El diario de Mirella

Día 27 (domingo)

Rosa estaba, en cierto modo, muy inquieta.

Ella me llamó el día anterior en la noche y quería hablar conmigo hoy. Verla siempre producía una felicidad inmensa, que me sabía a adrenalina, como si corriera maratones.

Sus ojos estaban quietos en el pasto el parque, eso me preocupó y dejó mi felicidad de lado. Ella estaba meditabunda, como encontrando las palabras para decírmelo.

—Quiero terminar, Mirella —dijo, de pronto.

Me quedé ida por unos segundos, como no queriendo procesar lo dicho. La miré, buscando signos de alguna especie de mala broma, pero no. Ella estaba seria, con ojos llorosos; y yo sin entender qué pasaba.

—¿Por qué?

Ella se mordió los labios.

—Mis padres se van a divorciar. Y yo no tendré cabeza para una relación.

Estaba sorprendida, no sabía qué había pasado con sus padres, pero, como siempre, los hijos salimos perjudicados en esas decisiones.

—Así no se trata las relaciones, Rosa —dije—. Se supone que como pareja tengo que apoyarte en estos momentos difíciles, no sólo disfrutar de los buenos. Hay buenos momentos y malos y en ellos quiero estar, en todos, en cada uno.

Ella sollozó. Era inquietante ver a una chica alegre derramar lágrimas como ríos, explorar por tantos sentimientos encontrados. La abracé, la obtuve cerca de mi pecho, ella necesitaba cariño y cálidas palabras diciéndole que todo estaría bien, que aún había gente que le importaba, como a mí, y que sufríamos sus problemas como suyo.

Tenía que acostumbrarme a verla llorar y tratar de no llorar con ella, cuando necesite de una pareja fuerte, que pueda sostenerla en los momentos más difíciles.

Si era por ella, iba a tratar de ser un poco más de hielo con mis sentimientos, para ser el refugio que corra cada vez que la situación sea mala.




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