El Guardián Verde

Capítulo 13

La yegua avanzaba a un trote rítmico y acompasado, hendiendo con sus cascos un sendero apenas transitado pero milimétricamente desbrozado. El bochorno se adhería a la piel de los jinetes como una segunda prenda, densa y asfixiante. Atrás había quedado el altercado a las puertas de aquella mugrienta taberna, donde Lietta, en un arranque de orgullo, se había negado en redondo a seguir los pasos de Cerlyk.

Él, implacable, la había alzado en vilo, cargando con su peso el tramo justo para susurrarle al oído una cruda advertencia: si no mantenía la compostura en mitad de la vía pública, cualquier aldeano sospecharía al ver a un hombre transportar a una desconocida como si fuera un vulgar saco de provisiones.

Sometida por las circunstancias, Lietta no tuvo más remedio que ceder, pero se rehusó de manera tajante a compartir un caballo con él, reproche que él únicamente respondió corrigiéndola haciéndole saber que era una yegua con cierta travesura en el tono.

El trayecto de retorno se habría sumido en un mutismo absoluto de no ser por las cigarras y el canto esporádico de los pocos pájaros que osaban desafiar el calor de la tarde. A ambos lados de la ruta, el paisaje se desplegaba con una exuberancia idílica, con prados infinitos salpicados de flores silvestres y flanqueados por hileras de árboles tan simétricas que semejaban haber sido dispuestas por la mano de un jardinero divino.

Era un entorno que ninguno de los dos apreció durante su ida al pueblo, pero que ahora, en el camino de vuelta, infundía una calma inconsciente, propicia para quebrar el hielo.

—Lo que has hecho hoy ha sido una imprudencia. Una total y absoluta imprudencia, Lietta.

Cerlyk ladeó la cabeza con desaprobación. A la futura reina le habría complacido contemplar aquel gesto de contrariedad, pero, al hallarse sentada tras él, su campo de visión se reducía a la nuca del príncipe, cuya piel comenzaba a teñirse de un tono bermejo bajo el castigo del sol.

—Puedo regresar por mis propios medios a palacio si mi presencia os causa molestia ¡oh, mi gran esposo! —replicó ella, destilando una condescendencia afilada por la ironía.

Para evitar su cercanía, Lietta desvió los ojos hacia las campiñas, prefiriendo perderse en el entorno antes que fijar la mirada en su insolente conductor.

—Ir al pueblo... Sin escolta, sin anunciarte, desprovista de todo rango. Como si fueses una... una... —insistió Cerlyk, buscando la palabra exacta.

Las mejillas de Lietta se encendieron, adoptando el mismo matiz encarnado que la nuca que acababa de observar. Por lo general, ese tipo de emociones las contenía con rapidez, pero en aquella ocasión su lengua resultó ser más veloz que su decoro.

—¿Una de las furcias a las que acostumbráis a visitar vos? —escupió con desdén—. Tal vez por eso hemos coincidido en un rincón tan inmundo. ¿Es que acaso no os bastan las damas de la corte, que necesitáis buscar fuera? Dudo mucho que os anunciéis con trompetillas cuando vos hacéis exactamente lo mismo al descender al pueblo.

—Apenas llevas unos días en este reino ¿y ya pretendes conocer los pormenores de mi vida? —la interrumpió él, frenando el reproche—. ¿De dónde sacas esas ideas? Por el porvenir, Lietta, comprendo que Ghyaspeder dista mucho de ser como Bormakon, pero conocemos perfectamente nuestros deberes antes de heredar el trono. Si he ido al pueblo, no ha sido por un motivo diferente al tuyo... sin embargo yo no corro tanto peligro. Llevo años labrándome la lealtad y la confianza de mis informantes, mientras que tú pretendías que un bardo rufián resolviera tus dudas a cambio de un simple saco de monedas.

Durante el transcurso de aquella reprimenda, Lietta se había permitido el lujo de abstraerse de nuevo, fingiendo un renovado interés por el horizonte. Sin embargo, su propósito no era deleitarse con la belleza del paraje, sino intentar ignorar la voz de su esposo.

—Va a ser mi reino —sentenció al fin, demostrando que su aparente indiferencia no había sido más que una fina fachada.

—¿Qué?

—Habéis dicho que Ghyaspeder es un reino diferente al mío —reiteró ella con firmeza—. Pero dentro de muy poco, este será mi único reino.

Cerlyk tiró suavemente de las riendas para amansar el paso de la yegua, aunque la energía de su voz aumentó:

—¿Y no habría sido más sensato resolver tus dudas directamente conmigo? Creo que, tras los intensos acontecimientos que hemos compartido, podrías depositar un poco de fe en mí.

—Lo habría hecho... de no ser por vuestras constantes ocupaciones —Lietta interrumpió la frase, vacilante, sopesando el impacto de sus siguientes palabras—... y por ciertos asuntos con mi doncella personal.

El semblante de Cerlyk pareció iluminarse. Se esforzó por contener aquel súbito destello de júbilo, bendiciendo secretamente la posición de Lietta, que le impedía ver la sonrisa que amenazaba con dibujarse en las comisuras de sus labios.

—¿Oelive? Es por ella, ¿verdad? —soltó una risa franca, incapaz de refrenarse—. ¿Acaso estáis celosa, esposa mía? No os mortifiquéis que en cuanto entremos en los aposentos, me encargaré de demostraros lo mucho que...

Pero la mente de la futura reina ya había levitado lejos de la conversación. Esta vez, su trance no se debía a las colinas, sino al firmamento. Sobre el horizonte se cernía un cielo que semejaba plomo derretido, una bóveda espesa y turbia que exhalaba el calor acumulado durante todo el día. El sol, en sus últimos momentos de agonía, no cedía con amabilidad, sino que proyectaba unos rayos de un rojo cobrizo que picaban con rabia sobre la piel y sobre su secreto. Lietta se llevó una mano al cabello teñido de azabache de forma instintiva en cuanto esa reflexión rozó su memoria.

Era esa hora cruel de la tarde en la que la tierra, calcinada, devolvía a la atmósfera un bochorno denso y pegajoso, pero gracias a la naturaleza, se hacia llevadero.

Tarde, era tarde. Lietta por un momento unió esos pensamientos del cielo y los entrelazó con un recóndito recuerdo en su memoria.



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En el texto hay: maldicion, magia, guardian

Editado: 09.10.2026

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