Se oían muchas carcajadas a lo lejos. Era tan fuerte el alboroto que me intrigó saber qué misterio se escondía allí. Me dejé guiar por esas risas, hasta que, entre la eufórica multitud, descubrí a un ser extraño que se mecía de un lado para el otro, como si sus gestos intentaran descifrar un idioma invisible. De repente, se quedó inmóvil frente a mí y, en ese mismo instante, el silencio cayó como un telón sobre el espacio.
- ¡Hola! Ya ha terminado mi función, puedes regresar en media hora si lo deseas. Comenzaré una nueva –me dijo felizmente mientras sonreía.
-Función ¿de qué? –fruncí el entrecejo- ¿Quién eres? ¿Qué es lo que haces?
- Hace tiempo que nadie se interesaba tanto en mí. Soy una simple y modesta marioneta de trapo. Mi deber es hacer reír a las personas. –me dijo mientras desaparecía de su rostro la inmensa sonrisa que un instante atrás me había hecho contemplarla.
- Y ¿Para eso necesitas ser una marioneta de trapo? –le pregunte incrédulo y con la típica arrogancia de un ser humano- No es difícil tu oficio, me gustaría ser como tú y colgar de tus mismos hilos, la vida sería un juego divertido.
- No tienes idea de todo lo que haría si tan solo contara con un trocito de vida. Dedicaría las tardes para contemplar el maravilloso abrazo del sol, entregándome sin prisa a la calma del césped. Caminaría por las calles desoladas sin saber a dónde ir, perdiéndome en el misterio de una imponente luna de medianoche. Me deslumbraría ante lo desconocido, conversaría con extraños… No sabes lo que daría yo por estar en tu lugar; hasta me reiría de mí misma.–me dijo mientras un suspiro ponía en duda toda la rigidez de su pecho de trapo.
- Pero lo que haces es muy deslumbrante, créeme. Se percibía un clima muy lindo y divertido.
- Es solo un momento, luego todo desaparece. Ahora no hay más que silencio a nuestro alrededor. Déjame decirte algo: “no es el hacer si no el ser lo que vale”
- No es el hacer si no el ser lo que vale... -repetí pensativo- Pues de todos modos quiero ver tu función.
- Regresa entonces dentro de media hora.
- Me has dicho lo mismo hace más de un instante...
- Pues cuando he comenzado a hablar contigo mi reloj no hizo más que detenerse.
- El reloj, pero el tiempo no puede detenerse...
- Si, si quieres. Solo es cuestión de olvidarse un poco del reloj. Tú puedes hacer que un simple momento dure toda la vida si así lo deseas.
Mientras me despedía de ella, le sonreía con el corazón contento por habernos encontrado. Pero mis lágrimas, sin poder ya esconderse, brotaron de mis ojos antes de que yo me diera cuenta, como el caudal de un río indomable. La marioneta me miró, y tuve la certeza silenciosa de que ella también lloraba.