De pie en lo alto del acantilado de la purificación, en sustitución de Adband, contemplé el círculo formado por numerosos pecadores que se extendía a mis pies y pensé que sería mejor terminar cuanto antes.
Desde aquella primera vez que Kado se echó a llorar, no me gustaba realizar purificaciones delante de él.
Desde entonces, solo cuando tenía que purificar almas dejaba atrás a Kado, que odiaba estar solo. Pero hoy no había más remedio, porque partiríamos directamente desde allí. Si lo dejaba detrás de mí, donde no pudiera ver nada, no habría problema.
Los humanos que eran llevados al Infierno como almas desnudas recuperaban allí sus cuerpos de carne y hueso. Nosotros, los demonios, quemábamos esos cuerpos una y otra vez durante el número de días establecido en la evaluación.
Cuando un humano quedaba reducido a cenizas, solo permanecía su alma. A la mañana siguiente, al recibir la luz del sol, esa alma regeneraba su cuerpo con el único propósito de volver a ser quemada. La mayoría de los pecadores repetía aquel proceso durante un tiempo que parecía eterno.
No me gustaba la crueldad, así que muchas veces me había preguntado si no existiría otra forma de purificar las almas, pero nunca se me había ocurrido ninguna.
La primera vez que Kado me acompañó a una purificación, se aferró a mí llorando.
—End, ¿esto no se puede detener?
—No pasa nada. Los quemo por completo en un instante para que no sufran.
Lo había dicho intentando desesperadamente consolarlo, aunque ni siquiera sabía si aquella excusa podía servirle de consuelo.
Me había sentido muy mal.
Me volví para comprobar que Kado estaba sentado con las rodillas abrazadas y la cabeza baja, en un lugar desde el que no podía ver a los humanos que había al pie del acantilado. Entonces dirigí la mirada al aire.
Una enorme esfera de fuego apareció ante mis ojos. Su calor aumentó, haciendo temblar el aire a su alrededor, y se dividió en tantas partes como pecadores había. Las grandes gotas de fuego comenzaron a caer como una lluvia, acelerándose cada vez más.
Los humanos que estaban al pie del acantilado deberían convertirse en cenizas sin siquiera tener tiempo de sentir el calor...
Pero, en aquel momento, reduje involuntariamente la velocidad de caída de las llamas en un lugar concreto.
—¿Por qué...?
Murmuré aquellas palabras y miré hacia abajo.
—End, ¿qué pasa?
Kado también percibió algo extraño en mi voz y corrió hacia mí.
Allí abajo solo deberían quedar numerosos cuerpos reducidos a cenizas y almas flotando como pequeñas llamas.
Y eso era prácticamente lo que se veía. Sin embargo, al observar con atención, noté que algo era diferente.
Kado siguió mi mirada y dejó escapar una pequeña exclamación.
—¿Eh?
Todavía había un humano ardiendo dentro del círculo.
Su cuerpo se retorcía violentamente.
Parecía que sus gemidos podían oírse incluso desde aquel lugar tan lejano. Aunque, en realidad, el aire abrasador debía de haberle quemado la tráquea y calentado incluso los pulmones, impidiéndole emitir sonido alguno.
—¿Por qué?
No pude sostener la mirada de Kado, que alzaba los ojos hacia mí.
Lancé una enorme masa de fuego, intensa y violenta, contra el humano que se retorcía de agonía al pie del acantilado.
El humano dejó de moverse al instante y quedó reducido a cenizas en el breve tiempo que tardó Kado en tomar una sola bocanada de aire.
Al momento siguiente, me arrodillé y atraje a Kado hacia mí, abrazándolo de frente para apartar de sus ojos aquella visión cruel.
—Lo has visto, ¿verdad? Perdóname.
Sin querer, estreché el abrazo con más fuerza.
—No quería hacerlo sufrir a propósito.
Los dedos delgados de Kado rozaron mi cabello.
—Lo sé.
Kado me acariciaba suavemente el pelo.
—Cuando dejé caer las llamas, oí un grito parecido al tuyo. Y, sin querer, reduje la fuerza.
—¿Quieres decir que dudaste en dejar caer las llamas sobre un humano solo porque su voz se parecía a la mía?
No podía verle la expresión, porque tenía el rostro hundido contra mi pecho, pero escuché su pregunta.
—Al final, solo conseguí hacerlo sufrir más. Y también te hice ver algo que no querías ver. Perdóname.
—Pero ¿qué dices? Que te desanimes tanto solo porque alguien tiene una voz parecida a la mía... No pasa nada. Si recupero la memoria y resulta que soy un pecador, quiero que seas tú quien me purifique. Eso sí, procura no hacerme sufrir demasiado, ¿vale?
De pronto, Kado se apartó de mi pecho, me tomó las mejillas entre ambas manos y acercó mi rostro al suyo.
—Tú...
Durante un instante, contuve la respiración.
—¿Ves? Todo está bien, ¿verdad?—
Oí la voz de alguien a quien no conocía.
♢♢
¿Qué había sido aquello de antes?
Cuando Kado acercó mi rostro al suyo, tuve la sensación de verme a mí mismo dentro de su rostro.
Aquel otro yo simplemente me devolvía la mirada con unos ojos rojos y transparentes.
... ¿Había ocurrido una «resonancia especular»?
Al parecer, existían dioses capaces de hacer algo así. Había oído que podían acoger el corazón de otra persona, amplificarlo y mostrarle una imagen de sí misma que ni siquiera ella conocía.
¿Kado había hecho eso conmigo?
Para mostrarme que mi corazón no estaba manchado.
Y, además, ¿de quién era aquella voz?
Podía sentir con certeza que había un dios en alguna parte de Kado.
Entonces, ¿por qué podía ver un alma humana?
¿Y qué significaba aquel olor a demonio?
¿Qué eres tú realmente?
#971 en Fantasía
#494 en Thriller
#212 en Misterio
dioses y demonios, secretos y recuerdos perdidos, misterios del cielo y el infierno
Editado: 01.11.2026