El encanto de Clarrisse

II

Cinco años después…

MARA

 

Parpadeé tres veces, hasta que pude asimilar que la flama se había apagado. Miré con pereza las cortinas de mi ventana, humeando mientras se caían a pedazos.

Un bufido grave salió de mis labios; y me seguía preguntando cuándo seria el día en el que no casi, incendié mi casa.

“¿Por qué todos recibían clases sobre sus dones?”

Luna iba al colegio del pueblo, donde iban todas las hadas que aprendían a controlar sus dones. Yo debía ir a un colegio mundano, y lo único divertido, es que Leo, y todos los brujos, asistían a ellos.

Para ellos aprender a controlar sus poderes era más divertido, los llevaban en medio del bosque, a transformarse, a practicar encantamientos, a divertirse.

Hubo tres toques fuertes en la puerta.

   —¡Mara! —Gritó mi madre del otro lado—, ¿has incendiado las cortinas de nuevo?

Giré los ojos, mirando la eminente prueba de que sí, pero no contesté, era obvio que el olor lo decía. Di un salto de la cama, tomando las cortinas con molestia, haciéndolas bola para tirarlas por la ventana.

   —¡Es mejor ya no ponerlas! —gritó Leo, que venía subiendo la cuesta para llegar a casa.

Sonreí.

  —¡Acabaré con todas las del pueblo! —grité en broma, mirando su sonrisa de lejos.

Leo y yo éramos los mejores amigos. Era como si supiéramos como nos sentíamos, incluso había veces que creía que me leía la mente, y seguía pensando si tenía ese poder. Desposaría a Luna en dos meses, mi madre me mandaría a Londres para buscar a mi hilo rojo, eso me dijo.

No lo había encontrado, y llegaba a pensar que no tenía uno. No me importaba, me dejo de importar hace mucho, yo era más importante que un tonto hilo rojo. Y si no lo tenía, entonces podía estar con quien yo quiera.

Cuando estaba lista, bajé, Luna habitaba sentada a un lado de Leo; y me miró, ambos lo hicieron.

  —¿Nos vamos? —pregunté.

Leo asintió con una sonrisa, despidiéndose de mi hermana con un beso casto. A diario, antes de irme a dormir, me mentalizaba. Leo era el novio de mi hermana, su hilo rojo, su pronto marido.

No me explicaba por qué sentía esta fuerte atracción hacia él. Con nadie más, con ningún chico del colegio. Había tenido novios, pero nadie me hacía sentir tan llena de energía como Leo.

Luna se ponía celosa porque él pasaba más tiempo conmigo, desde que nos conocimos. Habíamos explorado el bosque, contiguos, colocando una lata de zumo de uva en cada árbol que habíamos escalado juntos.

Todo el tiempo me decía, somos amigos, él es mi mejor amigo. Yo soy su mejor amiga, es novio de mi hermana; yo no debo entrometerme en nada, yo no estaba enamorada de él, aunque mi cabeza muchas veces me quería hacerlo creer.

Me gustaba su sonrisa, y el diminuto hoyuelo que se formaba en la comisura de sus labios, su olor y su voz ronca. Me reía de sus chistes malos; yo era la única ekuseni que lo había visto transformado en su animal.

Le gustaban los días calurosos, la nieve de limón, sus clases de biología, caminar por la orilla soportando el equilibrio. Leía, dibujaba, odiaba el deporte, bebía el café muy caliente y le aterraban las arañas.

 

Yo estaba rendida, pero también loca. Entonces todas sus virtudes las marqué con una admiración, no como un enamoramiento. Y me bastaba recordármelo para dejar de pensar en ello y recordar que solo éramos amigos.

  —Lottie hará una demostración esta noche —Me dijo, cuando subimos al autobús para acceder al colegio.

Era la última semana, por fin nos graduaríamos.

   —La última vez nos dejó dormidos en medio del bosque hasta que tu padre pudo revertir el hechizo —Le recordé entre una risa.

  —Ha practicado —guiñó un ojo.

El instituto mundano era bueno en muchos aspectos. La comida sabía bien la mayoría de veces, los chicos eran estúpidos, y con las chicas nunca me había llevado bien. Leo me pasaba todos los apuntes, y siempre aprobábamos todo con las mejores notas.

Era mi único amigo en este mundo, y no era raro, la rara era yo. A veces sentía que despedía un aura negativa, y por ello muy a la fuerza los maestros me hablaban. Seguía pensando en ello, era por ser un hada de fuego, que no conocía a otra, o por no tener hilo rojo, que también, no conocía a nadie que no tuviese.

  —¿Todo listo? —habló Clove, amiga de Leo.

Ella era agradable, si no la hacías molestar. Bruja de su clan, una bella pelirroja, un poco más pelirroja que yo, solo que sin las pecas. No hablábamos mucho, pero me agradaba.

Tresh, también una bruja de su clan, venía a su lado, con una cara de molestia. No sabía si nacer bruja te traía más ira siendo mujer. Pero las brujas eran realmente intimidantes.

Tresh era la hermana de Killian, el hilo rojo de Clove. Solo que Killian era un ekuseni del agua, no venía con nosotros; bueno, solo por las tardes que juntos no fugábamos al bosque para ver entrenar a las brujas. Lottie era un año menor, y ella era distinta, sociable y amable. Era la única de nosotros que sí simpatizaba con mundanos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.