El Hijo Del Socio De Papá Duerme En Mi Cama

Capítulo Dos

Toda la semana estuvo muy agitada, ya que tuve que soportar los molestos reproches de los funcionarios a los cuales el señor Lawrence mandame por un tubo. No es una linda experiencia, oír como se quejaban esos funcionarios, y decir todo lo que pasa por su mente, fueron capaz de maldecir a mis padres al igual los del señor Lawrence. 

Ya es hora del almuerzo, y por primera vez no tengo nada que hacer en esta hora. Así que iré al restaurante que está más cerca para almorzar. 

Tomo mi bolso, salgo de la oficina y en el pasillo me encuentro al señor Morrison. 

—¿Adónde vas? —pregunta con con ojos interrogativos. 

—A comer, hablamos más tarde. —digo, cruzo por su lado. 

—Lamento decirte que el señor Lawrence ya está en el país y se dirige a acá en su limusina. —dice, me detengo. 

—¿Qué tengo yo que ver con eso? —le pregunto. 

—Todo. —contesta sonriente. La puerta del ascensor se abre y por ella entra un hombre joven, de hombros anchos, alta estatura, pelo rubio oro, ojos azul. Me toco los labios para ver si no tengo babas, ¡está guapísimo! 

Pasa por mi lado y su perfume inunda mis fosas nasales. 

El señor Morrison me toma del brazo sacándome de mi estado de shock. Camino, mejor dicho, voy corriendo junto a él y entro a la oficina del jefe junto al señor Morrison. El señor Lawrence toma asiento y me observa con el ceño levemente fruncido. 

—Buenas tardes, señor Lawrence. —digo, me incorporo y sonrío amistosa. 

—Déjese de cortesías y dígame que han dicho los funcionarios. —dice, enciende su monitor y comienza a teclear. —. No tengo todo el día señorita Pineda. 

—Lo siento, muchos de ellos se han enfadado y h... —me interrumpe. 

—No me importa lo que hagan ellos, yo soy el jefe acá y si ellos no quieren hacer las cosas como a mí me da' el deseo, pues que no hagan trato conmigo. —dice, el señor Morrison se sienta en el sofá. Yo me quedo de pie, mirándolo. Esos labios color rosa, ¡agh! Hoy muero. 

—Lawrence, ¿Qué piensas hacer ésta noche? —pregunta el señor Morrison. 

Él lo observa con una ceja enarcada. Me observa a mí y arruga la nariz. 

—Te puedes marchar, Pineda. —dice el señor Morrison sin enfocarme. Salgo de aquella oficina con los sudores a mil. Y enojada como nunca. Entro al ascensor, este se pone en marcha. 

Al llegar al primer piso, Bertha Fleming, la recepcionista va' saliendo de la empresa, me enfoca y sonríe. Se detiene. Camino más deprisa hasta llegar a ella. 

—Al parecer ya conociste al jefe. —dice, dejo caer mis hombros, como si llevara un gran bolso lleno de patatas. 

—Si, me fastidia. —digo. Ella asiente y vamos las dos al parqueo. Cada una ubica su coche. 

—¿Te parece si vamos a comer juntas? —pregunta.

—Me parece excelente. —le digo. Ella camina a su coche y yo al mío. 

Me subo, dejo mi bolso en el asiento del copiloto. Me pongo el cinturón y lo pongo en marcha. Ella hace lo mismo y se acerca a la salida. 

—¿Me sigues? 

—Claro, no hay problemas. —digo, ella acelera y yo hago lo mismo más atrás. 

Llegamos a un restaurante al aire libre, ella se estaciona y yo busco un lugar en donde hacerlo. Encuentro uno, me estaciono. Tomo mi bolso y salgo del coche. Ella viene caminando hacia mí, con tremenda sonrisa. 

Camino también hacia ella y vamos las dos hasta una mesa vacía. 

—¿Te parece bien aquí? —me pregunta. Yo asiento, y jalo mi silla para sentarme al igual que ella de ella. 

Me siento y se nos acerca un mesero. 

—Saludos señoritas, aquí tienen el menú. —dice, nos entrega la carta. —. En cuanto tengan escogida sus platos, pueden llamarme, ¿gustan algo? 

—Una malteada de fresa. —dice Bertha. Me observa al igual que el mesero. 

—Un yogurt de ciruela. —digo, él asiente y toma nota. Se marcha. Observo lentamente el menú. 

A mí me encanta la pasta italiana, pero aquí no tienen así que me tocará escoger una pasta con camarones. 

—¿Qué piensas escoger? —me pregunta Bertha. 

—Una pasta con camarones, ¿y tú? —le cuestiono. 

—Lo mismo, ¿y de tomar?

—No lo sé, ¿te parece vino tinto? ¿O champán? —le pregunto, reímos al unísono. 

—Me parece bien tomar vino. —dice, asiento. Ella levanta la mano y el mesero viene hacia acá. 

—¿Ya tomaron la elección? —pregunta.

—Si. Dos platos de pasta con camarones y una botella de vino tinto. —dice Bertha, él asiente y anota en su libreta. 

—Enseguida les van a traer lo que me habían pedido antes. —dice y se marcha. Arrugo el espacio entre mis cejas. Cierto, habíamos pedido algo antes. 

Una joven se acerca con la malteada de Bertha y con mi yogurt. 




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