Nunca había pasado una noche fuera de casa. Jamás me había enfrentado a la penumbra de las calles ni al frío de la primavera sin, al menos, una manta que me protegiera. Estaba asustada, por supuesto, pero me sorprendía descubrir que aquella peligrosa exposición era lo que menos me aterraba.
Lo que realmente me consumía era el futuro. Mi imaginación era mucho más cruel que cualquier oscuridad, y por culpa de mi incesante parloteo, mi compañero de aventura tampoco conseguía dormir.
—Podrías casarte conmigo —propuso Chad de repente.
Y fue como si, por un instante, todos mis sentidos se detuvieran.
Nos habíamos alejado cuanto pudimos de nuestras casas. Encontramos un tejado abandonado y lo arrastramos hasta el muro que delimitaba Agricultores. No era grande ni especialmente resistente al frío, pero bastaba para ocultarnos de los guardias durante sus rondas nocturnas.
Poco después del anochecer, las calles quedaron vacías. Las risas de los niños fueron apagándose hasta desaparecer por completo, y la noche terminó por envolverlo todo con un viento helado. No nos quedó más abrigo que nuestros propios cuerpos.
Chad me rodeaba con los brazos mientras yo permanecía sentada entre sus piernas, recostada sobre su pecho. El calor de su cuerpo y la firmeza de su abrazo me ofrecían un consuelo que no sabía cuánto necesitaba.
—Serías infeliz en todos los sentidos —murmuré—. Jamás me amarás como un hombre ama a una mujer.
Intenté suavizar el golpe de mis palabras hablando casi en susurros.
—Nunca necesité estar enamorado de ti para amarte.
Inclinó la cabeza y dejó un beso sobre mi sien. Su cabello largo me hizo cosquillas en el rostro.
—Sabes a qué me refiero —aclaré.
Él asintió y volvió a apoyar la cabeza contra la pared.
—Y si nos casáramos, no abandonarías este recinto. Sé cuánto deseas marcharte.
—Que quiera irme no significa que tu felicidad no me importe —respondió—. No podría quedarme tranquilo sabiendo que sufres al lado de alguien que no te trata como mereces.
Sentí cómo la boca se me deformaba antes del llanto y tuve que obligarme a negar con la cabeza para contenerme.
—Sé que serías el mejor esposo del mundo, Chad, pero no pienso sacrificar tu felicidad por la mía. Te amo demasiado para hacerte eso. Además, papá espera que consiga la oferta más alta posible en el festival… y ambos sabemos que en este todos nos estamos muriendo de hambre.
El silencio que siguió me permitió imaginar perfectamente la expresión amarga que debía haberse dibujado en su rostro.
—¿Y si conseguimos esposos del mismo recinto? —propuse de pronto—. Podríamos seguir viéndonos todos los días. Yo ayudaría a mi familia, tú cumplirías tu sueño y al menos tendría a alguien conocido conmigo.
Me giré para quedar frente a él. Sus ojos seguían apagados, perdidos en algún punto lejano, así que llevé las manos a sus mejillas para obligarlo a mirarme.
—No es posible, Eleonor. Conoces las reglas. Un hombre y una mujer de recintos distintos o del propio… —Recitó—. Yo jamás me casaré. Estoy atado a este maldito lugar.
Su voz sonó quebrada por primera vez.
—Si decido no casarme, quedaré ligado a mis padres para siempre. Si me caso con una mujer de otro recinto, jamás podré hacerla feliz. Y si me caso contigo…
—Serías infeliz viendo a tu padre en cada rincón de esta jaula —completé con una sonrisa débil.
Él ni siquiera consiguió devolverme el gesto.
—Tú también lo serías. La culpa de no haber ayudado a tu familia te perseguiría toda la vida.
Suspiré y volví a acomodarme contra su pecho, rodeando su cuello con los brazos. Me aferré a él con fuerza. No sabía cuántas veces más podría tenerlo así de cerca, y la idea de vivir separados comenzaba a dolerme más de lo que quería admitir.
—Yo sería feliz contigo —murmuró—. Me casaría con mi mejor amiga.
Cerré los ojos.
—Yo también te escogería, si pudiera.
El silencio cayó entre nosotros durante unos segundos. Pero no era un silencio verdadero.
A lo lejos resonó una carcajada áspera, seguida por el ruido de unas botas hundiéndose en el lodo. Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que pensé que podían oírlo. No me di cuenta de que estaba respirando demasiado fuerte hasta que Chad cubrió mi boca con su mano.
Como una niña escondiéndose de un monstruo, cerré los ojos con todas mis fuerzas.
—Yo no habría sido tan imbécil —dijo una voz cargada de desprecio—. A mí tendrían que matarme entre todos, pero antes me llevo a unos cuantos conmigo.
Ese acento era inconfundible.
Era el oficial de dibujos en sus manos.
—Eso lo dices porque no estabas de turno —respondió otro hombre.
—¡Alegría, Moore no se defendió! —continuó el del acento—. ¡Ni siquiera se defendió! ¿Para qué demonios tiene un arma si no piensa usarla? Parece que olvidara quién tiene el poder aquí.