El sol apenas se filtraba por las celosías, tiñendo de oro pálido los pliegues de seda que colgaban en la recámara. La brisa de la mañana traía consigo el tenue perfume del ciruelo en flor, un aroma suave que contrastaba con el peso del silencio. Yeon-hwa abrió los ojos lentamente, con la amarga sensación de que no había dormido en toda la noche. Su corazón no había descansado; había pasado las horas en vela, contando cada respiración ajena como si en ello se jugara su propia existencia.
El crujir casi imperceptible de un movimiento la hizo girar el rostro. Frente a ella, entre cojines bordados con grullas plateadas, estaba su hijo. Su piel seguía pálida, casi traslúcida, pero sus ojos, abiertos y húmedos, contenían un brillo frágil que devolvía la esperanza a la estancia.
-Madre... -susurró Ha-jin, con voz cansada, rota por la fiebre y el esfuerzo de hablar-. Estoy mucho mejor. Una lástima que, por mi culpa, la celebración del cumpleaños de padre se cancelara.
Sus palabras eran un hilo de sonido, un murmullo que mezclaba la vergüenza con la ternura de querer aliviar a su madre aun desde la fragilidad. Sus labios temblaban, y la sombra de una sonrisa intentó asomar, más por amor que por convicción.
Yeon-hwa apretó las manos sobre las de él, notando el frío en sus dedos, como si buscara devolverles calor con su propio aliento. Sus manos finas temblaban, no por debilidad, sino por la fuerza contenida de un miedo que todavía la atravesaba.
-No vuelvas a decir eso -susurró, y su voz se quebró, tan firme como dolida-. No hay festejo más importante que tu vida. El rey y toda tu familia estuvieron atentos a tu mejora. La verdadera dicha... -se inclinó hacia él, rozando con la frente la suya como cuando era niño- ...es verte abrir los ojos.
Una lágrima, traicionera, resbaló hasta perderse en la tela de la colcha.
Ha-jin cerró los ojos apenas un instante, sin fuerzas para discutir. Una calma amarga lo rodeaba, como si su espíritu supiera que las palabras de su madre eran la única verdad que podía sostenerse.
En ese instante, la puerta corrediza se abrió con suavidad. El chirrido de la madera quebró el silencio reverente. Entró el Médico Real, con su andar medido y solemne, sosteniendo un estuche de bambú con instrumentos y ungüentos. Tras él, avanzó una muchacha de rostro delicado y mirada firme. Su presencia no era ruidosa ni deslumbrante, pero poseía esa fuerza silenciosa que llena un espacio sin necesidad de reclamarlo. Era Ma-ri.
El vestido sencillo de lino claro que llevaba parecía amplificar la pureza de su porte. Sus cabellos, recogidos con precisión, dejaban al descubierto un rostro aún joven, aunque marcado por la disciplina y el temple que solo se forja en los pasillos silenciosos del palacio, entre dolencias y rezos.
Ha-jin se sobresaltó al verla. No fue el reconocimiento inmediato de su rostro, sino el peso de un recuerdo que lo atravesó como una flecha. El bosque. El relincho desesperado de un caballo. El golpe seco de su cuerpo contra la tierra húmeda. Y luego, entre sombras, aquella joven inclinada sobre él, con lágrimas en los ojos, implorándole que resistiera.
Su pecho ardió con una emoción inexplicable, y un calor súbito ascendió hasta sus mejillas.
Yeon-hwa habló con solemnidad, sin soltar la mano de su hijo.
-Hijo, esta joven fue quien te encontró y salvó la vida. Es uinyeo, ayudante del Médico Real, y desde hoy supervisará tus medicinas. Confío en ella plenamente.
Ma-ri se inclinó profundamente, con la frente casi tocando el suelo, y su voz clara resonó en la recámara como un manantial sereno:
-Mi mayor recompensa es ver que el príncipe está mejor. No deseo nada más.
Sus palabras eran simples, pero su tono no dejaba dudas: no era un halago vacío ni cortesía obligada, sino la confesión sincera de alguien que había temido por la vida ajena como si fuera la suya propia.
El rubor en el rostro de Ha-jin se intensificó. Quiso hablar, pero las palabras se ahogaron en su garganta. No sabía dónde posar la mirada. No podía olvidar que esa muchacha lo había visto en su momento de mayor fragilidad, con la sangre manchando sus labios, desvanecido entre ramas y tierra. Había sido testigo de su vulnerabilidad más íntima, y eso lo desarmaba más que cualquier espada.
El Médico Real tomó asiento junto al lecho, palpó el pulso del príncipe con dedos expertos y frunció levemente el ceño, aunque sin alarma.
-El pulso se ha estabilizado -anunció, retirando la mano con suavidad-. La crisis cardíaca ha cedido, pero su corazón sigue débil. Necesita reposo absoluto, sin sobresaltos ni esfuerzos, hasta que la energía vital se fortalezca de nuevo.
Ma-ri, que lo acompañaba con la bandeja de porcelana en brazos, inclinó la cabeza y añadió con respeto:
-He preparado una decocción de hierbas que calmará el flujo de la sangre y fortalecerá el espíritu. Debe beberla antes del ocaso.
El aire se impregnó con el aroma amargo de ginseng y raíz de angélica, mezclado con notas dulces de dátil rojo.
Su voz, baja pero segura, se quedó grabada en el aire. Ha-jin la escuchó con una atención que lo sorprendió a sí mismo. Cada palabra, cada gesto suyo, parecía contener un secreto al que él deseaba aferrarse.
Cuando terminaron de revisar su estado, Ma-ri se retiró con discreción, inclinándose una vez más. Antes de salir, sus ojos se posaron fugazmente en los de Ha-jin, como un rayo que ilumina por un instante la penumbra.
-Volveré por la noche -dijo suavemente, y en ese momento no fue una promesa médica, sino algo más íntimo, una promesa que latía en silencio.
La puerta se cerró tras ella.
Ha-jin, todavía recostado, apretó los puños bajo la colcha. Podía sentir cómo su corazón, débil hacía apenas unas horas, ahora latía con fuerza renovada, no solo por la medicina ni por la bendición de los dioses, sino por la aparición inesperada de esa muchacha cuyo nombre no lograría olvidar.