El invierno antes del eclipse

Capítulo 14: El resplandor del loto blanco

El sol del mediodía descendía oblicuo sobre los tejados del clan Seo, tiñendo los aleros de reflejos dorados. La brisa traía consigo el aroma a ciruelos recién florecidos, y los sirvientes se movían presurosos por los patios, alineando jarras de té y enderezando los rollos de seda que adornaban el salón principal.

Desde el umbral, Seo Ji-won aguardaba con su porte sereno, el hanbok impecable y el rostro contenido por la cortesía. A su lado, Yi-sa, vestida con tonos marfil y celeste pálido, mantenía las manos unidas con respeto.

El sonido del palanquín resonó en la entrada. Los soldados imperiales se apartaron y el emblema del loto dorado —símbolo de la Reina Madre Yeon-hwa— relució bajo la luz.

Los soldados imperiales se apartaron y el emblema del loto dorado —símbolo de la Reina Madre Yeon-hwa— relució bajo la luz

Cuando la soberana descendió, la atmósfera pareció detenerse. Su mirada, tan firme como el invierno, tenía al mismo tiempo la suavidad del primer deshielo.
Ji-won y Yi-sa se inclinaron profundamente.

—Es un honor recibir a Su Majestad en nuestra humilde morada —dijo él con voz templada.
—El honor es mío, Erudito Seo —respondió la Reina Madre—. Hace tiempo que deseaba ver con mis propios ojos el lugar donde floreció la nueva joya del palacio.

Fueron guiados al salón principal, donde el aroma del té de crisantemo se mezclaba con el incienso de sándalo.
Yi-sa ofreció una taza con ambas manos.

—Majestad, este té es de nuestra propia cosecha. Que su fragancia alivie el cansancio del viaje.

Yeon-hwa aceptó con una leve sonrisa.
Sus ojos recorrieron el lugar con esa calma calculadora que solo poseen quienes han visto demasiado. Cada detalle parecía hablarle: los tapices antiguos, los rollos de sabiduría confuciana, la serenidad del hogar que una vez también soñó para sí.

Yi-sa, con voz baja, habló:
—Agradezco profundamente que haya cuidado de nuestra hija durante la selección del gantaek. Lamento no haber podido recibirla antes.

La Reina Madre agitó la mano con un gesto leve.
—No hay falta que disculpar, Dama Yi-sa. Fui yo quien deseaba conocerla. La joven Eun-chae posee una luz poco común. Pero saben tan bien como yo que el palacio no siempre es un jardín en calma.

Sus palabras flotaron con un peso casi invisible.
—Hay rumores, intrigas, miradas que hieren más que espadas. No deseo ver a esa flor marchitarse antes del tiempo. Prometo, como madre del reino, velar por ella como si fuera mi propia hija.

Yi-sa bajó la cabeza con reverencia.
—Nuestra hija fue educada para resistir las tormentas, Majestad. No flaqueará. Y nosotros, los Seo, honraremos su confianza.

La Reina Madre asintió, complacida. Pero en su mirada danzaba un brillo más profundo, el de quien conoce el precio de la fortaleza.

Entonces, unos pequeños pasos resonaron en el corredor.
La pequeña Yeona apareció con su hanbok rosado, y tras una reverencia torpe pero sincera, extendió un pergamino hacia la Reina Madre.

—Majestad... hice esto para usted.

Yeon-hwa lo desplegó. En una caligrafía infantil pero cuidada, se leía:
"La Reina Madre es sol, y cuida con amor al reino."

Un murmullo de ternura recorrió la estancia.
La soberana sonrió, acariciando el cabello de la niña.
—Tienes la delicadeza de un poeta, pequeña Yeona. Serás una gran erudita, como tu padre.

El corazón de Yi-sa se estremeció de orgullo, mientras la niña se retiraba con Baek-nam, la fiel criada.
El silencio que siguió fue sereno y tibio, como el respiro de un santuario.

Yeon-hwa habló entonces, su voz cargada de un matiz más íntimo.
—Sé lo difícil que es dejar el hogar y el calor de la familia. El palacio... es hermoso, sí, pero también frío. No deseo que la soledad la consuma. Dentro de dos lunas, se celebrará la boda. Que los lazos entre nuestras familias se mantengan firmes, pues el destino de Joseon depende de la unión de sus raíces.

Ji-won inclinó la cabeza.
—Majestad, nada podríamos ofrecer que se compare con su benevolencia, salvo nuestra eterna gratitud y los años de respeto que nos unen.

Ella iba a responder, pero él se disculpó con suavidad:
—Permitidme ausentarme un instante. Deseo traer un presente en nombre de mi familia, una muestra de nuestro compromiso hacia el futuro de la Reina Eun-chae.

—No es necesario —dijo Yeon-hwa con gesto amable.
Pero él insistió, y se retiró.

Cuando el eco de sus pasos se desvaneció, quedaron solas Yi-sa y la Reina Madre.

Por un momento, el aire pareció más liviano, y Yi-sa habló con una sinceridad que nació del alma:
—Majestad, perdone mi atrevimiento... Hace años, cuando la vi por primera vez, no comprendí quién era. Pensé que solo era una amistad del pasado de mi esposo.

Yeon-hwa la miró con suavidad, los labios curvados en una sonrisa melancólica.
—No hay nada que disculpar. Me alegra saber que el erudito Seo encontró un amor puro y duradero. Puedo verlo en sus ojos cada vez que pronuncia su nombre.

Yi-sa bajó la mirada, una sonrisa leve temblando en sus labios.
—Durante un tiempo... sentí celos, incluso curiosidad, por aquella mujer que habitaba su corazón. Pero cuando supe que era Su Majestad, comprendí que no debía temer. Es un honor que alguien tan digno haya formado parte de su historia.

Hubo un silencio lleno de respeto.
Entonces, Yi-sa la condujo hasta un pequeño estudio. Los estantes rebosaban manuscritos y pinceles de bambú.
En el centro, sobre una mesa de madera de abedul, reposaba una pintura.
Era un retrato de Yeon-hwa en su juventud, el semblante sereno, la mirada soñadora.




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