Abrí los ojos cuando el piano se detuvo.
Durante unos segundos solo vi la esquina de una mesa y un vaso de agua demasiado cerca del borde. Tenía la cara hundida en el cojín, una manga húmeda pegada a la mejilla y una pierna que no parecía estar colocada donde la había dejado.
Después reconocí el salón de Álex.
La manta.
El piano a unos metros.
Me había quedado dormida.
Lo último que recordaba era un fragmento que él tocaba despacio. Cada vez que volvía a empezar, yo perdía un poco más el hilo. Había intentado incorporarme para seguir escuchando. Al parecer, mi cuerpo había considerado que ya había participado bastante.
Saqué la pierna de debajo del cojín y el sofá crujió.
Álex miró por encima del hombro.
—¿Te he despertado?
Me pasé una mano por la cara. Tenía la marca de una costura junto a la boca.
Muy buena imagen para alguien que intentaba resultar una visita normal.
—Creo que has parado.
—Ah. Perdona por el silencio.
Se me escapó una sonrisa pequeña. Me incorporé despacio, esperando a que la habitación terminara de colocarse, y recogí la manta sobre las rodillas.
El reloj de la estantería marcaba las cinco y cuarto.
Lo miré mejor.
—¿Las cinco?
Álex siguió mi mirada.
—Y cuarto.
Cogí el móvil de la mesa. La hora coincidía, por si uno de los dos aparatos había decidido gastarme una broma.
—¿Cuánto he dormido?
—Unas tres horas.
Me quedé mirando la pantalla.
Tres horas.
Yo había salido de casa por la mañana con una mochila y cosas que hacer. Ahora me encontraba en el sofá de otra persona, con la boca seca y sin ninguna idea de dónde había ido a parar buena parte del día.
Deslicé el dedo por las notificaciones sin abrir ninguna. Después dejé el teléfono boca arriba junto al vaso.
Bebí hasta que tuve que parar para respirar.
Álex se giró un poco más en el banco.
—¿Mejor?
Asentí y me sujeté el pelo para apartármelo de la cara.
—Me duele un poco la cabeza.
—Antes también te dolía.
—Entonces sigo siendo bastante coherente.
Sonrió apenas. Esperó a que dejara el agua y después volvió hacia las teclas.
Me acomodé contra el respaldo. El cuello tiraba al moverlo y tenía un brazo todavía medio dormido. Lo estiré por encima de la manta, despacio, sin demasiadas ganas de comprobar cómo estaba el resto de mí.
Las cosas de aquella mañana seguían ahí.
Durante un rato preferí escuchar.
Reconocí el principio del fragmento. Esta vez pude seguirlo hasta donde Álex se detuvo. Dejó las manos quietas, miró la partitura y volvió a empezar más despacio.
En el mismo sitio soltó aire por la nariz.
Yo dejé de mover la manta.
—¿Te estoy distrayendo?
Giró la cabeza.
—No. Esto ya me salía mal antes de que llegaras.
Miré las hojas abiertas en el atril. Había anotaciones a lápiz, una esquina doblada y varias marcas que yo no habría sabido interpretar aunque me hubiera acercado mucho.
—¿Llevas toda la tarde con eso?
—No toda.
Probó unos compases con una sola mano. Al terminar cogió el lápiz, pero no escribió nada. Se quedó mirando la página, con el pulgar apoyado en la frente.
Había algo distinto en su manera de estar sentado. Hasta entonces me había acostumbrado a verlo delante del piano como si allí todo le resultara fácil.
Ahora estaba esperando a que una de aquellas notas dejara de fastidiarlo.
—Pareces enfadado —dije.
Se pasó una mano por la cara.
—Estoy un poco frustrado.
Bajé la vista y aparté la manta de las piernas.
—Puedo irme.
Álex se volvió enseguida.
—No es porque estés aquí, Marina.
Me quedé con un pie en el suelo.
No sabía si volver a recogerlo iba a parecer demasiado precipitado, así que lo dejé donde estaba. La baldosa estaba fría a través del calcetín.
Él apoyó el lápiz y se giró de lado en el banco.
—Me gusta que vengas. Ver una peli, hablar. Lo que hemos estado haciendo.
Levanté la cabeza.
—Ya.
—Incluso cuando juzgas algo que no entiendes.
Miré las teclas.
—Me pides tú la opinión.
—Es verdad. Eso es culpa mía.
Sonreí un poco.
Había pasado tardes allí sin necesitar pensar demasiado en dónde sentarme o qué decir. Ahora tenía una mano sobre la manta y la otra junto al bolsillo del móvil, preparada para recogerlo todo en cuanto entendiera que tocaba hacerlo.
Álex bajó la mirada hacia sus dedos.
—Pero no sé qué hacer cuando apareces así en mi casa.
La sonrisa se me quedó a medias.
Él volvió a mirarme.
—Llorando. Sin poder hablar siquiera. —Se frotó el pulgar con el índice—. Me da rabia verte así y no saber qué hacer.
Me fijé en el vaso. Lo había colocado sobre una servilleta doblada y esta se había quedado pegada al fondo.
Me resultaba más fácil mirar aquello que su cara.
—Te has quedado conmigo.
Asintió.
—Sí. Y quería quedarme.
Arranqué una esquina húmeda de la servilleta sin llegar a separarla del todo.
Me acordé de la mochila que tenía preparada cuando yo había llegado. De haberle dicho que podía irse y de lo poco convincente que debía de haber resultado yo intentando asegurar que estaba bien.
—¿Te ha contestado el profesor? —pregunté.
—Sí. Esta semana no tiene otro hueco.
Se me encogió el estómago.
—Lo siento.
Álex negó despacio.
—Me sabe mal no haber ido. Quería trabajar esto con él antes del examen.
Señaló la partitura.
Miré otra vez las anotaciones. Hasta entonces habían sido unas hojas al lado de su piano. De pronto me pesó todo el rato que llevaba despierto mientras yo dormía.
—Te dije que fueras.
—Ya lo sé.
No lo dijo enfadado. Aun así, me oí y tuve ganas de retirar la frase. Había sonado como si estuviera intentando demostrar que aquello no iba conmigo.
Álex se quedó un momento buscando las palabras.
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Editado: 29.10.2026