Entre todos los destellos, Elara encontró uno que la llamaba. Era suave, cálido, y al sostenerlo en la palma de su mano, recordó: era el sueño que tenía de niña: ser pintora, llenar el mundo de colores, creer que todo era posible.
—Lo dejé caer cuando crecí —susurró—. Cuando me dijeron que no era suficiente, que debía elegir algo más práctico…
La mujer asintió:
—Las estrellas no se apagan solas. Las tapamos nosotros con miedos y excusas. Pero siempre están ahí, esperando que las volvamos a mirar.