El hombre que no debía amar”

EL PRECIO DEL ACUERDO

Elena permaneció inmóvil frente a Alejandro.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo una palabra.
El silencio dentro de aquella oficina parecía haberse vuelto demasiado pesado. Afuera, la ciudad continuaba con su ruido habitual: coches pasando, personas caminando por las aceras, teléfonos sonando y voces que llegaban desde los pasillos. Pero allí dentro todo parecía detenido.
Elena todavía podía escuchar perfectamente las palabras que Alejandro acababa de pronunciar.
Necesito que seas mi prometida.
No sabía si reír, enfadarse o simplemente salir corriendo.
—No —respondió finalmente.
Alejandro levantó ligeramente una ceja.
—¿No?
—No.
—Ni siquiera vas a escuchar lo que tengo que decir.
—Ya escuché suficiente.
Elena cruzó los brazos sobre el pecho.
—Me acabas de pedir que finja estar comprometida contigo.
—Sí.
—¿Con un hombre al que apenas conozco?
Alejandro guardó silencio.
—¿Con un hombre que claramente tiene problemas familiares?
Silencio.
—¿Con un hombre que aparece y desaparece cuando quiere?
Alejandro desvió la mirada durante un instante.
Elena lo señaló con un dedo.
—Y lo peor de todo es que ni siquiera sé por qué me lo estás pidiendo a mí.
Aquella pregunta hizo que la expresión de Alejandro cambiara.
Por primera vez desde que había comenzado aquella conversación, pareció realmente incómodo.
—Porque confío en ti.
Elena soltó una pequeña risa incrédula.
—No puedes decir eso.
—¿Por qué?
—Porque no me conoces.
—Te conozco más de lo que crees.
Ella sintió un escalofrío.
—Eso no me tranquiliza.
Alejandro se acercó lentamente.
Elena retrocedió un paso.
—No te acerques.
Él se detuvo.
Durante unos segundos se miraron.
Había algo en los ojos de Alejandro que Elena no podía comprender. No era solamente preocupación. Había miedo.
Y eso la desconcertó.
Alejandro parecía un hombre que nunca tenía miedo de nada.
Pero en aquel momento sí lo tenía.
—Mi abuelo está enfermo —dijo finalmente.
La expresión de Elena cambió.
—¿Qué?
—Su estado empeoró.
Ella bajó lentamente los brazos.
—Lo siento.
Alejandro asintió.
—Mi familia cree que necesito sentar cabeza. Mi abuelo quiere verme casado antes de que sea demasiado tarde.
Elena tragó saliva.
—Eso no explica por qué yo.
—Sí lo explica.
—No.
—Mi familia conoce a todas las mujeres que han estado cerca de mí.
Alejandro hizo una pausa.
—Y ninguna de ellas sería aceptada.
—¿Y yo sí?
—Precisamente porque no perteneces a ese mundo.
Elena lo miró confundida.
—Eso no tiene sentido.
—Para mi familia sí.
Alejandro caminó hasta el escritorio y apoyó ambas manos sobre la superficie.
—Necesito demostrar que mi vida cambió. Que dejé atrás ciertas cosas. Que tengo una relación estable.
—Una relación falsa.
—Sí.
Elena negó con la cabeza.
—Esto es una locura.
—Lo sé.
—Entonces busca a otra persona.
—No puedo.
—¿Por qué?
Alejandro levantó la mirada.
—Porque Victoria volvería.
El nombre cayó entre ellos como una piedra.
Elena sintió una punzada extraña en el pecho.
Victoria.
La mujer de la que Alejandro nunca hablaba.
La mujer que parecía estar relacionada con todos aquellos secretos.
—¿Quién es ella realmente?
Alejandro apretó la mandíbula.
—Mi exnovia.
—Eso ya lo sé.
—No sabes toda la historia.
—Entonces cuéntamela.
Él permaneció en silencio.
Elena esperó.
Pasaron varios segundos.
Finalmente Alejandro se sentó.
—Estuvimos juntos durante tres años.
Ella sintió algo que no quiso reconocer.
Celos.
No tenía derecho a sentirlos.
No después de apenas conocerlo.
—¿Y qué pasó?
—Me engañó.
Elena no respondió.
—Pero no fue solamente eso —continuó Alejandro—. Victoria estaba interesada en mi familia. En la empresa. En mi apellido.
—¿Y tú la amabas?
Alejandro levantó los ojos hacia ella.
La pregunta parecía haberlo golpeado.
—Sí.
Elena sintió que algo dentro de ella se rompía un poco.
No sabía por qué.
Tal vez porque había comenzado a creer que aquella tensión entre ellos significaba algo.
Tal vez porque, en algún rincón de su corazón, había imaginado que Alejandro no había amado a nadie antes.
Qué ingenua.
—Entonces todavía la amas —dijo.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—¿Seguro?
—Completamente.
Alejandro se levantó.
—Lo que siento por Victoria es decepción. Nada más.
Elena bajó la mirada.
—Entonces ¿por qué tienes tanto miedo de que vuelva?
Alejandro respiró profundamente.
—Porque sabe cosas de mi familia que podrían destruirnos.
Elena volvió a mirarlo.
—¿Qué cosas?
—No puedo decírtelo todavía.
Ella soltó una risa amarga.
—Claro.
—Elena...
—Siempre es lo mismo contigo.
Él frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Que cada vez que hago una pregunta, tú dices que no puedes responder.
—Porque algunas respuestas podrían ponerte en peligro.
Elena se quedó callada.
—¿En peligro?
Alejandro asintió.
—Por eso quiero que entiendas que esto no es un juego.
Elena observó su rostro.
Aquella seriedad la hizo estremecerse.
—¿Qué clase de familia tienes?
Alejandro sonrió sin humor.
—Una de esas familias que parecen perfectas desde afuera.
—¿Y por dentro?
—No quieres saberlo.
Elena respiró lentamente.
Debería marcharse.
Debería decirle que estaba loco.
Debería dejar todo aquello atrás.
Pero algo dentro de ella le impedía hacerlo.
—¿Cuánto tiempo?
Alejandro parpadeó.
—¿Qué?
—La mentira. ¿Cuánto tiempo tendría que fingir ser tu prometida?
Él tardó unos segundos en responder.
—Tres meses.
—¿Tres meses?
—Quizá menos.
—¿Y después?
—Terminamos el compromiso.
Elena soltó el aire lentamente.
Tres meses.
No parecía tanto.
Pero tratándose de Alejandro, podía convertirse en una eternidad.
—¿Y qué gano yo?
Alejandro se quedó mirándola.
—Lo que quieras.
—No.
—¿No?
—No quiero dinero.
Él pareció sorprendido.
—Entonces dime qué quieres.
Elena pensó durante unos segundos.
—Quiero que cuando todo termine me digas la verdad.
Alejandro no respondió.
—Toda la verdad —insistió ella—. Sin secretos. Sin excusas. Sin “no puedo decirte”. Quiero saber qué pasó con Victoria, qué ocurre con tu familia y por qué estás tan desesperado por hacer esto.
Alejandro sostuvo su mirada.
—Acepto.
—¿Así de fácil?
—Sí.
—¿Y hay algo más?
Alejandro dudó.
—Sí.
—¿Qué?
—Tendrás que mudarte a mi casa.
Elena abrió los ojos.
—¡¿Qué?!
—Si vamos a fingir que estamos comprometidos, mi familia tendrá que creer que nuestra relación es real.
—Eso es demasiado.
—Lo sé.
—No voy a vivir contigo.
—Entonces no funcionará.
Elena comenzó a caminar de un lado a otro.
—Esto es absurdo.
—Lo sé.
—Tu familia va a observar cada cosa que haga.
—Sí.
—¿Y qué pasa si descubren la verdad?
Alejandro se quedó serio.
—No pueden.
—Eso no es una respuesta.
—Si descubren que es una mentira, perderé el control de la empresa.
Elena se detuvo.
—¿Tanto poder tiene tu familia?
—Más del que imaginas.
Ella lo miró fijamente.
—¿Y tú estás dispuesto a arriesgarlo todo por esto?
Alejandro dio un paso hacia ella.
—Ya lo estoy arriesgando.
Sus ojos se encontraron.
Elena sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
Alejandro estaba demasiado cerca.
Podía sentir su perfume.
Podía ver cada detalle de su rostro.
Y recordó el casi beso de días atrás.
Aquel momento en que sus labios estuvieron a centímetros.
Aquel instante en que ambos habían querido cruzar una línea que ninguno se atrevió a cruzar.
—Hay otra condición —dijo él en voz baja.
Elena levantó la mirada.
—¿Cuál?
—No podemos enamorarnos.
Ella dejó escapar una pequeña risa.
—Eso no tienes que preocuparte.
Alejandro la miró fijamente.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
—Porque si esto se vuelve real...
—No se volverá real.
—Eso espero.
Elena sostuvo su mirada.
—Entonces tenemos un acuerdo.
Alejandro extendió la mano.
Ella la observó.
Era una simple mano.
Un gesto sencillo.
Pero sentía como si estuviera firmando algo mucho más importante.
Finalmente, Elena tomó su mano.
El contacto provocó una corriente eléctrica que recorrió todo su cuerpo.
Alejandro también pareció sentirlo.
Sus dedos permanecieron unidos durante unos segundos más de lo necesario.
Ninguno de los dos quiso soltar primero.
—Tres meses —murmuró Elena.
—Tres meses.
—Sin sentimientos.
—Sin sentimientos.
—Sin besos.
Alejandro sonrió ligeramente.
—Eso será más difícil.
Elena retiró la mano inmediatamente.
—¡Alejandro!
Él soltó una pequeña carcajada.
Era la primera vez que Elena lo veía sonreír de verdad.
Y aquello fue precisamente lo que más miedo le dio.
Porque aquella sonrisa hizo que su corazón olvidara durante un segundo todas las razones por las que debía mantenerse alejada de él.
Esa misma noche, Elena llegó a su pequeño apartamento con la cabeza llena de preguntas.
Dejó el bolso sobre la mesa y se sentó en el borde de la cama.
No podía creer lo que había hecho.
Había aceptado fingir ser la prometida de Alejandro.
Un hombre misterioso.
Un hombre peligroso.
Un hombre que podía hacerla sentir demasiadas cosas con una sola mirada.
Se llevó ambas manos al rostro.
—¿En qué estaba pensando?
Su teléfono vibró.
Era un mensaje.
Alejandro.
“Te recogeré mañana a las ocho.”
Elena escribió rápidamente:
“No me has preguntado si puedo.”
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“¿Puedes?”
Ella sonrió sin querer.
“No.”
Tres puntos aparecieron en la pantalla.
“Entonces mañana a las nueve.”
Elena negó con la cabeza.
“Eres insoportable.”
La respuesta tardó unos segundos.
“Y tú aceptaste vivir conmigo.”
Elena dejó caer el teléfono sobre la cama.
Aquello era una locura.
Una completa locura.
Pero, a pesar de todo, sonrió.
A la mañana siguiente, un automóvil negro se detuvo frente al café donde Elena trabajaba.
Cuando salió, encontró a Alejandro esperándola.
Llevaba una camisa negra y pantalones oscuros.
Como siempre.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días.
—¿Lista?
—No.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Así empiezan las mejores historias.
Elena lo miró con incredulidad.
—No sé si esto será una historia o una tragedia.
—Dependerá de nosotros.
Ella subió al automóvil.
Durante el camino ninguno habló demasiado.
Elena observaba la ciudad por la ventana.
Cada vez estaba más nerviosa.
—¿Cómo es tu familia? —preguntó finalmente.
Alejandro tardó unos segundos en responder.
—Mi madre es educada.
—Eso suena bien.
—No dije que fuera amable.
Elena lo miró.
—¿Tu padre?
—Murió hace años.
—Lo siento.
Alejandro asintió.
—Y tu abuelo.
—Es el hombre que dirige realmente la familia.
—¿Es estricto?
—Mucho.
—¿Y si no le gusto?
Alejandro la miró.
—Le gustarás.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque eres diferente.
Elena sintió calor en las mejillas.
Apartó la mirada.
—No digas cosas así.
—¿Por qué?
—Porque estamos fingiendo.
Alejandro volvió la mirada hacia la carretera.
—Lo sé.
Pero su voz había cambiado.
La casa de Alejandro era mucho más grande de lo que Elena había imaginado.
No parecía una casa.
Parecía una mansión.
Grandes ventanales, jardines perfectamente cuidados y una entrada rodeada de árboles.
Elena se quedó mirando.
—No puedo vivir aquí.
—Ya estás aquí.
—Eso no significa que pueda hacerlo.
Alejandro bajó del automóvil.
—Te acostumbrarás.
—No quiero acostumbrarme.
Él sonrió.
—Eso dices ahora.
Entraron.
Una mujer mayor los recibió en la entrada.
—Alejandro.
Él asintió.
—María.
La mujer miró a Elena.
Después volvió a mirar a Alejandro.
—¿Ella es...?
Alejandro tomó la mano de Elena.
—Mi prometida.
Elena sintió que el corazón se le detenía.
María abrió mucho los ojos.
—¿Tu prometida?
—Sí.
La mujer sonrió.
—El señor va a querer conocerla.
Alejandro apretó suavemente la mano de Elena.
—Lo sé.
Elena tragó saliva.
—¿Quién es el señor?
Alejandro se inclinó ligeramente hacia ella y susurró:
—Mi abuelo.
—¿Ahora?
—Ahora.
Elena lo miró horrorizada.
—No me preparaste.
—Si te preparaba, parecería falso.
—¡Esto ya es falso!
Alejandro sonrió.
—Exactamente.
Caminaron por un largo pasillo.
Al final había una puerta de madera.
Alejandro se detuvo.
Miró a Elena.
—Pase lo que pase, no tengas miedo.
—Eso no ayuda.
—Confía en mí.
Ella respiró profundamente.
—No sé si debería hacerlo.
Alejandro abrió la puerta.
Dentro, un hombre mayor estaba sentado junto a una ventana.
A pesar de su edad, su mirada era firme.
Observó primero a Alejandro.
Después a Elena.
Y finalmente bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas.
—Así que tú eres la mujer por la que mi nieto está dispuesto a cambiarlo todo.
Elena se quedó sin palabras.
Alejandro también.
El anciano sonrió.
Pero no era una sonrisa amable.
Era una sonrisa que escondía algo.
—Interesante.
Elena sintió un escalofrío.
Entonces el anciano añadió:
—Porque yo conozco a todas las mujeres que han pasado por la vida de Alejandro.
Hizo una pausa.
—Y tú no estabas en ninguna de ellas.
Elena miró a Alejandro.
Él permanecía completamente serio.
—Abuelo...
—Quiero hablar con ella a solas.
Alejandro frunció el ceño.
—No.
El anciano levantó una ceja.
—¿Desde cuándo mi propio nieto me dice que no?
Elena sintió que algo no estaba bien.
Alejandro apretó su mano.
—No voy a dejarla sola.
El anciano lo observó durante unos segundos.
Después sonrió nuevamente.
—Entonces quizá este compromiso sea más real de lo que pensaba.
Elena sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Y en ese momento comprendió algo.
Había aceptado un acuerdo de tres meses.
Pero quizá nadie en aquella casa tenía intención de respetarlo.
Y lo peor de todo era que, mientras Alejandro sostenía su mano, Elena comenzaba a sospechar que el verdadero peligro no era su familia.
Era lo que estaba empezando a sentir por él




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