Meses después, Elara regresó al callejón para darle las gracias. Pero la puerta estaba cerrada, y el letrero parecía haber estado allí siempre, tranquilo y silencioso. En el suelo había una nota escrita con tinta dorada:
No necesitas una tienda para guardar tus sueños. Solo un corazón que no deje de creer en ellos. Y recuerda: la mejor estrella es la que tú mismo enciendes.
Elara sonrió, guardó el papel en su bolsillo, y siguió su camino. Sabía que, dondequiera que estuviera esa mujer amable, ella también le sonreía.