A las siete de la mañana ya estaba despierta.
No había dormido prácticamente nada.
Cada vez que cerraba los ojos aparecía la misma escena: Alejandro frente a mí, su mano rozando mi mejilla y aquella frase que seguía dando vueltas en mi cabeza.
«Mañana tengo que hacerte una propuesta».
No sabía qué significaba.
Y, sinceramente, tampoco estaba segura de querer descubrirlo.
Me levanté de la cama, preparé café y me quedé frente a la ventana con la taza entre las manos.
La ciudad comenzaba a despertar.
Autos.
Personas caminando.
Luces encendiéndose en los edificios.
Todo seguía igual.
Solo yo había cambiado.
Porque hasta hacía unos días mi vida era sencilla. Monótona, quizás, pero sencilla.
Y entonces había aparecido él.
Alejandro.
El hombre que había conseguido hacerme sentir cosas que llevaba demasiado tiempo intentando olvidar.
Mi teléfono vibró sobre la mesa.
Lo miré.
Alejandro: Buenos días.
No respondí.
Un minuto después llegó otro mensaje.
Alejandro: Sé que estás enfadada conmigo.
Tampoco respondí.
Alejandro: Pero necesito verte.
Apagué la pantalla.
—No —murmuré.
No podía seguir permitiéndolo.
No podía dejar que apareciera cada vez que quisiera y desordenara mi vida.
Pero, unos segundos después, el teléfono volvió a vibrar.
Esta vez no era un mensaje.
Era una llamada.
Alejandro.
Lo miré durante varios segundos.
Finalmente contesté.
—¿Qué quieres?
Al otro lado hubo silencio.
—Buenos días para ti también.
Cerré los ojos.
—Alejandro...
—Necesito hablar contigo.
—Ya hablamos anoche.
—No. Anoche intenté protegerte.
—¿De qué?
Otra pausa.
—De mí.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—No necesito que me protejas.
—Precisamente por eso quiero verte.
—No entiendo nada.
—Lo sé.
Su voz sonaba diferente.
Más seria.
Más cansada.
—Voy a pasar por ti a las ocho.
—No.
—Elena...
—No puedes decidir por mí.
—Tienes razón.
Silencio.
—Entonces dime tú dónde quieres que nos encontremos.
No esperaba aquella respuesta.
Me quedé pensando.
—En el parque que está frente al restaurante.
—Estaré allí.
—Y Alejandro...
—¿Sí?
—Quiero la verdad.
Esta vez su voz bajó.
—La tendrás.
A las ocho en punto estaba allí.
Lo vi desde lejos.
Llevaba un traje oscuro y tenía el rostro más serio que de costumbre.
Cuando me vio, se incorporó.
—Gracias por venir.
—Dijiste que tenías una propuesta.
—La tengo.
—Entonces habla.
Alejandro respiró profundamente.
—Antes necesito explicarte algunas cosas.
—Te escucho.
—Mi familia está atravesando un problema.
Esperé.
—Mi abuelo falleció hace tres meses.
No sabía eso.
—Lo siento.
—Gracias.
Bajó la mirada.
—Antes de morir dejó ciertas condiciones en su testamento.
—¿Qué condiciones?
—Para recibir el control de la empresa familiar, tengo que estar casado.
Lo miré sin entender.
—¿Casado?
Asintió.
—Mi abuelo creía que un hombre que no podía construir una familia tampoco podía dirigir una empresa.
Solté una pequeña risa incrédula.
—Eso es absurdo.
—Lo sé.
—Entonces cásate.
Su mirada se clavó en la mía.
—Eso es precisamente lo que quiero proponerte.
Sentí que todo el ruido del parque desaparecía.
—¿Qué?
—Quiero que te cases conmigo.
Me quedé completamente inmóvil.
—Estás loco.
—Probablemente.
—Apenas nos conocemos.
—Lo sé.
—No estamos enamorados.
La expresión de Alejandro cambió ligeramente.
—Eso también lo sé.
—Entonces ¿por qué yo?
Se acercó un poco.
—Porque eres la única mujer con la que no tengo que fingir.
Aquella respuesta me dejó sin palabras.
—No entiendo.
—Las mujeres de mi entorno saben quién soy. Quieren mi dinero, mi apellido o lo que creen que puedo darles. Tú no.
—¿Y eso qué tiene que ver con casarnos?
—Todo.
Me levanté.
—No puedo hacer esto.
—Espera.
—No.
—Escúchame.
—Ya te escuché.
—Elena, sería un matrimonio por contrato.
Me quedé quieta.
Él continuó:
—Un año.
Lo miré.
—¿Un año?
—Doce meses. Viviríamos juntos, apareceríamos juntos cuando fuera necesario y, cuando terminara el plazo, nos divorciaríamos.
No podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Y esperas que acepte eso?
—No espero nada.
Sacó un sobre de una carpeta.
—Aquí están las condiciones.
No lo tomé.
—¿Ya tienes un contrato?
—Lo preparó mi abogado.
—Esto es una locura.
—Sí.
—¿Y qué gano yo?
Alejandro me miró directamente.
—Lo que tú quieras pedir.
—No quiero tu dinero.
—Entonces pide otra cosa.
—¿Y si quiero que me dejes en paz?
Su mandíbula se tensó.
—Entonces lo haré.
Aquella respuesta me sorprendió.
No intentó convencerme.
No me presionó.
Simplemente dejó el sobre sobre el banco.
—Léelo. No tienes que responder hoy.
Me di la vuelta.
—No voy a aceptarlo.
—Quizás cambies de opinión.
—No.
—Elena.
Me detuve.
—¿Qué?
—Hay una cosa que no te he contado.
Volví a mirarlo.
—¿Qué cosa?
Sus ojos se oscurecieron.
—No eres la única persona que necesita que este matrimonio ocurra.
—¿Qué significa eso?
—Significa que alguien está intentando quitarme la empresa.
—¿Quién?
Alejandro tardó unos segundos en responder.
—Mi primo.
Fruncí el ceño.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
—Si me caso antes de que termine el plazo establecido en el testamento, él pierde cualquier posibilidad de quedarse con el control.
—Entonces busca a otra mujer.
—No puedo.
—¿Por qué?
Su mirada se volvió distante.
—Porque ya lo intenté.
No dije nada.
—Y todas tenían algo que podía utilizarse contra mí.
—¿Excepto yo?
—Excepto tú.
Sentí una extraña mezcla de orgullo y miedo.
—No sabes nada de mí.
—Sé más de lo que crees.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.
Tomé el sobre.
—Lo voy a leer.
—Eso es todo lo que te pido.
Llegué a mi apartamento y coloqué el sobre sobre la mesa.
No quería abrirlo.
Durante casi una hora hice cualquier cosa para evitarlo.
Limpié.
Preparé comida.
Respondí mensajes.
Incluso organicé el armario.
Pero finalmente me senté.
Abrí el sobre.
El contrato era mucho más serio de lo que imaginaba.
Doce meses.
Residencia conjunta.
Apariciones públicas.
Nada de relaciones sentimentales con terceros mientras durara el acuerdo.
Confidencialidad.
Separación al finalizar el plazo.
Y una cantidad de dinero que me hizo contener la respiración.
Era demasiado.
Muchísimo más de lo que había ganado en varios años.
Pero había una cláusula que llamó especialmente mi atención.
«Ambas partes conservarán plena libertad sobre sus decisiones personales, siempre que no afecten los términos del acuerdo».
Eso significaba que no tendría que convertirme en una esposa de verdad.
Solo fingir.
Fingir.
Eso debería haberme tranquilizado.
Pero había un problema.
Yo ya no estaba segura de poder fingir con Alejandro.
Porque cuando estaba cerca de él, mi cuerpo reaccionaba antes que mi cabeza.
Y eso era peligroso.
Mi teléfono vibró.
Alejandro: ¿Lo leíste?
Lo ignoré.
Otro mensaje.
Alejandro: No tienes que responder todavía.
Y después:
Alejandro: Pero necesito saber algo. ¿Estás bien?
Miré la pantalla durante varios segundos.
Finalmente escribí:
Elena: Sí.
La respuesta llegó inmediatamente.
Alejandro: Gracias.
Sonreí.
—Idiota —susurré.
Y entonces llegó otro mensaje.
Alejandro: Mañana tengo una cena familiar.
Fruncí el ceño.
Elena: ¿Y?
Alejandro: Mi familia cree que ya tengo novia.
Me quedé inmóvil.
Elena: ¿Qué?
Alejandro: Necesito que vengas conmigo.
Solté una carcajada nerviosa.
Elena: ¿Antes de aceptar siquiera el contrato?
Alejandro: No tienes que aceptar. Solo necesito que finjas ser mi pareja por una noche.
Me quedé mirando el mensaje.
Aquello era exactamente lo que no debía hacer.
Pero también sabía que quería verlo.
Y ese era el problema.
Elena: Una sola noche.
Los tres puntos aparecieron.
Alejandro: Una sola noche.
No sabía que acababa de dar el primer paso hacia algo de lo que quizá ninguno de los dos conseguiría salir.
Al día siguiente, Alejandro llegó a buscarme a las siete.
Cuando abrí la puerta, se quedó completamente quieto.
—¿Qué?
No respondió.
—Alejandro.
Parpadeó.
—Te ves...
—¿Mal?
—No.
Sonrió.
—Todo lo contrario.
Sentí que mis mejillas se calentaban.
—Vamos a llegar tarde.
—Claro.
Bajamos hasta el automóvil.
Durante el trayecto ninguno habló demasiado.
Hasta que Alejandro rompió el silencio.
—¿Leíste todo?
—Sí.
—¿Y?
—Todavía no sé.
—Está bien.
—Hay una cosa que quiero cambiar.
Me miró.
—Dime.
—Si voy a aceptar algo así, quiero mis propias condiciones.
Sonrió.
—Me parece justo.
—Primera: nunca me vas a mentir sobre algo que pueda ponerme en peligro.
—Aceptado.
—Segunda: no vas a decidir por mí.
—Aceptado.
—Tercera: si alguno de los dos se enamora, el contrato termina.
Alejandro dejó de sonreír.
—¿Por qué esa condición?
—Porque esto comenzó como un acuerdo.
—¿Y si los sentimientos aparecen?
—Precisamente por eso.
No respondió.
Miró nuevamente hacia la carretera.
—Acepto.
—¿Tan rápido?
—Sí.
—¿Por qué?
Sus manos apretaron ligeramente el volante.
—Porque sé que enamorarse de ti sería lo peor que podría pasarme.
Mi corazón se aceleró.
No supe qué decir.
Y durante el resto del camino permanecimos en silencio.
La casa de la familia de Alejandro era enorme.
Demasiado elegante.
Demasiado fría.
Cuando entramos, varias personas giraron la cabeza hacia nosotros.
Alejandro colocó una mano en mi cintura.
Me tensé.
Se inclinó hacia mi oído.
—Relájate.
—Es difícil.
—Confía en mí.
—Ese es el problema.
Sonrió.
—Solo esta noche.
Una mujer se acercó.
Era elegante, hermosa y tenía una mirada que parecía capaz de atravesarme.
—Alejandro.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Mamá.
Ella me observó.
Después miró la mano de su hijo sobre mi cintura.
—Así que tú eres Elena.
Sentí un escalofrío.
—Sí.
La mujer sonrió.
Pero sus ojos no lo hicieron.
—Por fin conozco a la mujer que consiguió hacer cambiar de opinión a mi hijo.
Alejandro me miró.
—Mamá...
—¿Qué? —respondió ella—. Todos queremos conocer a tu futura esposa.
Mi corazón se detuvo.
—¿Futura esposa?
Alejandro me miró.
Yo lo miré a él.
Y entonces comprendí algo.
La cena no era para presentar a su novia.
Era para anunciar nuestro compromiso.
—Alejandro —susurré.
Él se inclinó hacia mí.
—Lo siento.
—Dijiste que solo tenía que fingir ser tu pareja.
—Lo sé.
—No dijiste nada de compromiso.
—Porque todavía no sabía si sería necesario.
—¿Y ahora?
Me miró a los ojos.
—Ahora lo es.
Antes de que pudiera responder, su madre levantó una copa.
—Quiero brindar por la pareja.
Todos comenzaron a sonreír.
Alejandro tomó mi mano.
La apretó suavemente.
Y, aunque mi cabeza gritaba que saliera corriendo, mi boca pronunció las palabras que cambiarían nuestras vidas.
—Por nosotros.
Alejandro me miró sorprendido.
—Por nosotros —repitió.
Las copas chocaron.
Y en ese instante supe que había cometido un error.
Porque el contrato podía terminar en doce meses.
La mentira podía durar un año.
Pero nadie había explicado qué ocurriría si los sentimientos dejaban de ser mentira.
Y, mientras Alejandro sostenía mi mano delante de toda su familia, tuve la terrible sensación de que ninguno de los dos estaba preparado para descubrirlo.