El encanto de Clarrisse

III

Las pesadillas de Mara se convertían en tortura, la mayoría de veces.

Ella estaba de pie, en medio de un círculo mientras sus manos incendiaban todo a su paso. Algo, o alguien, la controlaban mientras destruía todo el lugar. Sentía el ardor, la fluidez y la sangre en sus manos.

Dio un brinco en la cama, sintiendo que sol le atacaba los ojos. Gruñó, mirando a su alrededor, y que anoche que llegó no se quitó ni los zapatos. Se estrujó los ojos estirándose, sonriendo cuando se percató que no quemó nada en su habitación.

Dos golpes fuertes del otro lado de su puerta la asustaron, y ella respingó fuerte.

—Mara, el desayuno está listo —avisó la mucama.

—Gracias —avisó, levantándose para estirarse.

No se acomodó el cabello, bajó así, presentándose al comedor. Y sintió vergüenza cuando vio a la familia de Leo elegantemente sentados para tomar el desayuno. Su madre le viajó un vistazo cero amistoso al ver su ropa arrugada y su cabello alborotado.

Lottie se rio un poco, y Leo la miró. Sintió un pinchazo dentro de ella, recordando la pequeña discusión de anoche.

—Buenos días, Mara —Saludó su padre—, siéntate, por favor.

Mara se tumbó con molestia, sin mirar a nadie; el desayuno fue servido y ella comió sin tomar en cuenta a nadie.

—El baile tendrá música en vivo, será maravilloso —murmuró su madre de Leo, limpiando sus labios con una servilleta.

—Mi vestido le encantará —añadió Luna, dándole un guiño a Leo.

Mara se sintió fuera de lugar, y solo se encogió en la silla.

—Y tú, Mara, ¿Ya tienes el tuyo?

Ella negó, mirando su plato. No quería mirar a nadie a la cara.

—No iré —musitó.

—¿Por qué? —preguntó Lottie en un tono de decepción.

—Todos irán con su hilo, y yo no tengo uno —Sin querer, miró a Leo que también la estaba mirando.

En la mesa, todos compartieron miradas, pues ellos sabían la verdad. Pero solo la culpa yacía en uno. El padre de Mara le dolía que ella sufra por ello, y por eso se había iniciado como alcohólico; por eso todos los días le preguntaba sobre sus sentimientos. Pero habían hecho un pacto, un pacto muy fuerte: "el primero que revelará el secreto, se moriría, convirtiendo su propia saliva, en veneno".

—Mara se va a Londres —habló su madre, para quitar toda esa tensión que se estaba generando—, ya sabemos que un ser sin hilo no sirve de mucho —una risa salió de ella, y a Mara le dolió que le hayan seguido.

Ella se había hecho a la idea hace mucho tiempo, todos los días trataba de sentirse servible, de aprender sobre su don e inspirarse de los brujos. Pero otros días estaba derrumbada, deprimida, sin ánimos de nada.

—¿O sea que no sirvo? —discutió con un tono lleno de furia.

Su madre cerró los ojos, porque sabía que se avecinaba una discusión.

—Mara... —susurró Leo en un tono de tranquilidad. Estirando la mano para calmarla.

Mara lo miró un segundo, como si la tranquilidad se le haya adherido momentáneamente.

—Suena cruel, Mara, pero así fuimos forjados por años, quien no encuentra su hilo, no sirve para purificar nuestra magia —Su padre trató de hacerlo un poco menos doloroso—, sí sirves, amor.

Su animó volvió a caer, y se sintió como un chispazo dentro de ella. Se puso furiosa.

—Pero no para nuestro ritual —terminó su madre.

Mara empujó su plato de comida hacia atrás, tirando las copas que chocaron entre sí, rompiéndose en mil pedazos. Su madre se levantó de inmediato. Levantando una mano para reprenderla, pero Mara le ganó la palabra.

—¿Es por eso que nunca quisieron enseñarme a usar mis dones? —Los ojos de Mara se tornaron naranjas, un naranja volcánico.

La tensión creció en el comedor de la familia. Leo también estaba de pie, por puro instinto.

—Deja de hacer pataletas, Mara —refunfuñó su madre, girando los ojos y moviendo una mano sin cuidado—, por lo menos puedes hacer lo quieras. No estarás atada a nadie, nunca.

Mara respiró profundo, tirando la silla cuando se hizo hacia atrás. Miró a todos en la mesa, y se fue a su habitación. Leo sintió que se le quemaban los pies por quererla seguir. Pero no lo hizo, solo miró las escaleras por un par de minutos.

—Ya se le pasará —minimizó su madre de Mara—, este año se ha vuelto muy berrinchuda.

—Quizá sienta un poco de envidia —Habló su madre de Leo, Eleonor—, porque Luna tiene toda la atención por su próxima boda.

—Ella no tiene envidia —respondió Leo de inmediato—, solo esta confundida. Nunca se han tomado el tiempo de ver qué pasa con ella, porque desde que nuestro hilo se forjó —señaló a Luna—, ya nunca le preguntan si está bien.

El comentario fue perfectamente evadido por todos en el comedor, que agacharon la cabeza. Y el desayuno siguió naturalmente.

En el almuerzo, Mara no se dignó acompañarlos. Leo estaba totalmente impaciente por subir a su habitación y hablar con ella. Pero eso era imprudente, y más porque Luna tomaba su mano, sentía como emanaba el sudor de ella. Lo incomodaba la mayor parte del tiempo.

—Esta noche será inolvidable —murmuró ella, cerca de su oreja.

—Sabes que no podemos consumar hasta el matrimonio —él le recordó.

—Lo sé, y cremé. Lo espero con muchas ansias.

Leo giró de nuevo la cabeza, viendo como su padre jugaba golf con su próximo suegro.

—Deberíamos irnos —Le propuso a Luna—, ayudemos con lo de la fiesta.

Luna lo miró con molestia.

—Nos perderemos el postre —refunfuñó—, pedí que hagan tu favorito, pastel de queso con fresas.

Leo vio de reojo, por el balcón el brillante cabello rojo de Mara. Sintió su mirada con fuerza.

—De acuerdo, voy al baño —habló, soltando el agarre de Luna para caminar de inmediato al balcón para alcanzar a Mara.

Mara vio la intención e hizo paso grueso a su habitación, rápidamente para no poder verle la cara de nuevo.




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