Ya no importaba Michigan, porque el asunto se había extendido por todo el país. Ataques en Kansas, en Detroit, incluso en Nueva York y a plena luz del día. Cuando se reencontró con Clive y con Temper, en aquel tugurio del límite de la ciudad, Michigan ya no importaba, pero ellos aún no lo sabían. Lo fueron sabiendo con el tiempo, por noticias que provenían de otros lugares, de otros estados o pueblos, y que finalmente los impulsaron a marcharse de allí.
En una estación de servicio, a un costado de la ruta, Roggan se enteró de que también había sido atacado el museo que Jerem Saxon había construido, y que su actual dueño había sido asesinado. Y eso había sucedido en Michigan, pero podría haber sucedido, y estaba sucediendo, en cualquier otra ciudad. Y cuando se encontró nuevamente en su ciudad natal, en la ciudad en la que había pasado toda su vida, sintió que estaba en un lugar casi desconocido, que algo esencial se había modificado allí, y que ya nunca podría regresar al lugar del que, 2 meses atrás, había partido.
Por las noches, solamente los patrulleros policiales salían a las calles. Roggan los veía pasar desde la ventana de su casa, mientras esperaba una orden, alguna indicación que le permita sabe qué debía hacer. Y sospechaba que Clive y Temper, cada uno en sus respectivas residencias, se hallaban tan desorientados como él, sin otra instrucción que ésa que se paseaba por todos los medios de comunicación: el pedido del Gobierno de que los ciudadanos se mantengan dentro de sus casas, "hasta que pase el peligro". También recomendaban evitar los lugares altos. Se había demostrado que los visitantes (así los llamaban) preferían trasladarse mediante las azoteas o pisos superiores, y sólo descendían al nivel del suelo cuando se veían forzados a ello, ya sea para concretar determinado ataque, para huir de algún peligro o por la ausencia de ese tipo de construcciones elevadas en el lugar en el que se encontraban.
El investigador que había llegado a estas conclusiones se llamaba Der Macchio y vivía en aquella zona de la ciudad que Roggan había visitado una sola vez en toda su vida, y a la que popularmente se la llamaba "barrio industrial". Aunque hacía muchos años que esas colosales chimeneas habían dejado de emitir sus típicas columnas de humo negro, y el óxido corroía las persianas bajas y las puertas cerradas de casi todas las instalaciones relacionadas con algún medio de producción. La poca vida de la que esa zona gozaba se la debía a las casas particulares y a la cercanía del aeropuerto. El propio Roggan estuvo siempre convencido de que, luego de dejar el telegrama en las manos de aquel ingeniero aeronáutico, no volvería a saber nada de esa parte de la ciudad, pero ahora aquel barrio volvía, casi 30 años después, a su vida, y tenía más de un motivo para no rechazar la oportunidad de un reencuentro.
Así que no lo pensó demasiado. Al otro día tomó el único autobús que se adentraba en esa parte de la ciudad y buscó a ese tal Der Macchio, consultando a las pocas personas que encontraba en su camino. No había un lugar de trabajo donde ubicarlo, porque ya se había retirado del ejercicio profesional de su vocación, aunque la seguía ejerciendo de manera privada, interviniendo muy de vez en cuando en algún asunto público.
La casa donde vivía era sencilla, no menos ruinosa que las fábricas muertas que la rodeaban. Lo recibió con una amabilidad que parecía deberse, más que nada, al cansancio que le imponía su propia vejez, una falta total de predisposición para la discusión y la riña; la dulzura que sólo es capaz de infundir la aproximación de la muerte.
- Siéntese - le dijo Macchio-. Ya sé quién es usted, lo vi en el noticiero. Imagino a qué ha venido. Quiere interrogarme. Bien, pasemos entonces al interrogatorio. Con gusto responderé sus preguntas.
- Sabe- dijo Roggan -, la última vez que vine a este barrio fue para dejarle una autorización a un ingeniero, sin saber que ese hombre fabricaría el vehículo que en cierto modo causó todo lo que estamos viviendo ahora. Me refiero al transbordador que se utilizó para intensificar el campo energético de la estrella, no sé si sabe a qué me refiero.
- ¿Al factor 3-73? - preguntó Macchio.
- Exacto - respondió Roggan-. Lo dijeron ayer en el noticiero, quizá el mismo noticiero en el que usted me conoció. Cuando lo mencionaron a usted, mencionaron también a otros hombres de ciencia que habían elegido este barrio para vivir. Y quizá la carta que le di a ese hombre lo autorizaba a participar de ese proyecto, porque eso me dijeron cuando me enviaron aquí, que era para entregar una autorización.
El señor Macchio lo miró, por un momento, en silencio. No había temor ni duda en su mirada. Había simplemente eso, una mirada.
- Preferiría no hablar de eso - dijo Macchio-. Yo hice ya mi aporte a la investigación. Lo otro ha sido responsabilidad de Castle y de su equipo de trabajo. Ese hombre tenía una ambición totalmente irracional, y muchos lo sabían, pero aun así lo dejaron actuar. Muchos sabían que ese Centro de Estudios Generales iba a llevarnos a la ruina. Sí, está bien, alguna vez habré colaborado con esa institución, quizá sin saber lo que estaba haciendo, al igual que usted cuando entregó ese telegrama. Habré respondido alguna pregunta técnica, habré dado algún consejo, y nada más. Yo nunca supe lo que estaban haciendo allí, hasta mucho tiempo después.
- El daño ya está hecho- dijo Roggan -, pero me pregunto si habrá alguna manera de mitigarlo, de combatir sus consecuencias, de luchar contra esto.
- Hay una manera- dijo Macchio-, hay algo que podemos hacer, pero no voy a decirlo en la televisión para que el Gobierno se entere. Ellos también estuvieron involucrados en aquel proyecto. Se lo diré a usted, aquí, si le parece, aunque no puedo determinar qué tan exitoso resultaría llevarlo a cabo. Pero no perderíamos nada con intentarlo, eso sí es seguro.
- Bien - dijo Roggan-, dígame entonces cuál es esa manera. Quizá nos sirva. Lo escucho. Como acaba de decir usted, no perderíamos nada con intentarlo.
Editado: 23.10.2026