Capítulo 1
Desde la frontera, se escuchaban gritos desesperados.
—¡Rápido! —En los brazos de un joven, se veía a una persona moribunda.
Sangre dorada le brotaba de oídos, nariz y boca. —Malditos Osarus —murmuraba, tosiendo coágulos.
El equipo de emergencia se apresuraba a asistir a la víctima. En ese instante, una sombra de dos metros se cernió sobre ellos.
—Te lo dije, esto no es un juego, bebé dragón —dijo con un tono de decepción, moviendo la cabeza.
La mirada del herido lo fulminó, una furia capaz de mover montañas. —¿Quién demonios está jugando? —escupió más sangre.
La imponente sombra se giró, dándole la espalda. —¡Mírame cuando te hablo, maldita sea! —gritó el herido, tomándolo del hombro para hacerlo girar y encararlo de nuevo. Un puño se dirigía directo a su cara.
Su cabeza se movió con el impacto del puño; con un gesto sutil, se limpió el líquido rojo de su boca.
—Te dije… —Al pronunciar esas palabras, su mirada, antes serena, se transformó en pura ira— …que esto… —Una presión aplastante, como un castillo cayendo, se cernió sobre el otro. Poco a poco, le fue imposible respirar, ni una palabra pudo articular.
Las paredes comenzaron a temblar. El personal se arrodilló, susurrando súplicas: —¡Regente, por favor, pare! —Las lágrimas les brotaban sin control.
Finalmente, el Regente concluyó: —…no es un juego.
Al terminar de hablar, la habitación recuperó la normalidad. Los presentes, tomando grandes bocanadas de aire, recuperaron la capacidad de respirar. El pavor en los ojos del joven era palpable: <<¡Maldito plebeyo, me las pagarás!>> pensó entre jadeos.
A cientos de kilómetros de Imperia, la ciudad dragón, se hallaban los Terrenos Oscuros, la Frontera del Olvido. En estas tierras, no existe ley que proteja a sus habitantes.
La magnificencia de la raza dragón era innegable. Su sangre inigualable les permitía someter las leyes del mundo a sus caprichos, excepto en las Tierras Oscuras. Allí, todos eran simples mortales.
Las Tierras Oscuras son el continente más grande del mundo, rebosante de materiales, gemas y minerales. Los dioses, cegados por la codicia, intentaron apoderarse de ellas, pero ninguno cedió y las leyes impidieron que sus bendiciones tocaran el terreno.
Los dioses Imperia y Airipem libraron batallas durante siglos hasta que cada uno estableció su linaje en extremos opuestos. Los descendientes de Imperia fueron bendecidos con la sangre del dragón, mientras que los de Airipem tendrían la voluntad del Osarus. Estas dos razas se odiaban por instinto.
El reino de Imperia era vasto, con montañas, ríos y bosques, y las leyes naturales favorecían a los dragones. La manipulación del viento era una habilidad innata en la raza. Un cuerpo humano podía sufrir una transformación parcial que aumentaba su flujo sanguíneo y musculatura, y lo que parecía una capa en su espalda se convertía en alas de hasta tres veces su tamaño.
La voluntad del dragón les permitía someter a cualquier adversario más débil que el usuario, y mediante la afinación, controlaban el viento. Imperia se dividía en tres sectores: las faldas exteriores del continente, hogar de los alas rojas. Eran conocidos por su sangre roja y sus orígenes comunes. Aunque toda la raza poseía la voluntad del dragón para doblegar enemigos, su afinación era la más baja de las tres clases, pero su fuerza física rivalizaba con la realeza.
Los alas rojas eran considerados el escalafón más bajo en la jerarquía social. En la sección interna residían los nobles de sangre dorada; el color dorado de sus alas provenía de la sangre que corría por sus venas. Su afinación era más avanzada que la de los alas rojas, aunque su fuerza física era inferior.
En el castillo habitaba la sangre negra: la sangre real del dragón. Sus habilidades de afinación y fuerza física estaban a la par de ambas clases. Su dominio en Imperia se remontaba a más de cinco mil años, desde el primer rey dragón, el Rey Oscuro.
En la frontera entre Imperia y las Tierras Oscuras se encontraban pelotones de avanzada de la ciudadela. Abundaban los dragones de alas rojas. Al frente, algunos nobles con gran nivel de afinación.
La raza dragónica era militarizada y obedecía la orden del más fuerte. Someter a un individuo era fundamental para su cultura. Cuando la voluntad de un usuario más fuerte se imponía sobre uno más débil, arrodillarse y obedecer era la única opción. Las leyes del mundo así lo dictaban.
Aunque la frontera compartía terreno con las Tierras Oscuras, la mayoría de la avanzada aún se encontraba bajo la protección del dios dragón. La pequeña área reportada desde el otro lado era controlada por los regentes de alas rojas, quienes ocupaban un rango similar al de un noble.