El invierno antes del eclipse

Capítulo 13: La Casa del Viento y las Caligrafías

El amanecer se filtraba entre los listones de madera del hanok, tiñendo los corredores con una luz dorada que olía a incienso y crisantemo. El sonido leve del cepillo sobre los pisos recién pulidos resonaba entre los muros, acompañado por el murmullo de las criadas que iban y venían con paños de lino y jarras de agua perfumada.

La Dama Yi-sa, esposa de Seo Ji-won, avanzaba con paso rápido por el pasillo principal. Su hanbok, de tonos malva y marfil, se abría en un suave abanico con cada movimiento; el sonido del norigae golpeando su cintura marcaba un ritmo sereno pero firme, como el corazón de un hogar que no debía fallar.

—Aseguraos de que las flores estén frescas antes de que llegue la procesión. Ningún pétalo marchito debe tocar los ojos de Su Majestad —ordenó con voz suave pero autoritaria.

Sus manos, finas y acostumbradas al pincel más que al mando, repasaban los detalles del salón principal: los biombos recién pintados, las lámparas de papel, los cojines de seda que aguardaban visitantes ilustres.
El aire olía a té verde y madera antigua; la casa entera respiraba expectativa.

De pronto, un pequeño tropiezo rompió su concentración.
Una risita cristalina la detuvo.

—Madre... —la vocecita pertenecía a Yeona, su hija menor, que la miraba con ojos grandes y llenos de tinta—. Padre te está buscando.

Yi-sa se inclinó hacia ella, conteniendo una sonrisa que se escapó de todos modos.
El cabello de Yeona estaba suelto y una mancha negra decoraba su mejilla; sus dedos aún sostenían un pincel, prueba de sus travesuras con la caligrafía.

—¿Otra vez escribiendo antes del desayuno? —susurró Yi-sa, tomando sus pequeñas manos—. Mira tus dedos... parecen alas de cuervo.

La niña sonrió con orgullo.
—Estaba practicando mi nombre, pero la tinta se escapó.

—Entonces será una gran calígrafa —dijo Yi-sa, limpiándole la mejilla con la manga—. Pero por ahora, mi pequeña artista debe estar radiante. Hoy viene la Reina Madre.

Los ojos de Yeona se iluminaron como brasas.
—La Reina Madre es muy hermosa... y que tiene una sonrisa que hace callar hasta al viento.

Yi-sa se detuvo un instante.
Sus labios se curvaron en una sonrisa breve, teñida de admiración y nostalgia.
Sí, Yeon-hwa era exactamente así: una mujer cuya presencia hacía temblar el aire y al mismo tiempo lo purificaba.

Una voz amable interrumpió el momento.
—Mi señora, permitidme encargarme de la joven Yeona —dijo Baek-nam, inclinándose con respeto. Su voz tenía la dulzura de una brisa templada, y en su delantal aún se notaban restos del arroz que había preparado para las ofrendas matutinas.

Yi-sa asintió con gratitud.
—Gracias, Baek-nam. Asegúrate de que se lave bien las manos y que no esconda el pincel otra vez.

—Sí, mi señora —respondió la criada con una sonrisa que arrugó sus ojos como pétalos de algodón.

Yeona protestó entre risas, pero permitió que la tomaran de la mano.
Mientras las dos se alejaban, Yi-sa observó el jardín interior a través del umbral. Los ciruelos comenzaban a florecer, y el murmullo del agua que corría por el arroyo artificial parecía acompañar el ritmo de su respiración.

Pronto, la Reina Madre cruzaría ese mismo corredor.
Y con ella, el peso de un pasado compartido que Yi-sa creía haber dejado atrás.

El viento agitó los flecos de su jeogori.
La Dama Yi-sa se enderezó con una calma forjada en años de silencios y promesas.

—Que el cielo bendiga esta casa... —susurró para sí, antes de girarse hacia el vestíbulo—. Hoy, más que nunca, debemos ser dignos de su mirada.

El murmullo del agua seguía fluyendo más allá del jardín, arrastrando consigo los pétalos caídos de los ciruelos. Yi-sa permanecía en el umbral, observando cómo el viento hacía danzar las flores, cuando unos pasos suaves rompieron el silencio.

—Ahí estás —la voz de Seo Ji-won era grave, pero cálida, con ese temple sereno que solo los años de servicio podían forjar.

Ella giró apenas, y antes de que pudiera hablar, él se inclinó para depositar un beso en su mejilla. Su gesto fue tan natural como el aire que respiraban, pero lo suficiente para disolver, por un instante, la tensión que flotaba en la casa.

—No estés tan nerviosa, Yi-sa —dijo él con una sonrisa breve—. La Reina Madre no viene a juzgarnos, sino a conversar... sobre el destino de nuestra hija.

El corazón de Yi-sa se apretó con dulzura y temor.
—Eun-chae... —susurró, apenas audible—. Entonces era cierto.

Ji-won asintió.
—La noticia ya ha sido anunciada. Eun-chae ha sido elegida como esposa del Rey Jun-su, tras la selección del gantaek.

Ella lo miró con incredulidad, las manos aún temblorosas.

—La Reina Madre vino una vez, ¿verdad? —preguntó con voz baja, apenas un hilo de aire—. Recuerdo que aquel día dijiste que había visitado la casa sin aviso...

Ji-won sonrió con una mezcla de melancolía y orgullo.
—Así fue. Dijo que deseaba ver con sus propios ojos a la joven de la que tanto se hablaba. Aseguró que en Eun-chae se reflejaba la inteligencia de su madre... y también su fortaleza.

Yi-sa no pudo evitar reír suavemente.
—¿Astucia dices? Si hereda la mía, temo por el reino.

Ambos rieron, y por un momento, el aire se volvió ligero, lleno de complicidad. Pero pronto el silencio regresó, profundo como un pozo. Ji-won alzó la mirada hacia el horizonte, donde la neblina se levantaba sobre los campos, difuminando los límites entre el presente y los recuerdos.

—Desde aquel día —murmuró— no la hemos vuelto a ver. Pero para entonces, ya era la madre de Joseon.

Yi-sa bajó la mirada, comprendiendo.
El silencio se extendió entre ambos, pesado y dulce, hasta que el murmullo del viento pareció abrir paso a algo más antiguo, una memoria que regresaba como el eco de un tambor lejano.




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