El hombre que no debía amar”

La propuesta que no debía aceptar

Elena pasó toda la tarde intentando convencerse de que no esperaba verlo.
No funcionó.
Cada vez que la puerta del café se abría, sus ojos se levantaban por instinto.
Cada vez que escuchaba la campanilla sobre la entrada, su corazón daba un pequeño salto que ella se apresuraba a ignorar.
—Estás esperando a alguien —comentó su compañera mientras acomodaba unas tazas detrás de la barra.
—No.
—Ni siquiera te pregunté a quién.
Elena levantó la mirada.
—Entonces no sé de qué hablas.
Su compañera sonrió.
—Claro.
Elena soltó un suspiro y continuó limpiando la mesa que ya estaba perfectamente limpia.
Había algo absurdo en todo aquello.
Solo había visto a Alejandro dos veces.
Dos.
Y, aun así, aquel hombre había conseguido instalarse en sus pensamientos con una facilidad que la molestaba.
No sabía casi nada de él.
Sabía su nombre.
Sabía que tenía una mirada capaz de hacerla olvidar lo que estaba diciendo.
Sabía que hablaba poco, pero cuando lo hacía parecía escoger cuidadosamente cada palabra.
Y sabía que escondía algo.
Eso último era lo que más la inquietaba.
La noche anterior, cuando él se había marchado, Elena había intentado dormir.
Había dado vueltas en la cama durante horas.
Había recordado su voz.
Su sonrisa.
La manera en que la había mirado antes de salir.
Y, sobre todo, aquella frase:
“Hay cosas de mí que todavía no estás preparada para conocer.”
¿Quién decía algo así?
Una persona normal no.
Un hombre normal tampoco.
Y Alejandro definitivamente no parecía normal.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Elena lo tomó rápidamente.
Un mensaje.
De él.
Alejandro: ¿Estás ocupada esta noche?
Elena se quedó mirando la pantalla.
Su primera reacción fue sonreír.
La segunda fue borrar la sonrisa de su rostro.
No quería parecer demasiado interesada.
Escribió:
Elena: Depende. ¿Por qué?
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Alejandro: Quiero verte.
El corazón le dio un golpe.
Elena apretó los labios.
No sabía qué estaba pasando entre ellos.
No sabía si aquello era una simple atracción o si estaba entrando en algo que podía terminar haciéndole daño.
Pero quería verlo.
Y esa era la parte que más miedo le daba.
Elena: ¿Dónde?
Tres puntos aparecieron en la pantalla.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Finalmente llegó el mensaje.
Alejandro: Paso por ti a las ocho.
Elena frunció el ceño.
Elena: No sabes dónde vivo.
La respuesta tardó unos segundos.
Alejandro: Puedo averiguarlo.
Ella soltó una pequeña carcajada.
Elena: Eso suena un poco aterrador.
Alejandro: Entonces dime dónde.
Elena dudó.
Finalmente escribió la dirección.
No sabía por qué confiaba en él.
Quizás porque, a pesar del misterio que lo rodeaba, había algo en su manera de mirarla que no le parecía peligroso.
O quizás simplemente estaba cometiendo un error.
Uno enorme.
A las ocho menos cinco, Elena salió del edificio.
Había cambiado de ropa tres veces.
Al final llevaba un vestido sencillo y una chaqueta ligera.
Se había dejado el cabello suelto.
Cuando vio el automóvil negro estacionado frente a la acera, supo inmediatamente que era él.
Alejandro salió del vehículo.
Llevaba una camisa negra y pantalones oscuros.
Nada exagerado.
Nada que justificara la forma en que Elena dejó de respirar durante un segundo.
Él cerró la puerta y caminó hacia ella.
—Hola.
—Hola.
Alejandro la observó durante unos segundos.
—Estás hermosa.
Elena bajó la mirada.
—No empieces.
—¿Qué?
—A decir cosas que hacen que una mujer se arrepienta de haber salido de casa.
Una sonrisa apareció en los labios de él.
—Entonces tendré cuidado.
—Eso espero.
Alejandro abrió la puerta del automóvil.
—Sube.
Elena lo miró.
—¿Adónde vamos?
—A cenar.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
Ella entrecerró los ojos.
—Eso sonó sospechoso.
—Tal vez lo sea.
Elena negó con la cabeza, pero subió.
Durante varios minutos ninguno habló.
La ciudad pasaba detrás de las ventanas.
Alejandro conducía con una mano sobre el volante.
Elena lo observaba de vez en cuando.
Había algo diferente en él esa noche.
Parecía más tenso.
Más serio.
Como si hubiera algo que necesitara decirle.
—¿Pasa algo? —preguntó finalmente.
—Sí.
Elena giró hacia él.
—¿Qué?
Alejandro permaneció en silencio.
—Te lo diré cuando lleguemos.
Aquella respuesta no hizo más que aumentar su preocupación.
El restaurante era elegante.
Demasiado elegante.
Elena miró alrededor cuando entraron.
—Alejandro...
—¿Sí?
—Esto es demasiado.
—¿Demasiado qué?
—Todo.
Él la miró.
—Quería hacer algo especial.
Ella no respondió.
Se sentaron en una mesa apartada.
Durante los primeros minutos hablaron de cosas pequeñas.
Del café.
De la ciudad.
De sus trabajos.
De cosas que no importaban.
Hasta que Alejandro dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Elena.
Ella levantó la mirada.
—Necesito pedirte algo.
Su estómago se contrajo.
—¿Qué cosa?
Alejandro respiró profundamente.
Por primera vez desde que lo conocía, Elena lo vio realmente nervioso.
—Quiero que seas mi novia.
Ella parpadeó.
Una vez.
Dos.
—¿Qué?
—Sé que es inesperado.
—No. Es... imposible.
—¿Por qué?
Elena soltó una risa nerviosa.
—Porque apenas nos conocemos.
—Lo sé.
—Nos hemos visto dos veces.
—Tres, contando esta noche.
—Eso no mejora las cosas.
Alejandro casi sonrió.
Pero enseguida volvió a ponerse serio.
—No te estoy pidiendo que te enamores de mí.
Elena sintió que algo no encajaba.
—Entonces, ¿qué estás pidiendo?
Alejandro bajó la voz.
—Necesito que finjas.
El silencio cayó entre ambos.
Elena lo miró sin saber qué decir.
—¿Fingir qué?
—Que estamos juntos.
—¿Por qué?
Alejandro se pasó una mano por el cabello.
—Porque mi familia cree que voy a casarme.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Mucho.
—Explícate.
Alejandro sostuvo su mirada.
—Mi abuelo está enfermo. Mi familia quiere que formalice mi relación antes de que él tome ciertas decisiones sobre la empresa.
—¿Y tú no tienes novia?
—No.
—¿Y por qué no?
Él soltó una sonrisa amarga.
—Porque no quiero tenerla.
—Entonces busca a alguien que quiera fingir.
—Eso estoy haciendo.
Elena lo miró fijamente.
—¿Y por qué yo?
Alejandro tardó en contestar.
Demasiado.
—Porque confío en ti.
Ella sintió un extraño calor en el pecho.
—No me conoces.
—Más de lo que crees.
Elena se quedó callada.
—Eso no me tranquiliza.
—No quiero hacerte daño.
—Entonces dime toda la verdad.
Alejandro apartó la mirada.
Y ese gesto fue suficiente para que Elena supiera que había algo más.
—Hay otra cosa —dijo ella.
—Sí.
—Lo sabía.
—Pero no puedo contártela todavía.
Elena se levantó.
—Entonces tampoco puedo aceptar.
Alejandro también se levantó.
—Espera.
—No.
—Elena.
Ella tomó su bolso.
—No quiero entrar en una mentira que no entiendo.
—Te pagaré.
Ella se quedó quieta.
Después lo miró con incredulidad.
—¿Qué dijiste?
—Puedo compensarte por tu tiempo.
Elena sintió que toda la atracción que había sentido por él desaparecía de golpe.
—No soy una actriz que puedas contratar.
—No quise decir eso.
—Pero eso fue exactamente lo que dijiste.
Alejandro se acercó.
—Lo siento.
—Deberías.
Él bajó la mirada.
—Tienes razón.
Aquello la sorprendió.
Esperaba que discutiera.
Que intentara convencerla.
No que aceptara su error.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó ella de repente.
Alejandro levantó la mirada.
—¿Qué?
—Si aceptara.
El silencio volvió.
—Tres meses.
Elena soltó una respiración lenta.
—Tres meses fingiendo ser tu novia.
—Sí.
—¿Y después?
—Cada uno sigue con su vida.
—Sin sentimientos.
Alejandro la miró directamente.
—Sin sentimientos.
Elena quiso creerle.
De verdad quiso.
Pero algo en sus ojos le decía que aquella frase iba a convertirse en una mentira.
—Necesito pensarlo.
—Está bien.
—Y no vuelvas a hablarme de dinero.
—De acuerdo.
—Y no puedes controlar mi vida.
—No lo haré.
—Y no puedes besarme delante de tu familia si yo no quiero.
Alejandro arqueó una ceja.
—No tenía pensado hacerlo.
—Bien.
—Aunque...
—¿Aunque qué?
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Tú acabas de mencionar el tema.
Elena sintió que sus mejillas ardían.
—Olvídalo.
Él sonrió.
Por primera vez esa noche, parecía realmente relajado.
Pero entonces su teléfono vibró.
Alejandro miró la pantalla.
Su expresión cambió.
Elena lo notó inmediatamente.
—¿Quién es?
Él bloqueó el teléfono.
—Nadie.
—No parecía nadie.
—Es complicado.
—Claro.
Alejandro guardó el teléfono en el bolsillo.
Pero unos segundos después volvió a vibrar.
Esta vez Elena alcanzó a ver el nombre.
Victoria.
Alejandro rechazó la llamada.
Elena no dijo nada.
Sin embargo, algo dentro de ella se había encendido.
Una alarma.
—¿Quién es Victoria?
Alejandro la miró.
—Mi ex.
Elena sintió que el aire se volvía más pesado.
—¿Tu ex?
—Sí.
—¿Y todavía te llama?
—A veces.
—¿Por qué?
—Porque no acepta que terminamos.
Elena cruzó los brazos.
—¿Y tú?
—Yo sí lo acepté.
—¿Completamente?
Alejandro sostuvo su mirada.
—Completamente.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez él no lo tomó.
Elena miró hacia otro lado.
No quería sentir celos.
No tenía derecho a sentirlos.
Ni siquiera eran pareja.
Ni siquiera había aceptado fingir serlo.
Y, sin embargo, aquella mujer ya le molestaba.
Eso era ridículo.
Cuando Alejandro la llevó de regreso a casa, ninguno de los dos habló demasiado.
Antes de que Elena bajara del automóvil, él la llamó.
—Elena.
Ella se giró.
—¿Sí?
—Piénsalo.
—Lo haré.
—Y si dices que no, lo entenderé.
Ella lo observó.
—¿De verdad?
—De verdad.
Elena abrió la puerta.
Pero antes de salir, Alejandro añadió:
—Aunque espero que digas que sí.
Ella lo miró.
—¿Por qué?
Él tardó unos segundos en responder.
—Porque necesito tu ayuda.
Elena bajó del automóvil.
Caminó hasta la entrada del edificio.
Antes de entrar, se volvió.
Alejandro seguía allí.
Esperándola.
Sus miradas se encontraron.
Y durante unos segundos ninguno se movió.
Finalmente él arrancó el automóvil y desapareció calle abajo.
Elena subió a su apartamento.
Cerró la puerta.
Dejó el bolso sobre la mesa.
Y se quedó quieta.
Tres meses.
Una mentira.
Una familia que no conocía.
Una exnovia que todavía llamaba.
Y un hombre que, según él, no quería enamorarse.
Elena se llevó una mano al pecho.
—Esto es una locura.
El teléfono vibró.
Ella lo tomó.
Un mensaje.
Alejandro: Buenas noches, falsa novia.
Elena sonrió sin querer.
Escribió:
Elena: Todavía no soy tu novia.
La respuesta llegó inmediatamente.
Alejandro: Entonces tendré que convencerte.
Ella negó con la cabeza.
Elena: Buenas noches, Alejandro.
Dejó el teléfono.
Pero antes de poder alejarse, llegó otro mensaje.
Esta vez no era de Alejandro.
Era de un número desconocido.
“Aléjate de él.”
Elena frunció el ceño.
Otro mensaje apareció.
“No sabes quién es realmente Alejandro.”
Su sonrisa desapareció.
Y entonces llegó el tercero.
“Si aceptas ese trato, te vas a arrepentir.”
Elena sintió un escalofrío.
Miró hacia la ventana.
La calle estaba vacía.
No había nadie.
Volvió a mirar el teléfono.
Durante varios segundos no supo qué hacer.
Finalmente escribió:
Elena: ¿Quién eres?
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Pero la respuesta nunca llegó.
En cambio, apareció una fotografía.
Elena abrió la imagen.
Y dejó de respirar.
Era Alejandro.
Pero no estaba solo.
A su lado estaba Victoria.
Y debajo de la fotografía había una fecha.
Dos semanas atrás.
Elena sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
Había algo que Alejandro no le había contado.
Algo mucho más grande que una simple exnovia.
Y, por primera vez, Elena se preguntó si aquella propuesta de fingir una relación había sido realmente una casualidad.
O si Alejandro la había elegido por una razón que todavía no conocía.
Continuará...




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