Con el paso ya casi rendido, y el peso del cansancio en mis hombros, seguí a ritmo vacilante, sostenida apenas por los fantasmas de los personajes de mi camino, pero sin encontrar más nada por mucho tiempo. De repente, el alivio comenzó a invadir sutilmente mi cuerpo, como si el aire a mi alrededor se hiciera más frágil. Mi espalda ya no estaba tensa y mi mente divagaba por un estado de paz y tranquilidad que hace mucho-quizá toda la vida- había dejado de experimentar. Mi corazón estaba como despertando de un letargo antiguo y yo no entendía si aún habitaba el territorio de los sueños o si el mundo ya estaba volviéndose a abrir ante mi realidad.
Finalmente, luego de forzar a mis ojos para ver algo más a través de las penumbras, descubrí un puente suspendido a lo lejos. No fue difícil llegar al otro lado, pero lo que me sorprendió es que en la orilla no había más nada, todo había terminado, ¿y ahora qué?, me dije en un susurro mientras avanzaba simplemente para no detenerme. Un destello de luz cegador me impidió ver lo que tenía frente a mí. Quedé paralizada y con el aliento suspendido al descubrir mi propia imagen reflejada en un espejo.
- ¿Un espejo? –grité desconsolada- ¿y ahora qué? –intenté dar unos pasos más, pero mis pies se aferraron al vacío como raíces. Todo se había esfumado como por arte de magia. El silencio se adueñó inmediatamente del espacio. Sólo éramos mi reflejo y yo, suspendidas en la órbita de un cielo que ya no estaba.
- Mírate en el espejo. –me dijo la voz con una determinación que volvió tenso el aire.
- Sí, me he visto ya muchísimas veces. ¿Qué hay de nuevo ahora? ¿Todo esto para verme en un simple espejo? –pregunté desconcertada, sintiendo el peso de la frustración en la garganta.
- Nunca te has mirado de verdad. Mírate o ¿necesitas ahora del pañuelo azul?
- ¿Para qué necesitaría yo ahora un pañuelo azul? –pregunté a la voz mientras trataba de entender. Me observé de todas las formas posibles, tratando de encontrar alguna grieta o cambio en mi propia identidad. No noté nada extraño en mí. Estaba igual, o al menos eso creía.
- Nunca te has mirado de verdad.
- Claro que sí. –le dije segura, aunque mi voz tembló sutilmente.
- Dudo que te hayas mirado realmente. A veces es necesario recorrer un largo camino para encontrarse con uno mismo. Tú, te has cruzado contigo en más de una oportunidad y ni siquiera te has dado cuenta. Has rozado con tu propia ternura, has enfrentando tus sombras, has abrazado tus miedos y hasta has buceado en el empinado abismo de tu interior. Pero ahora estás siendo como la roca...
- Yo no... –me quedé muda, no supe qué decirle.
En ese mismo instante caí en la cuenta de que ya había despertado. El sueño había finalizado de golpe, quebrándose como un frágil cristal. No sabía qué hacer, con el eco de aquella voz aún resonando en mi habitación, estaba confundida, perturbada y desarmada ante la cruda realidad del nuevo día.
Me quedé inmóvil en la cama, contemplando el techo mientras la luz del amanecer comenzaba a teñir las paredes. Aquel viaje por el mundo invisible, que al principio me pareció un laberinto sin sentido, comenzó a ordenarse en mi mente como las piezas de un rompecabezas largamente postergado. Tuve que cuestionar cada espacio de mi vida, repasar mis pasos perdidos y desarmar mis propias estructuras para comprender, finalmente, el verdadero mensaje de ese espejo. Entendí que la voz tenía razón: había vivido habitando la superficie, esquivándome a mí misma toda la vida.
En ese instante de absoluta claridad, despojada de mis viejos miedos, descubrí lo verdaderamente importante. Comprendí con una nitidez casi dolorosa, lo que realmente merece espacio en mi universo y, sobre todo, aquello que no debería volver a darle espacio.
La vida, después de todo, no es un puente hacia la nada, sino un constante retorno hacia nuestro propio centro; un largo viaje donde la única parada obligatoria es el encuentro con uno mismo, desnudando el alma frente a nuestro propio reflejo.
Fue al intentar incorporarme cuando lo vi. Sobre la mesa de luz, doblado con una delicadeza irreal, descansaba un pañuelo azul que yo no había visto jamás. Lo tomé entre mis manos, sintiendo el roce de su tela suave y fría, y caí en la cuenta de que ese pañuelo ya no era aquel pañuelo que necesitaba para mirar con los ojos cerrados, sino el testimonio silencioso de mi despertar.
Buscando aire, y con el pañuelo fuertemente apretado en mi puño, caminé hacia la ventana y salí al jardín, sintiendo el rocío frío bajo mis pies descalzos. Fue entonces cuando me detuve, impactada. Allí, rompiendo la monotonía verde del pasto, descubrí una flor roja en mi jardín que no había notado nunca. Brillaba con una intensidad viva, casi desafiante, como si hubiera brotado de la tierra durante la noche, alimentada por el propio final de mi letargo. Al ver su color encendido, sonreí en silencio. Supe que la roca finalmente se había quebrado, y que algo nuevo, por fin, estaba comenzando a florecer en mí.
Cada vez que acude a mi memoria aquel eco antiguo: «no es el hacer, sino el ser lo que vale», me estremezco ante la inmensidad que se oculta en la brevedad de su misterio. Sé muy bien que nuestros actos trazan huellas en el tiempo, pero es solo al desnudarnos de la prisa y volver a sintonizar con los latidos del propio ser cuando recuperamos nuestro valor sagrado. Volver a ese centro es aprender a descifrarnos y por sobre todo, abrazar la humilde certeza de que no poseemos “totalmente” las riendas de nuestro destino; como ya nos ha enseñado mi amiga, la marioneta de trapo. Al final del día, cuando el ruido acecha, el universo que resguarda nuestro interior siempre será el santuario invencible donde refugiarse, el oasis perfecto para evadir, aunque sea por un instante, el caótico ruido del mundo real.