Llevaba años en la corte, soportando menosprecios, cuidando de todo lo que se le ordenaba y guardando secretos que le dolía callar, apaciguando el amor que sentía en su corazón tras un velo de sensualidad única y desafiante.
Pero esa mañana, los cimientos de su fortaleza se resquebrajaron por completo. Nunca pensó que el desengaño dolería de esa manera, pero lo hizo, se descubrió sin máscaras, sin saber cómo actuar ni qué decir.
Ella, que siempre se había jactado de ser una seductora calculadora, sintió cómo el papel de doncella imperturbable se deshacía entre sus dedos. Ver a su amante con otra mujer en la cama... No, ver a su amante con ella, destruyó el mito de su propia invulnerabilidad.
Los labios le temblaron por un segundo agónico y fue una voz cercana la que la sacó de su trance.
—Oelive, ¿qué haces aquí?
Lissandra se asomó al umbral donde su compañera permanecía estática, con la mirada empañada por un brillo vidrioso. Al fondo de la estancia, Cerlyk y Lietta descansaban ajenos al mundo, envueltos únicamente en el refugio de un abrazo.
—Upsss... —murmuró Lissandra, entornando la puerta con presteza. —Dejemos que descansen.
Oelive solo pudo asentir y dejarse llevar por el brazo de Lissa, que la conducía por los pasillos del palacio con cierta amabilidad, mientras no paraba de hablar de cosas que Oelive no tenía fuerzas ni ganas de descifrar.
La llevó al comedor asignado para el servicio. Apenas se estaba sirviendo el desayuno cuando empezaron a llegar los primeros criados, arrastrando un eco de chismes cotidianos en los que ella no tenía ningún interés. Oelive se dejó caer en un banco más por instinto que por conciencia, ya que la escena de la alcoba seguía reproduciéndose de forma cíclica tras sus ojos. Lissandra regresó a su lado con un plato de ciruelas frescas y unos bollos de pan recién horneados que dejó frente a ella.
De sus ojos no brotó una sola lágrima, pero en lugar de tristeza, una ira fría y cortante comenzó a adueñarse de su cuerpo, un fuego que contuvo tras una sonrisa ensayada al reconocer el gesto de su compañera.
—Tienes mala cara, Oelive... ¿Tú tampoco has dormido bien? Desde que llegué aquí tengo unas pesadillas de lo más extrañas...
Oelive agradeció el hambre de Lissandra, ya que al llevarse un trozo de pan a la boca dejó de hablar. Pero la tregua amenazaba con ser breve, y al notar el ademán de la joven por continuar, Oelive decidió interrumpir el hilo de la conversación.
—No han sido los delirios nocturnos los que han perturbado mi paz, sino el peso del propio despertar.
Lissandra soltó una sonora carcajada y, aún procesando el bocado, se llevó otra porción del bollo a la boca.
—Bueno, es verdad que abrir los ojos y recordar la montaña de quehaceres que nos aguarda basta para amargarle el día a cualquiera —comentó tras tragar—. Aunque dudo que hoy tengamos una jornada exigente, no creo que salgan de esos aposentos en unas cuantas horas.
Al acabar la frase, inclinó la cabeza, señalando con picardía la dirección del pasillo que conducía al nido de los futuros soberanos. Al ver que Oelive no le devolvía la menor señal de complicidad, se enderezó de golpe, casi atragantándose con los restos de comida que le quedaban por tragar.
—¿Se ha disculpado Treblon contigo? —inquirió, intentando cambiar de tema—. Estaba muy molesto cuando me tuvo que traer al galope ayer por la tarde, e incluso mascullaba tu nombre entre dientes... Le aclaré que tu ausencia al acompañarnos no fue culpa tuya, sino que nos escabullimos sin dar aviso.
Lissandra la observó entonces con una mirada de sincera compasión.
—Lamento si eso te causó problemas. Aun así, Treblon es un hombre muy atento y si no ha buscado enmendarlo todavía, estoy segura de que lo hará pronto.
Oelive entornó los párpados, sellando su respuesta con un asentimiento silencioso. Lissandra hizo lo mismo antes de retirarse. Como si respondieran a una orden invisible, los pocos sirvientes que quedaban en el comedor comenzaron a dispersarse entre risas y charlas triviales, dejando en el olvido a la única figura que permanecía sentada a la mesa.
La soledad, finalmente, le devolvió a Oelive su primera sonrisa auténtica. Al frente de ella, en una pequeña estantería sencilla de madera, se encontraban varias botellas de vino, que miraba con deseo.
Con la estancia vacía, tomó una de las ciruelas del plato y la estudió bajo la luz de la mañana. Tras levantarse con un hondo suspiro, rompió el silencio:
—¿Hombre, Treblon? ¿Desde cuándo? —De las botellas antes vistas, escogió una por el cuello, el líquido de su interior compartía el exacto color de la ciruela que sostenía con la otra mano.
Acto seguido, hundió los dientes en la fruta, masticándola con la misma furia contenida que no había podido liberar ante el resto del mundo.
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Había caído en su juego. Lietta se repetía una y otra vez lo estúpida que había sido mientras envolvía con urgencia su cuerpo desnudo entre las sábanas. Apenas habían transcurrido días y ya todo había cambiado.
Si bien era cierto que Cerlyk era su esposo, que sabía que tarde o temprano tendría que acostarse con él y que solo había cumplido con los preceptos nupciales que su reino le había inculcado con rigor, lo que verdaderamente la atormentaba no era el acto en sí, sino el haber siquiera sentido algo. El habérselo pedido ella misma.
Se quedó estática, contemplando a Cerlyk.
Él descansaba a su lado, despeinado por el reciente frenesí de la noche. Lietta se cuestionaba internamente cómo había podido ser tan débil de mente y qué clase de necesidad la había arrastrado a caer tan bajo. Sin embargo, volvía a levantar sus defensas, convenciéndose de que su entrega se debía a directrices reales y no a un impulso fogoso. Pero en cuanto terminaba de formular ese pretexto, la visión del futuro rey tendido a escasos centímetros de ella la hacía sentirse ridícula. Apartó la vista como último recurso para apaciguar su mente, aunque tardaba muy poco en volver a mirarlo con cierto rencor.