El invierno antes del eclipse

Capítulo 11: La marca del eclipse

El bosque de Cheongrim, al norte del palacio real, se extendía como un mar de pinos y cedros, con senderos estrechos que se abrían paso entre la maleza. En medio de aquella espesura, la joven Ma-ri, aprendiz del médico real, caminaba con un cesto de mimbre colgado del brazo. Sus dedos rozaban las hojas húmedas mientras recogía raíces de ginseng silvestre y hierbas aromáticas para unguentos. El deber la había llevado allí: proveer de medicinas frescas a la familia real.

El deber la había llevado allí: proveer de medicinas frescas a la familia real

De pronto, un relincho desgarrador quebró la calma del bosque. Ma-ri se detuvo, el corazón latiéndole con fuerza. Siguió el sonido, apartando ramas con las manos, hasta que lo vio: un caballo negro relinchando con desesperación, golpeando el suelo. Y en la hierba húmeda, a pocos pasos, yacía un joven.

Ma-ri reconoció de inmediato el rostro del príncipe Ha-jin, el primogenito de la reina Yeon-hwa. Sus labios estaban amoratados, el pecho subía y bajaba de forma irregular.

-¡Su Alteza! -exclamó, arrojando el cesto y arrodillándose a su lado.

El muchacho apenas reaccionó, un gemido escapó de su garganta. Ma-ri colocó con rapidez dos dedos en su muñeca: el pulso era errático, su respiración débil.

Con manos temblorosas, sacó de su faltriquera un pequeño frasco de extracto de raíz que había preparado como fortificante. Lo acercó a los labios del príncipe, dejando caer unas gotas. Luego, con firmeza, desató su jeogori y presionó con la palma de su mano sobre el pecho del joven, frotando con energía para estimular la circulación.

-Por favor, Su Majestad, aguante un poco más... -susurró con desesperación, inclinándose cerca de su oído-. Respire conmigo, no se rinda...

Ha-jin entreabrió los ojos apenas un instante, lo suficiente para verla. Su mirada turbia se posó en ella, como aferrándose a esa voz entre la penumbra.

En ese momento, el sonido de cascos rompió el silencio. El capitán Han Ji-hoon apareció con varios guardias, seguido de los príncipes Min-ho y Sung-joon.

-¡El príncipe! -gritaron a coro, desmontando de inmediato.

Ji-hoon tomó el control, pero se detuvo al ver a Ma-ri junto al cuerpo del muchacho. Ella, sin apartarse, alzó la voz:

-Ha sufrido un colapso, su pulso es inestable. Debemos llevarlo al palacio de inmediato, no hay tiempo que perder.

Min-ho, con lágrimas contenidas, tomó la mano de su hermano. Sung-joon, aunque serio, asintió a la joven:

-Confiaremos en ti. Muéstranos qué hacer.

Con rapidez improvisaron una camilla con capas dobladas. El caballo de Ha-jin fue tomado por un guardia, aún inquieto. En cuestión de minutos, partieron a todo galope hacia el palacio, con el cuerpo del príncipe sostenido entre ellos.

El capitán Han Ji-hoon, montado junto a la improvisada camilla, giró hacia dos de sus hombres con voz firme:

-¡Ustedes! Corren al encuentro del Taesang-wang y del príncipe Seong-min. Diganle que el príncipe Ha-jin ha colapsado. El resto, avisen de inmediato al príncipe Jin-su y a su majestad el rey Jun-su. ¡Ninguno de ellos debe quedar sin ser informado!

Los soldados asintieron y partieron en direcciones opuestas, internándose en la espesura del bosque donde aún resonaban los cuernos de la cacería

Los soldados asintieron y partieron en direcciones opuestas, internándose en la espesura del bosque donde aún resonaban los cuernos de la cacería. Ji-hoon, por su parte, mantuvo su mirada fija en el cuerpo inerte del joven príncipe.

-Resista, alteza -murmuró, más para sí mismo que para los demás-. No dejaré que se pierda en este bosque.

Así, mientras unos cabalgaban con la urgencia de llevar al príncipe de regreso al palacio, otros llevaban la noticia a los distintos miembros de la familia real aún dispersos entre la cacería. Una ola invisible de alarma empezaba a propagarse, presagio de la conmoción que estallaría poco después en el corazón del palacio.

En los salones interiores, donde las consortes y damas aguardaban el regreso de los hombres de la familia real, el rumor llegó como un relámpago. Las puertas corredizas de madera se abrieron con brusquedad, y una de las jóvenes damas entró jadeando.

-¡Su Majestad, Su Majestad...! -balbuceó antes de caer de rodillas.

La Dama Oh, que estaba sirviendo té a Yeon-hwa y a las consortes Seo-ra y Da-hye, palideció al escuchar la siguiente frase:

-El príncipe Ha-jin... ha sido hallado inconsciente en el bosque.

El sonido de la porcelana quebrándose resonó como un presagio. La taza resbaló de los dedos de la Reina y se hizo añicos contra el suelo de madera barnizada. Sin esperar a que nadie la asistiera, Yeon-hwa se levantó y corrió por los pasillos, con las mangas amplias de su jeogori flotando tras de sí como alas desgarradas.

Mientras avanzaba, los recuerdos la golpeaban: la sangre y el dolor del parto, los médicos murmurando que ni ella ni el niño sobrevivirían, y aquel eclipse que oscureció el cielo en el mismo instante en que Ha-jin lanzó su primer llanto. "Hijo de la luna oscura" -así lo había llamado en su corazón-. Un niño marcado desde su nacimiento por la sombra y por el milagro de la supervivencia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.