Al entrar, el aire olía a libros antiguos, lluvia y miel. Las estanterías llegaban hasta el techo, y en cada estante brillaban pequeñas luces, cada una distinta a la otra.
Detrás del mostrador estaba una mujer mayor de ojos amables y cabello como la nieve.
—Bienvenida —dijo con voz suave—. Aquí guardamos todo lo que la gente dejó de creer. Sueños que se abandonaron, esperanzas que se apagaron, amores que se olvidaron.
Elara miró las luces:
—¿Y puedo recuperar alguno?
—Sí —respondió la mujer—. Pero nada es gratis. Recuperar algo significa estar dispuesto a cuidarlo de nuevo. ¿Estás lista?