El Gran Salón de los Espejos quedó sumergido en un silencio denso y sofocante, un vacío absoluto que pareció congelar el aire entre los dorados de las paredes y las imponentes lámparas de cristal. La pregunta del periodista continuaba flotando sobre la multitud como una amenaza inminente:
—Alteza, ¿podemos saber quién es la señorita?
Emma no apartó la vista de Adrián ni un solo milímetro. Lo observaba en silencio, esperando. No necesitaba que alzara la voz frente a la aristocracia para proclamar una declaración apasionada; no buscaba un gesto melodramático ante las cámaras del mundo. Lo único que le pedía a su mirada era una pizca de verdad, que por una sola vez en su vida no recurriera a la mentira.
Adrián la miró directamente a los ojos. En ese preciso instante, todo dentro de él estuvo a punto de ceder. Estuvo al borde de dar ese paso al frente, de tomar su mano frente a los embajadores y los fotógrafos, de pronunciar su nombre en voz alta y gritarle al reino entero que aquella mujer de vestido negro era la única razón por la que había logrado respirar durante su huida, la razón por la que había vuelto a sonreír y la única persona en el mundo que lo había hecho sentirse verdaderamente libre.
Sin embargo, al inclinar levemente la cabeza, su mirada se cruzó con la de la reina Isabelle.
La expresión habitual de su madre —siempre calculadora, estricta e inquebrantable— había cambiado de forma drástica. Ya no reflejaba indignación ni enojo, sino un temor genuino y profundo. Adrián conocía de sobra cada matiz de ese rostro y comprendió la jugada de inmediato con una claridad aterradora: la invitación a la gala no había sido un simple intento de humillar a Emma frente a la corte. Era una emboscada para dejarla al descubierto.
Los servicios de inteligencia, la prensa sensacionalista y los enemigos políticos dentro del consejo ya sabían exactamente quién era ella y dónde encontrarla. Si él admitía en ese salón que la amaba, Emma dejaría de ser una ciudadana anónima en un pueblo remoto para convertirse en una diana pública: una debilidad estratégica, una rehén política y un arma letal para destruirlo a él.
Adrián volvió a fijar sus ojos verdes en Emma, sintiendo cómo el alma se le desgarraba por dentro, y tomó la decisión más destructiva y dolorosa de toda su vida.
—No la conozco —dijo con una voz helada, firme y completamente desprovista de emoción.
Emma parpadeó desorientada. Por un segundo, el ruido sordo de su corazón le hizo creer que había escuchado mal.
—¿Qué?... —susurró ella, apenas audible.
Adrián mantuvo el rostro rígido, convertida su expresión en una máscara de piedra aristocrática.
—No tengo la menor idea de quién es esta persona.
Un murmullo serpenteante comenzó a extenderse de inmediato entre los invitados del salón. Emma lo contempló con los ojos abiertos de par en par, tambaleándose levemente como si hubiera recibido un impacto físico directo en el pecho.
—Adrián... por favor...
Él evitó mirarla a la cara, manteniendo la vista fija en un punto indeterminado detrás de ella.
—Probablemente se trate de una invitada que logró colarse sin autorización.
—Adrián, mírame...
—No tengo ningún tipo de vínculo ni relación con esta mujer —continuó él, apretando los dientes para evitar que la voz le temblara—. Jamás la había visto en mi vida antes de esta noche.
Cada palabra salía de sus labios como una lámina cortante que le destrozaba la garganta, pero sabía que no podía dudar. Si mostraba una sola grieta, el peligro caería sobre ella de forma irreversible.
Emma sintió que la respiración se le detenía por completo. A su alrededor, los aristócratas comenzaron a cuchichear a espaldas de sus abanicos, mientras algunos reporteros levantaban sus teléfonos móviles para registrar la escena. Una periodista de la televisión nacional dio un paso al frente alzando su micrófono:
—Alteza, ¿significa esto que los rumores sobre una relación clandestina durante sus semanas de ausencia eran completamente falsos?
Adrián respondió sin el menor atisbo de vacilación:
—Completamente falsos. Eran simples especulaciones sin fundamento.
Emma se quedó mirándolo durante un segundo eterno. En ese instante, algo profundo e irreparable se quebró dentro de su pecho. No derramó una sola lágrima; no lo haría jamás frente a esa masa de desconocidos que la observaban con desprecio. Simplemente dio un paso hacia atrás, erguida, manteniendo la dignidad intacta a pesar de la herida.
—Entiendo... —murmuró ella con una serenidad aterradora.
Adrián cerró los puños con tal fuerza dentro de los bolsillos que sus nudillos se tornaron blancos. Todo su ser le gritaba que la sostuviera, que le dijera al oído que todo era una farsa para mantenerla a salvo, que saliera corriendo detrás de ella. Pero la sombra de la guardia real y de los fotógrafos le recordó la jaula en la que estaba atrapado.
Emma dio media vuelta de forma pausada y comenzó a caminar hacia la salida del Salón de los Espejos. Cada uno de sus pasos sobre el mármol resonó como una sentencia definitiva en la mente del príncipe, quien la observó alejarse en silencio hasta que su figura vestida de negro se perdió por completo tras los monumentales portones de madera. Solo cuando estuvo seguro de que nadie la seguía, Adrián se permitió cerrar los ojos y dejar caer los hombros, destruido por dentro.
Al cruzar las puertas exteriores del Palacio Real, la brisa helada de la noche le golpeó el rostro a Emma de lleno. Avanzó a pasos apresurados por la explanada de piedra, sin saber exactamente hacia dónde se dirigía, empujada únicamente por la necesidad visceral de poner distancia de ese edificio opresivo.
Al llegar al tramo final de las escalinatas principales, sus piernas cedieron levemente y se detuvo, apoyándose contra la balaustrada de piedra. Fue en ese instante de soledad cuando las lágrimas reprimidas finalmente brotaron de sus ojos, nublándole la vista por completo.