Simone estaba absorta en sus pensamientos.
Mantenía la mirada fija en aquella pared blanca, preguntándose por qué ese gran cuadro se veía tan fuera de lugar en la enorme oficina.
Todo era blanco o negro, por lo que aquel lienzo dorado, en vez de resaltar, parecía una pieza completamente ajena a la decoración.
Divagaba mientras intentaba distinguir alguna figura reconocible entre las manchas de pintura.
Trágicamente, nada venía a su mente.
—Simone —le llamó el señor Kauffman con ese tono de voz cuidadosamente ensayado con el que fingía estar tranquilo cuando algo iba mal. Una sonrisa demasiado falsa le cruzaba el rostro; cada vez que hacía aquel gesto, las arrugas alrededor de sus ojos se volvían más evidentes y ella no podía evitar pensar en cuántos años tendría.
¿Unos sesenta? Quizás menos.
Quizás más.
Probablemente estuviera en sesenta y tantos. No lo sabía.
Pero seguía entretenida con aquellas preguntas absurdas, como si escondieran un secreto de Estado. Lo hacía con tal de no concentrarse en aquello que le acababa de decir.
—Simone —la llamó nuevamente.
Abrió los ojos de par en par y asintió lentamente. Todavía intentaba asimilar las palabras de su jefe. La noticia la había tomado por sorpresa y no sabía cómo reaccionar.
Bueno, ahora exjefe.
—Entiendo —mintió intentando alzar las comisuras de sus labios, pero apenas si conseguía que estas se movieran un poco.
—De verdad lo lamento, pero no tuvimos opción —insistió el muy canalla—. Con el recorte presupuestal nos ha sido imposible continuar el proyecto y con todo el personal; no podremos mantener el mismo número de plazas y tú eres quien menos tiempo lleva en la suya, por lo que nos ha sido imposible...
—Entiendo —insistió. Sabía que no lograría sonreír, pero a pesar de ello lo seguía intentando.
—Puedes pasar a Recursos Humanos por tu liquidación.
Apenas si la castaña lograba mantener una expresión neutral cuando Mercedes le ayudó a recoger las cosas de la que solía ser su oficina.
Siempre le había parecido irónico que Mercedes se llamara así y que, justo al empezar a trabajar juntas, hubiera comprado un automóvil de esa marca. Ahora ya no vería a su secretaria y lo más probable es que vendiera el automóvil.
Intentaba comprender cuáles serían sus siguientes pasos; tendría que actualizar su currículum —era demasiado evidente—, pero sabía que le iba a tomar un tiempo en que le dieran un par de entrevistas para un puesto aceptable.
Camino a su departamento, se maldecía por haber rechazado la oferta de la competencia, convencida por la promesa de un mejor puesto y un aumento salarial.
Ahora se había quedado sin ninguno de los dos empleos.
Entró en el edificio con apenas unos billetes en el bolso y se apresuró hacia el elevador para evitar que Lynda —la recepcionista— la viera. Iba retrasada con al menos dos meses de renta y, si le daba el poco efectivo que traía, Simone no comería aquel día.
Sí.
Tenía el cheque de liquidación, el cual era suficiente para saldar su deuda, pero ¿qué pasaría después? El pago de su tarjeta de crédito estaba próximo a vencer y, si no daba aunque fuese un adelanto, los intereses la consumirían viva.
Su estado de ánimo ya era bastante malo; no necesitaba de aquello.
Lo único que quería era recostarse en el sofá, terminarse el helado que la esperaba en el congelador y ver alguna película romántica que la hiciera llorar; ya al día siguiente tendría que empezar a buscar empleo, pero quería un respiro.
Su corazón y esperanzas estaban igual de destrozados. Dos días antes, Thom había cortado con ella. Después de seis meses en una relación a larga distancia, él hizo lo inevitable. Víctimas de una pésima comunicación y diferencia de horario de más de siete horas, se distanciaron.
Le hubiese gustado decir que fue una decisión tomada por ambos, pero Thom nunca había mencionado el tema.
Fue bastante repentino.
Pero tenía la dignidad suficiente para mantener la cabeza alzada durante aquella llamada.
Los diecisiete minutos más largos de su vida. De seguro así se había sentido Taylor Swift.
Hasta que el señor Kauffman la despidió. Se llevó el récord.
Al llegar a la puerta de su departamento, comprendió que sus planes se verían afectados por el papel que estaba pegado en su puerta. Un aviso de desalojo, pegado con cinta adhesiva, advertía que debía liquidar la deuda ese mismo día o abandonar el departamento a la mañana siguiente. Necesitaba pagar su tarjeta, pero quedarse únicamente con los billetes que llevaba en el bolso tampoco parecía una decisión inteligente. Y lo sabía.
Entró en su departamento con lágrimas en los ojos. Sabía perfectamente qué debía hacer primero. Desgraciadamente, no podría pasar la noche entera ahogando sus penas en helado frente al televisor.
Simone tenía el ego fracturado.
Pero no lo suficiente como para acudir a sus padres. Quizás estuviera perdida y sin rumbo, pero aquella opción estaba descartada. Después de todo, ellos se habían opuesto a que se mudara. Si les pedía ayuda, sería admitir que había fracasado.
Aún era demasiado pronto para ello.
En silencio, pasó sus pertenencias de los cajones a las maletas y después las llevó al automóvil. Fueron vueltas y vueltas cargando cajas, bolsas y todo lo demás.
Sabía a dónde dirigirse. Sería humillante, pero al menos no tendría que recurrir a sus padres.
Camino a casa de Fay, iba inventando una excusa convincente. Quizás podría decirle que una tubería se había roto y necesitaban repararla. O, mejor aún, que una plaga de ratas le impedía seguir viviendo allí.
Su hermana la apoyaría sin necesidad de confesarle que su vida iba en un inevitable declive.
Pero, apenas Andrew abrió la puerta, rompió en llanto.
Fue instantáneo. Incluso terminó abrazándolo.
—Amor —gritó—, tu hermana está aquí.