El Guardián Verde

Capítulo 17

Lietta se apoyaba ligeramente en el hombro de Lissandra, quien permanecía balanceándose tras la rendija de la puerta. Su doncella estiraba el cuello en un intento por escudriñar el interior de la estancia sin ser descubierta.

—Esto ha sido una mala idea —susurró Lietta al oído de su acompañante, mientras apartaba los mechones castaños de su dama de compañía que le impedían ver.

—Que no, que no, shhh... O nos van a descubrir por vuestra culpa.

—Te van a descubrir a ti, Lissa, que eres una escandalosa hasta para esconderte. —La futura reina empujó suavemente a su doncella con una caricia en el brazo y se deslizó hacia la rendija—. Venga, déjadme mirar.

Al acomodar la vista para descifrar lo que acontecía en la sala del consejo, Lietta tropezó de inmediato con los ojos de Cerlyk, quien la observaba fijamente con una sonrisa cómplice. La sorpresa de saberse descubierta la obligó a retroceder y a apartarse al instante del umbral, con el corazón desbocado.

—Os sugiero que, si vuestro anhelo es la discreción, os escondáis en las columnas.

La advertencia provino de Oelive. A pesar de ello, la frase carecía del habitual tono de la seductora cortesana,arrastraba, en su lugar, cierta inseguridad.
Lissandra y Lietta se miraron antes de volverse hacia la recién llegada. Parecía existir un pacto tácito entre las tres para sepultar el desastre de la embriaguez de aquella mañana. En ese instante, el crujido de la madera anunció la apertura de las puertas, y Oelive, reaccionando con presteza, tomó a la princesa del brazo para guiarla tras la columna de mármol más cercana.

Las hojas de la gran puerta se abrieron de par en par y empezó a salir el Consejo en tropel, abandonando el recinto con pasos colectivos y un murmullo unísono de indignación.

—¿Esto no os trae recuerdos? —murmuró Oelive en un susurro, intentando sonreír, aunque su vergüenza seguía presente en sus facciones.

Cuando la marcha y las voces del consejo se alejaron lo suficiente como para convertirse en un vago rumor en el fondo del corredor, las tres mujeres salieron de sus escondites, exhalando un profundo suspiro de alivio. Lietta se sentía tentada a entrar, y no dejó que su impulso se quedara solo en eso. Estiró una de sus manos lentamente hacia las pesadas maderas que, por pura inercia, se estaban empezando a cerrar.

—¿Qué hacéis, alteza?

La voz preocupada de Lissandra no detuvo la determinación de Lietta, quien sujetó una de las hojas a la vez que la otra se cerró con un crujido seco. Sin soltar el pomo, se dirigió a su doncella con apuro.

—Necesito entrar —explicó, todavía en voz baja—. He oído como decían algo de cancelar la Ceremonia de Vida. Necesito saber qué pasará con la coronación.

Un leve fruncido en el entrecejo de Lissa dejó a la vista su preocupación, calculando el riesgo de la audacia que su señora planeaba cometer.

—Teníais razón, mi señora... Esta no es forma de ganarse la confianza en la corte, podrían...

—Creo que su alteza tiene razón —interrumpió Oelive, poniéndose del lado de Lietta—. Lo mejor será que entre, tú y yo nos encargaremos de hacer guardia en la entrada.

Lissandra hizo una reverencia formal, dando por aceptada la sugerencia de Oelive. Pero antes de que ninguna hiciera algún gesto más, Lietta dio un paso hacia la sala, dejando solo la cabeza visible a través de la abertura:

—No. Podéis iros.

Ahora eran las damas las que se miraban entre ellas con cierta duda. En ese momento, Oelive reflexionó, temiendo que Lietta aún no hubiera olvidado cómo se había comportado esa mañana bajo los efectos del vino.

—Si es por cómo me he comportado yo...

—Ni te preocupes por eso —la cortó Lietta con suavidad—. El vino hace cometer locuras al más templado.

Oelive bajó la cabeza y cerró los ojos con un remordimiento genuino, solo levantó la cabeza cuando se vio con la suficiente entereza para contestar.

—Le prometo que no volverá a ocurrir.

Una sutil sonrisa unió a ambas mujeres en la distancia: una cargada de compasión, la otra de profundo agradecimiento. Sin dar margen a más dilaciones, Lietta se escabulló por completo al interior de la sala, no sin antes decir por último:

—Venga, retiraos ya. Si os ven los guardias, sabrán dónde me encuentro.

Mientras Lietta se sumergía en el silencio solemne del salón, percibió el eco lejano de sus damas alejándose por el corredor.

—¿Sabes, Oelive? Yo una vez, cuando me embriagué por primera vez, casi me desnu...

—¡Shhh!

Lietta reprimió una pequeña risa que amenazaba con romper la gravedad del recinto.

Ahora se encontraba a solas ante la majestuosidad de la mesa ovalada. Con sus dedos, repasó el paño heráldico de Ghyaspeder hasta llegar a un tacto muy distinto al de la tela: era un montón de hojas con anotaciones manuscritas que la obligaban a inclinarse para descifrar su contenido.
Se cuidó de no alterar el orden de los escritos para no dejar pista de su intrusión. Sin embargo, en el instante en que sus ojos se hallaban a la distancia justa para comenzar la lectura, una mano metálica se posó con firmeza sobre su hombro, provocando que diera un brinco acompañado de un ahogado grito de terror.

Al girarse tras el salto, vio una silueta esbelta, cubierta de pies a cabeza por una armadura de placas relucientes. Tuvo que levantar la mirada un poco más de lo habitual para intentar escudriñar el rostro de su captor, pero el casco no dejaba ver ni sus ojos.

—Qué susto... —consiguió articular.

Al darse cuenta de que había dejado entrever su vulnerabilidad, carraspeó mientras se arreglaba los pliegues del vestido.

— Esto... yo... solo pretendía...

El caballero ya no estaba tocando su hombro, solo se limitaba a estar quieto delante de ella. Al notar que Lietta debía alzar la cabeza para poder dirigirse a él, el guerrero dobló las rodillas con la rigidez que el metal le permitía, nivelando su altura a la de ella.



#1679 en Fantasía
#5619 en Novela romántica

En el texto hay: maldicion, magia, guardian

Editado: 17.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.