El Djinn cautivo

CAPÍTULO 1 · LA LÁMPARA

La lámpara llegó a las cuatro y diecisiete de la tarde, envuelta en una manta de mudanza que olía a alcanfor y humedad.

Valeria Costa miró primero la manta.

Después miró al hombre que la había dejado sobre su mesa.

—¿Esto es el embalaje original?

—No. La sacamos de una caja.

—¿Qué caja?

El hombre, que se había presentado como Federico Arce y llevaba un reloj demasiado caro para la camisa arrugada que tenía puesta, vaciló apenas.

—Una caja de madera. Vieja.

Valeria apoyó el lápiz sobre la ficha de ingreso.

—¿La trajo?

—No.

—¿Fotos?

—No sé. Tendría que preguntar.

Eso significaba que no.

Valeria escribió: embalaje de traslado no original. Sin registro fotográfico del contenedor previo.

No lo hizo para castigarlo. Lo hizo porque las historias cambiaban; la tinta, si uno tenía suerte, cambiaba menos.

Su estudio ocupaba el primer piso de una casa antigua de San Telmo que había sido dividida hacía décadas en oficinas pequeñas. Tenía dos ventanas altas hacia un patio interior, estanterías de metal, una mesa de trabajo protegida con fieltro gris y una lámpara articulada que arrojaba una luz blanca, brutal, sobre cualquier objeto que pretendiera conservar secretos. Afuera, Buenos Aires seguía con su viernes: colectivos, bocinas, una persiana metálica bajando en algún local, voces que subían desde la vereda. Adentro, el aire acondicionado zumbaba con una constancia que Valeria apreciaba.

Las máquinas eran más fáciles que las personas. Cuando fallaban, por lo menos no inventaban una versión mejor de sí mismas.

—Me dijeron que usted puede certificar de dónde viene —dijo Arce.

Valeria levantó la vista.

—Puedo investigar procedencia. No puedo certificar una historia antes de investigarla.

—Bueno. Eso.

No era eso, pero lo dejó pasar.

Desdobló la manta sin tocar todavía el objeto con las manos desnudas. Debajo apareció una lámpara de aceite de metal trabajado, más pesada de lo que sugería su tamaño, de cuerpo bajo y alargado. No tenía nada de juguete, nada de cuento infantil. El metal estaba oscurecido por oxidación y uso; la superficie mostraba zonas pulidas de manera irregular, reparaciones antiguas y otras no tanto, pequeñas diferencias de tono donde alguien había intervenido sobre una pieza que había sobrevivido a más de una mano.

Valeria sintió el primer tirón de interés.

No emoción. Interés.

La diferencia era importante.

—¿Puedo?

Arce hizo un gesto de permiso.

Ella se puso guantes de nitrilo, acercó la luz y comenzó por lo más simple: dimensiones, peso, estado general, marcas visibles. Tomó fotografías desde cuatro ángulos antes de moverla. Después giró la pieza sobre el fieltro.

En la parte inferior había una reparación.

Valeria acercó la lupa.

La soldadura no correspondía al resto del trabajo. Tampoco el desgaste alrededor de la unión.

—¿Qué pasa? —preguntó Arce.

—Todavía nada.

—Tiene cara de que pasa algo.

—Tengo cara de estar trabajando.

Él sonrió como si la respuesta le hubiera gustado más de lo que debía.

Valeria siguió.

La documentación entregada por Arce estaba en una carpeta azul: copias de dos inventarios privados, una fotografía antigua de baja calidad, una hoja mecanografiada que atribuía la pieza a una colección familiar y una cronología de propietarios tan prolija que resultaba sospechosa por una razón muy poco espectacular: casi ninguna procedencia real era tan prolija.

Los objetos viajaban. Las familias olvidaban. Los comerciantes omitían. Los herederos mezclaban cajas. Las fechas se contradecían. Los nombres aparecían con iniciales distintas. A veces faltaban veinte años y no significaba nada criminal; significaba que la vida humana tenía la mala costumbre de no organizarse para facilitar el trabajo de los investigadores del futuro.

La cronología de la carpeta, en cambio, parecía escrita por alguien que odiaba los huecos.

Valeria comparó la fotografía con la lámpara.

—¿Quién armó esto?

—Mi tío tenía los papeles.

—No pregunté quién los tenía.

—No sé quién los armó.

Ella señaló una línea.

—Acá dice que la pieza permaneció en la misma colección desde mil novecientos cincuenta y ocho hasta dos mil cuatro.

—Sí.

—Y que no fue intervenida.

—Supongo.

—No suponga.

Arce cerró la boca.

Valeria volvió a la base. La reparación era visible incluso sin aumento una vez que uno sabía dónde mirar. Había además una marca de propiedad, muy pequeña, cerca del borde inferior: no una inscripción ornamental sino una señal utilitaria, casi borrada. La fotografía antigua no permitía confirmar si estaba presente, pero la hoja de inventario describía otra marca, en otra ubicación.

Podía haber explicaciones inocentes.

Podía haber restauraciones no documentadas.

Podía haber una pieza confundida con otra.

Podía haber documentación recompuesta años después.

Podía haber una mentira.

Su trabajo consistía precisamente en no enamorarse de ninguna de esas posibilidades antes de tiempo.

—Necesito quedármela —dijo.

Arce frunció el ceño.

—¿Cuánto?

—Para una primera revisión, hasta el lunes. Después le digo qué documentación adicional necesito.

—Pensé que hoy podía saber si era auténtica.

Valeria se quitó un guante y lo dejó dentro del otro.

—Auténtica ¿en qué sentido?

—Antigua.

—Es un objeto materialmente antiguo con intervenciones de distintas épocas. Eso puedo decirlo de manera preliminar. Si quiere saber si es exactamente el objeto descrito en estos documentos, quién lo tuvo, cuándo cambió de manos y qué partes de esa historia pueden sostenerse, necesito trabajar.

—¿Y vale mucho?

—Eso viene después.

—A mi tío le dijeron que sí.

—Su tío puede haber recibido una buena estimación. O una mala. Yo no estaba ahí.




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