Cerlyk silbaba con despreocupación mientras recorría la galería del palacio. De tanto en tanto se detenía frente a los ventanales para ajustar el cuello de su camisa de seda, ensayando saludos e inclinaciones de cabeza con una galantería casi teatral. No se percataba de que, a una distancia prudencial, unos ojos miel, cargados de reproche, seguían cada uno de sus movimientos.
Oelive lo escoltaba entre las sombras de las columnas, tambaleándose de vez en cuando y conteniendo a duras penas una risa ronca que amenazaba con escapar de su garganta.
—Se os ve especialmente ufano hoy, mi señor.
Cerlyk detuvo su marcha en seco. Aunque permanecía de espaldas, la tensión de sus hombros reveló que había reconocido su voz mucho antes de girarse para encararla y forzar una sonrisa de cortesía.
—Oelive, ¿has visto a...? —Las palabras del príncipe se congelaron en el aire. Un aroma denso y fermentado, como a fruta pasada, que delató de inmediato el estado de la joven—. ¿Estás ebria? ¿A estas horas de la mañana?
Pero el rostro de Oelive no estaba igual de satisfecho como el de él, a pesar de la mueca de felicidad que mostraba la doncella, sus ojos reflejaban cierta preocupación y sus labios vibraban amenazando con desenmascarar sus verdaderos sentimientos.
Antes de que él pudiera interrogarla, ella acortó la distancia. Ya no había rastro de su coqueteo ni de su altivez habitual, se movía con urgencia , como si sus pies titubearan al apoyarse en el suelo antes de dar el siguiente paso hasta quedar frente al futuro rey.
—Por favor... Sé bien cuáles son tus vicios y sé que no vas a cambiar, pero dime... dime, por favor, que no la amas.
Un semblante de duda ensombreció la cara de Cerlyk, pero ella continuó antes de que él pudiera interrumpirla:
—¿Qué te ha pasado, Cerlyk? ¿Qué fue del favorito del rey que me prometió que partiríamos juntos hacia Frinjunds? El hombre que me prometió que nuestro lazo permanecería intacto sin importar con cuántas mujeres de la corte yacieras... Que aseguró que, pasara lo que pasara, nunca habría en el mundo dos personas tan felices como nosotros. En la vida...
—Oelive, tu estado es delicado. Deberías ir a tu cuarto ahora mismo avisaré a...
—Responde.
Cerlyk se dio cuenta de que con Oelive en ese estado no era válido discutir, pero mucho menos evadirla. Así que decidió encararla.
—Eso es pasado, Oelive. Mi padre ha muerto y un nuevo destino se me ha concedido.
Oelive intentó contener el impacto, apretando los labios mientras el aire atrapado le inflaba las mejillas. La presión hizo que el aire escapara en un bufido ahogado y, de inmediato, estalló en una carcajada limpia que resonó por todo el pasillo. Era una risa desprovista de alegría, una explosión de puro desgarro en mitad de la cual dijo con dificultad:
—¿Destino? ¡JA! Destino. ¿Pretendes que me lo crea? Después de todo este tiempo, ¿vas y te cautivas por ella? ¿Me tomas por una inculta? Ahora quieres hablar de destino...
A medida que ella avanzaba, Cerlyk daba un paso atrás, intentando mantener una distancia prudencial.
—Si tan solo me dijeras que no sentiste nada ayer... Nada por la que ahora llamáis vuestra mujer, callaré y lo entenderé. Nadie cambia su naturaleza en cuestión de días. —Oelive se empinó, rozando con sus labios el lóbulo de la oreja del príncipe mientras le decía en un susurro —: Yo tardé años.
Cerlyk la miró con una profunda compasión. Sostuvo con firmeza sus hombros para estabilizarla, pues la joven parecía desubicada, como si al desahogarse de esa forma parte de su embriaguez se la hubieran llevado aquellas palabras envenenadas con vino y rencor.
—Oelive, tú sabes igual que yo que esto se ha acabado —sentenció él, acariciando su mejilla, no era un gesto sensual sino más bien de acompañamiento—. Me temo que yo no correspondo a eso que sientes.
Ella parpadeó con violencia, forzando las pestañas para que él no viera la cantidad de humedad acumulada en sus ojos vidriosos. Por lo menos estaba lo suficientemente lúcida para darse cuenta de que debía retener ese sentimiento, aunque no pudo evitar que se le escaparan las últimas palabras de su delirio:
—Me amás, Cerlyk... Sé que me amas.
El príncipe retiró la mano de su rostro con lentitud. Viendo el estado en el que se encontraba, comprendió que era inútil hacerla entrar en razón; tenía que cortar el problema de raíz por mucho que doliera. Con la mirada, ambos supieron que las siguientes palabras dejarían una herida imborrable.
—Nunca lo hice.
Sin añadir nada más, Cerlyk reanudó la marcha en busca de su esposa. Abandonó la escena, dejando atrás a una Oelive devastada que cayó de rodillas sobre el frío suelo, pero que en lugar de romper en llanto comenzó a reír con un frenesí tan desquiciado que desconcertó a las doncellas que pasaban por ahí.
Y así fue como Lissandra y Lietta lograron encontrarla. Ambas corrieron a socorrerla, alarmadas al ver que Oelive, por mucho que tratara de levantarse entre carcajadas histéricas, volvía a desplomarse sobre las losas.
—No sé qué le pasa —comentó Lissandra, consternada—. Hace un rato estaba cabizbaja y distante conmigo en el refectorio.
Sin embargo, nada más acercarse a ella, el aroma agrio a fruta pasada las frenó por completo.
—¿No lo hueles? —preguntó Lietta, dirigiendo una mirada de preocupación a su doncella, quien afirmó con una mueca de asco antes de tenderse a ayudar a incorporar a Oelive.
Pero la dama de compañía rechazó la ayuda y se levantó sola. Retornando a su faceta desafiante, un tanto alterada por el alcohol, viró sus ojos enturbiados hacia la futura reina y la señaló acusadoramente con el dedo índice:
—Él me ama.
Tenía los labios a medio abrir e intentaba sostener su discurso, pero sus piernas no la respaldaban. Aferró las manos a los muros de piedra mientras se deslizaba de nuevo hacia el suelo, prisionera de otra oleada de risas amargas.