado a Gael esperando. Me enfadaba recordar la mano de Hugo sobre mi brazo y sentir ganas de estar otra vez allí. Sobre todo, me enfadaba tener tan claro lo que él me había dicho sobre Janna y seguir esperando que escribiera algo que lo cambiara.
El móvil se me resbaló sobre el mantel al dejarlo.
Marc levantó los ojos.
—¿Todo bien?
—Sí.
Me miró un momento.
—Vale.
Cogí la mochila antes de que decidiera preguntar mejor.
Acabé corriendo hasta el autobús, con un trozo de tostada todavía en la mano. El conductor esperó mientras yo buscaba la tarjeta en un bolsillo que no era. La encontré en el siguiente y me senté con la sensación de llevar horas haciendo mal cosas bastante sencillas.
En la facultad, Laia me apartó una silla con el pie cuando llegué.
—Te he mandado lo del informe.
—Ahora lo miro.
—No corre prisa.
Asentí y saqué el portátil. Su archivo estaba justo encima de una carpeta que llevaba días diciéndome que iba a ordenar.
Abrí el documento. Conseguí leer el primer párrafo dos veces sin enterarme del todo y empecé por cambiar una coma. Era una aportación pequeña, pero al menos resultaba verificable.
Cuando comenzó la siguiente clase, dejé el teléfono boca abajo.
Duró poco.
La vibración sonó contra la mesa y lo cogí antes de que Laia terminara de abrir su cuaderno.
HUGO: ¿Podemos hablar?
Sentí alivio.
Fue lo primero. Antes de pensar en la playa, en Gael o en qué quería decir exactamente aquel mensaje. Me había escrito.
Después me dio rabia haberme alegrado tanto.
HUGO: No quiero dejar lo del sábado así.
El profesor estaba proyectando una diapositiva. Intenté leer el título, pero volví al teléfono a mitad de la primera línea.
YO: Estoy en clase.
HUGO: Cuando acabes. Puedo acercarme al centro.
Podía esperar. Había una hora perfectamente utilizable entre aquel momento y el final de la clase.
YO: ¿Puedes ahora?
HUGO: Sí. En la plaza de siempre, junto al metro.
Cerré el portátil.
Laia giró la cabeza al oírlo.
—¿Te vas?
—Tengo que hacer una cosa.
Me miró mientras guardaba el cargador a toda prisa.
—Luego te paso los apuntes.
—Gracias.
Salí procurando no golpear ninguna silla. En el pasillo tuve que parar para abrochar la mochila, que había dejado abierta.
Otra decisión tomada antes de terminar de pensarla.
Aun así, mientras bajaba las escaleras, me sorprendí imaginando lo que Hugo podía querer decirme.
Cuando llegué a la plaza, estaba sentado junto a uno de los bancos de piedra. Se levantó al verme y guardó el móvil.
—Hola.
—Hola.
Hizo un movimiento hacia mí, pequeño, que no llegó a convertirse en un saludo. Yo me sujeté la correa de la mochila. Después del sábado no sabía si iba a besarme, abrazarme o quedarse exactamente donde estaba.
Se quedó allí.
—¿Nos sentamos?
Asentí. Dejé la mochila junto a mis pies y Hugo se acomodó a mi lado, con un hueco entre nosotros.
Había turistas siguiendo a una mujer que levantaba un paraguas amarillo. Un niño se paró delante del banco a perseguir una paloma y su padre volvió a buscarlo.
Hugo esperó a que se alejaran.
—Podías haber venido después de clase.
—Ya.
—No quería que salieras corriendo.
Me froté las palmas sobre los vaqueros.
—He salido porque he querido.
Asintió. Parecía cansado. Tenía una marca roja junto a la nariz y me sorprendí mirándola como si fuera una cosa que todavía podía tocar para preguntarle qué le pasaba.
—He estado pensando en lo del sábado —empezó.
Dejé quietas las manos.
—Yo también.
—No debí pedirte que salieras conmigo.
Lo miré.
—Ah.
—Estabas con Gael. Lo vi y aun así fui a buscarte.
Bajé los ojos hacia la cremallera de mi mochila.
—No me obligaste a ir.
—Ya lo sé. Pero… —Se frotó la nuca—. Luego me quedé pensando en él, ahí dentro.
Aquello me hizo levantar la cabeza.
—¿Te arrepientes por Gael?
—No he dicho eso.
—Es de lo que estás hablando.
Hugo apoyó los codos en las rodillas y se quedó un momento mirando al suelo.
—Estoy intentando decirte que no lo hice bien.
Cogí aire. Había llegado imaginando una conversación distinta y todavía estaba intentando alcanzar la que teníamos delante.
—Yo tampoco —dije—. Le dije que volvía y no volví.
Hugo giró la cabeza hacia mí.
—¿Habéis hablado?
—Le escribí. Le pedí perdón.
—¿Y…?
Me tiré de la manga hasta cubrirme media mano.
—Le dije que no podía empezar una relación.
Hugo volvió la vista hacia la plaza. No supe qué había hecho con aquella respuesta.
—No te lo estoy contando para que digas nada —añadí.
Él me miró enseguida.
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Editado: 29.10.2026