El invierno antes del eclipse

Capítulo 10: Festejo traicionero

El palacio entero parecía respirar bajo un aire distinto. Faroles de papel colgaban de los pabellones, pintando con luces cálidas los corredores de madera; las flautas y tambores resonaban con cadencias solemnes que se entrelazaban con risas juveniles y pasos apresurados. El aroma de incienso se mezclaba con el de los banquetes: carne sazonada, arroz glutinoso, dulces de miel y frutas traídas desde Jeju. Era el cumpleaños del Taesang-wang Adheon, y Joseon entero parecía haberse vestido de fiesta para honrarlo.

Yo permanecía junto a Seo-ra y Da-hye en un pabellón adornado con sedas bordadas en motivos de grullas. Mis damas nos servían té de crisantemo, mientras observábamos cómo ministros, príncipes y cortesanos se disponían para la ceremonia previa a la gran cacería real. El aire estaba cargado de solemnidad, pero también de expectación: todos sabíamos que el gantaek aún no había concluido, y las pruebas finales decidirían a la reina que acompañaría a mi hijo en el trono.

Fue entonces cuando los eunucos anunciaron algo insólito.
-¡Que ingresen las doncellas del gantaek!

Un murmullo recorrió el pabellón. Era inusual que las candidatas fueran invitadas a un festejo tan solemne, pero Adheon, con la autoridad que aún guardaba, había ordenado que presenciaran el día de su cumpleaños. "Que los dioses vean sus rostros bajo la misma luz que a Joseon", había dicho con voz firme.

Las jóvenes entraron en fila, con pasos medidos y hanboks que brillaban como pétalos de flores. Eun-chae avanzó con serenidad, su porte humilde resaltando incluso más entre tanta ostentación. Ra-hee, en cambio, caminaba como si el suelo le perteneciera, sus labios curvados en una sonrisa contenida que más parecía una declaración de guerra.

El Taesang-wang habló entonces, con la fuerza que aún guardaba en su voz, y cada palabra cayó como hierro fundido:
-La monarquía no será juguete de facciones. El trono pertenece a Joseon, y no a las ambiciones de quienes se ocultan en las sombras.

El silencio que siguió fue absoluto. Yo alcé la mirada y vi a más de un ministro apretar los labios con incomodidad. Incluso en su retiro, Adheon sabía cómo poner en su lugar a los lobos disfrazados de servidores.

Los eunucos anunciaron la salida de la comitiva. Los príncipes -Jun-su, Jin-su, Ha-jin, Min-ho y Sung-joon- aparecieron vestidos con sus trajes de cacería real, montando caballos que relinchaban impacientes. Seong-min, hermano menor de Adheon, los acompañaba con esa sonrisa despreocupada que siempre aliviaba los momentos de tensión.

Fue imposible no observar el efecto que causaron. Las candidatas, sentadas en una sección especial del pabellón, no pudieron ocultar su asombro. Varias se sonrojaron al ver la gallardía de los príncipes. Una murmuró que Sung-joon parecía una pintura viviente; otra que Ha-jin tenía la fuerza de un héroe. Pero mis ojos se detuvieron en Eun-chae.

Ella miró a Jun-su como si fuese la primera vez que veía al sol. Sus mejillas se tiñeron de rojo, y bajó la vista con torpeza, aunque un instante después volvió a levantarla, como si el corazón la traicionara.

Jun-su, que al inicio parecía absorto en la solemnidad de la ocasión, giró el rostro hacia el pabellón y sus ojos encontraron a Eun-chae. Fue solo un segundo, pero lo suficiente para que en su mirada se encendiera algo nuevo, distinto al deber o a la carga de la corona. Por primera vez, vi en mi hijo no al rey, sino al hombre.

Ra-hee también lo notó. Sus labios se curvaron en una sonrisa venenosa, como quien contempla un tablero de juego y calcula la pieza que habrá de mover para ganar.

La música cesó un instante para anunciar la llegada de la delegación de Ming. Sus estandartes rojos ondeaban al viento, y sus caballos estaban adornados con campanillas que tintineaban a cada paso. El enviado imperial, el Cheonsa Li Wei-jian, descendió de su corcel con un porte que atrapó las miradas: alto, elegante, con un rostro marcado por la disciplina y la cortesía de la corte de Pekín.

El enviado imperial, el Cheonsa Li Wei-jian, descendió de su corcel con un porte que atrapó las miradas: alto, elegante, con un rostro marcado por la disciplina y la cortesía de la corte de Pekín

-El Hijo del Cielo en la dinastía Ming envía su saludo y bendición a Joseon -dijo con voz grave, inclinándose ante Adheon y Jun-su-. Que los años de su majestad se multipliquen como las estrellas del firmamento.

Los ministros se inclinaron, murmurando plegarias de respeto. Yo alcancé a notar, entre la multitud, cómo Ji-ah, mi hija mayor, no podía apartar los ojos del enviado. Sus mejillas se encendieron como brasas ocultas bajo el pudor, y cuando él alzó la vista para cruzar la sala, sus miradas se encontraron. Ji-ah apretó entre sus manos el pañuelo de seda que llevaba, como si en él buscara sostenerse.

El ambiente se alivió un poco gracias a Seong-min. Antes de partir a la cacería, se inclinó frente a su esposa Ye-rim y, sin importarle la solemnidad de la ocasión, le robó un beso juguetón.

-¡Los niños podrían vernos, Su Alteza! -protestó ella entre risas, intentando apartarlo con rubor en el rostro.
Él carcajeó con desenfado:
-¡Que aprendan pronto cómo un hombre debe amar a su esposa!

Algunos ministros fruncieron el ceño, y otras damas de la corte ocultaron sus sonrisas tras las mangas de sus jeogori. Incluso yo, que debía mantener la compostura, no pude evitar que mis labios se curvaran levemente.

La cacería comenzó. El bosque vibró con el galope de caballos, los ladridos de los perros y el silbido de flechas que cruzaban el aire. Jun-su mostraba la firmeza de un rey en cada disparo: no fallaba, pero tampoco se excedía, respetando el equilibrio entre la caza y la vida. Jin-su, en cambio, se distinguía por su precisión casi impecable, fruto de una mente disciplinada. Ha-jin desbordaba fuerza bruta, como si buscara exorcizar sus demonios internos con cada flecha lanzada. Min-ho y Sung-joon competían como jóvenes leones, riendo y apostando entre ellos. Y Seong-min, incluso cuando erraba, celebraba su torpeza con carcajadas, provocando risas entre soldados y eunucos.




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