El amor no pide permiso, solo existe.
Marie Valois caminaba entre los jardines de la mansión Lancaster, una joya arquitectónica que albergaba el evento benéfico más importante del año. Su familia, los Valois, era un pilar de la elegancia y la tradición, sus vidas tejidas con hilos de seda y decisiones calculadas. Sin embargo, su corazón latía al ritmo de un secreto que se escondía en la penumbra. Fue allí, junto a un rosal cubierto de penumbra, donde encontró a Dimitri Petrov. Los Petrov, conocidos por su poder en los negocios y su carácter inquebrantable, eran los rivales históricos de su familia.
Un apretón de manos en una reunión de negocios un año atrás había sido el inicio de todo, una conexión silenciosa y peligrosa. Sus encuentros se convirtieron en un ritual clandestino: mensajes cifrados, miradas robadas a través de salones llenos de gente y, finalmente, citas secretas en lugares donde las sombras protegían su amor. La tensión era palpable; cada caricia, cada beso, era un acto de desafío a las normas que los habían definido desde su nacimiento.
El aire entre ellos vibraba con una electricidad que solo los amantes prohibidos conocen, una mezcla embriagadora de pasión, miedo y rebeldía. El mundo exterior no existía en esos momentos robados, solo la certeza de que estaban destinados a luchar contra un destino que les había sido impuesto.
La emoción de sus encuentros era comparable al desafío de la vida. Dimitri, con una mirada intensa, la tomó por la cintura. “Nuestro amor es un susurro en una tormenta”, dijo, con la voz apenas audible. “Pero es el único sonido que me da paz”. Marie se aferró a su mano, la valentía en sus ojos reflejando la misma convicción. Sabían que este camino no era fácil, pero la idea de una vida sin el otro era un abismo al que no estaban dispuestos a caer.