Vera no se volvió.
No inmediatamente.
Había aprendido algo desde que el libro apareció sobre su mesa.
Las historias tenían reflejos.
Y los reflejos mentían mejor que las personas.
En el espejo, la mujer seguía detrás de ella.
Mayor.
Más delgada.
Con el mismo rostro, pero endurecido por algo que Vera todavía no había vivido.
El dedo continuaba apoyado sobre sus labios.
NO DEJES QUE GAEL LLEGUE AL FINAL.
Salvat levantó lentamente el arma.
—¿La ve?
—Sí.
—¿Quién es?
—No lo sé.
La mujer del espejo sonrió.
Luego negó con la cabeza.
Como si aquella respuesta fuera decepcionante.
Gael seguía al fondo del corredor imposible.
Inmóvil.
Esperando.
Vera sintió que la escena estaba intentando dividirla.
Mirar al espejo.
Seguir a Gael.
Abrir una puerta.
Desconfiar de alguien.
El horror no necesitaba perseguirla.
Solo darle varias cosas que temer al mismo tiempo.
Bajó la vista hacia el libro.
Seguía abierto sobre la alfombra.
Una frase nueva estaba apareciendo.
Segunda regla: aquello que una persona ve dentro de un género no siempre existe para los demás.
Vera leyó una vez.
Luego otra.
—Segunda regla —murmuró.
Salvat no apartaba los ojos del espejo.
—¿Hay una primera?
—Sí.
—¿Cuál?
—Cuando lees el inicio de un capítulo, la realidad adopta su género.
—Entonces no vuelva a leer.
—Ya intenté eso.
—¿Y?
—No le gustó.
La mujer reflejada movió los labios.
No salió sonido.
Vera se acercó al espejo.
—¿Qué dices?
Salvat la sujetó del brazo.
—No se acerque.
—Necesito entenderla.
—Eso es exactamente lo que parece querer.
La mujer levantó una mano.
Escribió otra frase.
ÉL RECUERDA MÁS CICLOS QUE TÚ.
Vera sintió un frío distinto.
—Ciclos.
Gael reaccionó desde el pasillo.
Aunque estaba lejos, Vera supo que había leído la palabra.
Su postura cambió.
—Gael.
Él retrocedió un paso.
La puerta nueva comenzó a cerrarse.
—¡Espera!
Vera avanzó.
Salvat la agarró.
—No.
—Si se va...
—¿Qué?
—No lo sé.
—Entonces ésa no es una buena razón para seguirlo.
La puerta siguió cerrándose.
Gael alzó la voz desde el otro lado.
—¡No le creas!
Vera se detuvo.
—¿A quién?
Gael señaló el espejo.
—¡A ella!
La mujer reflejada sonrió.
La puerta se cerró.
Desapareció.
En su lugar quedó la pared del pasillo.
Lisa.
Sin marco.
Sin rastro.
Uno de los agentes soltó una maldición.
Salvat se giró.
—¿Ahora la ven?
El agente más joven miró confundido.
—¿Ver qué?
Vera sintió que algo se desajustaba.
—La puerta.
—No había ninguna puerta.
Salvat palideció.
—La vio.
—Inspector, llevamos aquí cinco minutos. Usted estaba mirando el espejo.
—Entramos por esa puerta.
—No.
—Sí.
—No había ninguna.
Salvat lo agarró del hombro.
—¿Qué recuerda?
—Que subimos, revisamos el apartamento y usted empezó a hablar con ella.
Señaló a Vera.
—¿Y el armario?
—Vacío.
—¿La voz?
—¿Qué voz?
Salvat soltó al agente.
Vera entendió.
La realidad estaba corrigiéndose.
No para todos.
Solo para quienes el libro permitía.
—Segunda regla —repitió.
Salvat se volvió hacia ella.
—¿Qué?
—No todos conservan lo mismo.
—Yo sí.
—Por ahora.
El espejo crujió.
Una línea apareció en el cristal.
Luego otra.
Como si algo estuviera rayándolo desde dentro.
Vera y Salvat retrocedieron.
La mujer mayor ya no estaba.
Solo sus reflejos.
Entonces una frase surgió lentamente sobre el vidrio.
No escrita con vaho.
Con una grieta.
LA MEMORIA TAMBIÉN ES UN GÉNERO.
El cristal explotó.
Los agentes se cubrieron.
Vera cayó al suelo.
Salvat la protegió con el brazo.
Los fragmentos chocaron contra la pared, la cama, el parquet.
Uno le cortó la mejilla.
Sangre.
Poca.
Pero suficiente.
El libro se cerró de golpe.
El horror terminó.
Vera lo supo antes de comprobarlo.
Las luces volvieron.
El aire dejó de oler a humedad.
El pasillo recuperó su tamaño normal.
El armario volvió a parecer simplemente un armario.
Nada más.
Salvat se incorporó.
—¿Se acabó?
Vera recogió el libro.
—No.
—¿Por qué?
Abrió el índice.
ROMANCE aparecía tachado.
THRILLER tenía una marca negra.
HORROR también.
Y debajo:
DRAMA FAMILIAR — disponible.
Salvat leyó.
—No me gusta esa palabra.
—¿Cuál?
—Disponible.
Vera tampoco.
Pasó una página.
En el margen había una nota manuscrita.
Con su letra.
No abras el siguiente capítulo en casa.
Vera sintió que el corazón se aceleraba.
Salvat lo vio.
—¿Lo escribió usted?
—No.
—Pero es su letra.
—Sí.
—Eso no tiene sentido.
—Empieza a repetirse.
El móvil de Vera sonó.
Número conocido.
Su madre.
Vera no respondió.
El teléfono siguió vibrando.
Salvat miró la pantalla.
—¿No va a contestar?
—No.
—Es su madre.
—Precisamente.
La llamada terminó.
Llegó un mensaje.
MAMÁ: Tu hermana volvió.
Vera dejó caer el teléfono.
Salvat lo recogió.
Leyó.
—¿Su hermana no...?
—No.
—¿Qué significa «volvió»?
Vera miró el libro.
En el índice, las letras de DRAMA FAMILIAR comenzaron a oscurecerse.
#696 en Thriller
#239 en Suspenso
#310 en Misterio
thriller psicologico, misterio sobrenatural, realidad alterada
Editado: 03.10.2026