Simone llevaba una semana entera en aquel estado.
Pero no quería hacer nada más.
Pasaba los días sentada en aquel sofá, comiendo postres o cualquier cosa que se le antojara. Ni hablar de las botellas de vino, que vaciaba en menos de una hora y que, según ella, le proporcionaban una paz extraordinaria. No era para menos. Realmente no creía que en ese punto de su vida existiese algo de lo cual ella tuviera el control.
Todo pasaba demasiado rápido y fuera de su alcance.
Lo peor de todo es que su mente no le permitía descansar; sí, el comer saciaba su ansiedad, pero cuando se terminaba el vino o la última cucharada de helado, comenzaba a contar las calorías que había consumido.
Entonces se presentaba otra clase de tormento.
Se sentía culpable e incluso pensaba en dejar de comer el resto de la semana en un intento inútil de compensar lo que había comido.
Simone siempre se había sentido insegura de su cuerpo; desde que tenía memoria, se había comparado con Fay.
Su hermana había ganado el juego de la genética; era alta, delgada y tenía unas piernas esculturales. Además, había heredado los ojos azules de su abuela, unos labios carnosos y una nariz respingada. Simone, en cambio, era bajita, con bastante cadera y cintura, además de que sus labios eran demasiado finos; su nariz había recibido bastantes golpes en deportes como para que fuera descrita como bonita y jamás le habían dicho que sus ojos eran bonitos. —Color charco sucio —le habían dicho una vez.
En realidad, se comparaba con su hermana porque los demás lo habían hecho toda su vida.
—Deberías estar buscando trabajo —soltó Fay al mismo tiempo que le dejaba caer un ejemplar de periódico en el regazo—. No en mi sofá todo el día.
—Mandé mi currículum a un par de empresas —mencionó la castaña incorporándose en el sillón. —Además, ya nadie usa esto.
Fay se dejó caer al lado de su hermana, mientras recogía su cabello rubio teñido en un moño. Cualquiera pensaría que aquel era su color natural.
—¿Y?
—No me han contestado.
Fay conocía a su hermana mejor que nadie.
Desde pequeña, Simone había sido inquieta, incapaz de permanecer mucho tiempo en un mismo lugar. Pero últimamente era una persona completamente distinta —de acuerdo a su hermana—. Inclusive la pizca pícara que siempre estaba en su mirada había desaparecido.
Sus ojos lucían tristes y cansados, como si llevara días sin dormir, aunque pasaba horas enteras en la cama.
—Deberías intentar hacer algo nuevo —le propuso agitando un poco su pierna por encima de la manta con la que se cubría.
—¿Cómo qué?
—Una vez mencionaste algo de repostería.
—Soy un asco en repostería —espetó—. Y lo sabes.
—Entonces, ¿qué mejor oportunidad para volver a intentar algo que nunca lograste dominar?
—¿Quién dice que lo haré bien?
—Vamos, Simone —intentó animarla—. Será divertido.
—Quemaré tu cocina.
—Me vendría bien una remodelación.
Puede que aquella hubiese sido una actividad relajante para muchos.
Pero no lo fue para Simone.
Apenas se quedó sola, empezó a moverse por la cocina con la receta de brownies de chocolate en la pantalla de su celular.
Fay sabía cuánto disfrutaba Simone hornear, por desastrosos que fueran los resultados. Por eso se lo había sugerido. Cuando ambas eran pequeñas, Simone siempre mencionaba que algún día sería una chef reconocida, especializada exclusivamente en postres. No más. Aquella fue la meta de la chica por más de doce años, hasta que descubrió que ninguna de sus recetas alcanzaba lo que ella consideraba un nivel profesional.
Entonces se rindió.
"Quizás en ese entonces era demasiado joven", se permitió pensar. Después de todo, era fácil, tan solo seguir unos cuantos pasos. Tan solo era mezclar huevos, cocoa, harina, azúcar, levadura y vainilla. No más. Y quizás tendría un postre que sería demasiado exquisito en cuestión de minutos.
Sí.
Todo era endemoniadamente simple.
Mientras los brownies se horneaban, Simone seguía convencida de que aquello era ridículamente sencillo.
Tan sencillo y, a pesar de ello, se las ingeniaba para arruinarlo. El ir a la universidad, graduarse y tener un empleo fabuloso, después casarse y empezar una familia... parecía un plan asombroso.
Pero no lo había conseguido. Se las había ingeniado para arruinarlo por completo. No tenía empleo y el último año había trabajado en un lugar que aborrecía con tal de pagar una deuda que no hacía más que crecer.
Se seguía maldiciendo por haber creído que podía pagar aquel carro. Creyó que para ese momento tendría el empleo que tanto anhelaba y habría demostrado que se equivocaban quienes alguna vez dudaron de ella.
Se sintió tan inferior cuando se dio cuenta de que no habían estado en un error.
Solía ser la mejor de la clase y la primera en todo. Pero apenas salió de la escuela, en su opinión, Simone había quedado en el olvido al igual que sus calificaciones sobresalientes. No importaba lo mucho que se esforzara, aquello era parte de su pasado.
Tristemente, por más que se lo propusiera, aquella "chispa" que antes parecía permitirle conseguir cualquier cosa había desaparecido.
No le cabía en la cabeza el cómo había sido todo tan repentino; sabía perfectamente que las cosas cambiaban, pero no de aquella forma. Además, siempre había tenido a Thom a su lado, bueno, desde que lo conoció.
Estaba frustrada. Pasó las manos por su rostro y lo restregó un poco, como si le ayudara a despejarse. Pero no. Ni siquiera aquel olor a quemado que pronto se coló por sus fosas nasales.
—Mierda —soltó cuando recordó su intento, ahora fallido, de brownies.
—¡Maldita sea! —exclamó cuando sacó la charola con fuego.
Lo único que se le ocurrió fue lanzarla al fregadero y abrir la llave para dejar que el agua corriera sobre esta. El calor había activado la alarma contra incendios que se encontraba en el techo.