La mano de Cerlyk se sentía cálida y acogedora, guiándola a través de los pasillos de la corte hasta desembocar en los jardines. Al salir, Lietta se estremeció cuando una brisa nocturna acarició la línea expuesta de su columna, un frío que contrastaba por completo con el sofocante bochorno que había dominado la tarde.
Bajo la tenue luz del cielo nocturno, complementada por el titileo de las velas que decoraban la fachada del palacio, Lietta mantenía la vista fija en unas flores radiales, completamente planas y de contornos circulares. Jamás en sus años en Bormakon había visto una especie semejante, pero la fascinación que fingía tener por la planta no era más que un escudo, ya que en realidad su mente trabajaba a marchas forzadas buscando la manera de agradecer a Cerlyk la preocupación que había mostrado. Aunque sabía que había sido lo más discreta posible, aquel impulso de ir a un pueblo desconocido sin guardia había sido una imprudencia absoluta, como él bien le comentó. Con calma, recorrió con la yema del dedo uno de los cinco pétalos mientras rompía el silencio:
— No te he dado las gracias como correspondía por haberte preocupado por mí.
Se sorprendió a sí misma al darse cuenta de que estaba adquiriendo la costumbre de dirigirse sin fórmulas de cortesía. Cerlyk, que hasta ese instante la observaba estudiar los capullos desde la lejanía, se sorprendió levemente y dio unos pasos hacia ella.
— Podría llegar a perdonar tu temeridad. —Repuso él. Lietta levantó una ceja, delineando una media sonrisa en su rostro, mientras el príncipe señalaba sus propios labios con el índice—. Con un beso.
Las miradas de ambos se cruzaron en un destello de sutil complicidad, disolviendo la solemnidad del momento en una risa compartida.
—Quizás he sido demasiado osado —admitió Cerlyk, recobrando la compostura mientras se apoyaba contra una columna de mármol decorada con lianas floridas.
Lietta se giró por completo para encararlo de manera definitiva.
—Lo suficiente como para que el arrepentido seáis vos —repuso con ingenio, aunque no tardó en romper esa perspicacia con una postura involuntaria, cruzando los brazos —. Hace frío como para estar mucho tiempo en los jardines tan tarde ¿Qué es aquello que pretendéis mostrarme?
— La razón por la cual me cobraré tu perdón.
Antes de que Lietta pudiera cuestionar a su esposo por sus pasos, Cerlyk, que la había guiado con suavidad hasta el corazón del jardín, tomó su mano con agilidad. Elevó los ojos hacia el cielo con una solemnidad casi mística:
—Ahora, para la Luna, tú serás su nueva estrella.
Acto seguido, la soltó y retrocedió con parsimonia hasta la columna de mármol en la que había estado apoyado, convirtiéndose en el único testigo del milagro que estaba a punto de acontecer.
Como si aquellas palabras activaran un resorte invisible, el vestido empezó a cobrar una nueva vida. El dorado comenzó a serpentear con un fulgor propio, y las gemas que decoraban el cabello y el cuello de la futura reina se multiplicaron en miles de destellos diminutos, encendiéndose al unísono con el manto estelar.
Aunque aquel espectáculo la tenía perpleja, Lietta se mantuvo completamente quieta, temiendo que el más mínimo movimiento pudiera detener o disipar lo que estaba viendo. Las palabras de Cerlyk se hicieron ciertas, puesto que la luz parpadeaba con una cadencia armónica sobre el tejido, y la tela iridiscente mutaba de color con el viento, haciéndola sentir como si de verdad fuera un nuevo astro en mitad de la noche.
—Este iba a ser tu vestido de bodas —confesó él con una ligera nostalgia—. No me atreví a dártelo en su momento y decidí guardarlo, tu doncella ha sido muy sabia al elegirlo hoy.
Pero Lietta seguía demasiado ensimismada como para contestarle o prestarle atención al peso de sus palabras. Impulsada por la fascinación, decidió girar sobre sí misma de forma delicada, y ese sutil movimiento generó aún más intensidad en el brillo del ropaje. Fue precisamente el eco de su propia risa lo que la sacó del trance. Carraspeó un poco, intentando recuperar la compostura.
—¿Cómo... cómo es posible esto?
Cerlyk sonrió ante la estupefacción de su esposa.
—Ya te lo dije, Lietta... Es magia.
Magia. Esa palabra hizo que los ojos de Lietta volvieran a chocar con los del futuro rey, y aunque luchó por no quedarse embelesada en ese azul intenso que abrazaba sus pupilas, se dirigió a él de forma dulce:
—Así que es cierto —suspiró, mirando otra vez el vestido brillar—. Pensé que ya no existía... la magia.
—No puede dejar de vivir algo que jamás ha muerto —repuso Cerlyk. El príncipe, que antes le había dado espacio para deleitarse con el descubrimiento, comenzó a acercarse a ella lentamente—. La magia nunca ha dejado de existir.
—Bormakon proscribió todo tipo de hechicería desde que tengo uso de razón. El mito funesto de los Tres Grandes causó tanto miedo entre la gente que empezaron a ver la magia como algo peligroso —explicó ella, mientras acariciaba las gemas de su pelo y le dedicaba una sonrisa—. Pero esto, sin embargo, es tan excelso.
Aunque a Cerlyk le complacía contemplarla en ese estado, tragó saliva y, con una seriedad sosegada, le sostuvo la mano. Lietta volvió a experimentar esa calidez perdida y no dejó de observarlo mientras él continuaba:
—Cuando llegue la coronación, y sea rey por fin, cambiaré esa estúpida ley no escrita, no tendrás que teñir tu cabellera ni esconder tu ser. Los Sangre pasarán de ser proscritos a respetados, y podrás, al fin, vivir en paz si es lo que deseas. Ghyaspeder es un reino libre, y tú también lograrás serlo.
Lietta le sostuvo la mirada de forma fija. Por un breve instante tuvo la genuina intención de devolverle la sonrisa, un impulso que la tomó por sorpresa, por lo que jamás habría imaginado experimentar una sensación así dentro de ella. Sintió el deseo irrefrenable de congelar el tiempo, de poseer ella misma algún don de hechicería que creía extinto para repetir aquel instante una y otra vez. A pesar de que apenas compartían unos pocos días juntos, una energía desconocida y profunda la recorrió por completo, que nació desde la punta de sus pies hasta golpear con fuerza en su pecho. Sin embargo, en cuanto aquel torrente pareció mitigarse, la realidad reclamó su espacio y una sombra de madurez se reflejó en sus facciones.