## La decisión
Eliza no se movió durante varios minutos.
El apartamento seguía a oscuras, apenas iluminado por el resplandor pálido de la luna que se filtraba por la ventana sucia. La linterna yacía en el suelo, apagada, rodando ligeramente después de que la soltara sin querer. O quizá a propósito.
No lloró.
No pensó.
No anotó nada.
Solo se quedó sentada en la silla todavía tibia, con las manos sobre las rodillas, la mirada fija en la puerta por la que Andrés había desaparecido. Había sido real. La conversación había sido real. Sus ojos estelares, su voz sin eco, su sonrisa cansada al final.
*"Entonces habré cumplido mi propósito. Y podré, por fin, descansar."*
Esa frase le resonaba en el pecho como un latido extraño, un eco que no era el suyo.
Eliza había pasado años entrenándose para no dejarse atrapar por las emociones. La ciencia exigía distancia. El análisis exigía frialdad. Había aprendido a diseccionar el dolor ajeno sin inmutarse, a leer informes de crímenes atroces mientras tomaba café, a mirar cadáveres en fotos forenses como quien mira un rompecabezas.
Pero nada la había preparado para esto.
Porque Andrés no era un sujeto de estudio. No era una variable en una ecuación. No era un fenómeno que pudiera etiquetarse, archivarse, comprenderse desde la seguridad de un laboratorio.
Era un hombre.
Un hombre que había elegido dejar de serlo porque el mundo lo había roto hasta que no quedó nada que mereciera la pena conservar.
Y Eliza no podía cambiar eso.
Pero quizá, pensó mientras la oscuridad se espesaba a su alrededor, podía hacer algo más.
No para salvar a Andrés. Él ya estaba más allá de cualquier salvación humana.
Sino para que ningún otro Andrés tuviera que tomar esa misma decisión.
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### El bloqueo
Cuando finalmente se levantó, no lo hizo como agente.
No enderezó la espalda con rigidez militar. No ajustó su uniforme invisible. No se puso en modo "misión".
Se levantó como alguien que había tomado una decisión. Con la lentitud de quien ya no necesita apresurarse porque el tiempo, de repente, ha dejado de ser un recurso escaso.
El teléfono estaba sobre la mesa, junto a la taza de café seco. Lo había dejado allí horas atrás, al entrar, en modo silencio. Ahora la pantalla parpadeaba con urgencia contenida.
Eliza lo desbloqueó.
Tres notificaciones de su superior directo, el director de Operaciones Especiales del Consejo de Seguridad Global, un hombre de sesenta y tres años llamado Werner Kohl, a quien todos conocían como "el Hielo" por su incapacidad para mostrar emoción alguna.
Las tres órdenes eran idénticas en el fondo, aunque redactadas con urgencia creciente:
*"Informe detallado sobre desplazamiento a Ucrania. Resultados. Evidencias. Prioridad absoluta."*
*"Requiero actualización del caso Andrés Pérez. Estado actual del fenómeno. Próximos movimientos. Urgente."*
*"Eliza. Conteste. Esto es una orden directa."*
Ella leyó los mensajes. Una vez. Dos veces. Tres.
Luego, con el pulgar firme, deslizó hacia arriba la pantalla y pulsó "Bloquear contacto".
No una pausa temporal. No un "no molestar". Un bloqueo definitivo.
El teléfono vibró una última vez, como un animal herido, y luego se quedó en silencio.
Eliza lo dejó sobre la mesa. No lo apagó. No lo destruyó. Lo dejó allí, como quien deja una carta que ya no piensa enviar.
Sabía lo que venía después. La buscarían. La localizarían. La interrogarían. La apartarían del caso si no cooperaba. Quizá la arrestarían por insubordinación, por sabotaje, por lo que fuera que se les ocurriera en el momento.
No le importaba.
Porque desde que entró en ese apartamento, desde que vio los ojos estelares de Andrés, desde que escuchó su voz decir *"nadie estuvo allí para mí"*, algo dentro de ella se había roto.
O quizá, pensó mientras caminaba hacia el espejo roto, se había armado.
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### Siete fragmentos
El espejo colgaba detrás de la puerta, roto desde antes de que ella llegara. Una grieta en forma de rayo lo atravesaba de arriba abajo, dividiendo el reflejo en siete fragmentos desiguales.
Eliza se paró frente a él.
Siete versiones de sí misma la observaban.
En el fragmento superior izquierdo, su cara aparecía alargada, seria, con los ojos fijos en algún punto más allá de la realidad.
En el fragmento central, el más grande, su reflejo era casi normal, salvo por una línea de sombra que le cruzaba la frente.
En el fragmento inferior derecho, su boca estaba ligeramente torcida, como si estuviera a punto de decir algo que llevaba años callando.