El invierno antes del eclipse

Capítulo 15: El Jardín del Primer Amor

Los aposentos asignados a la futura reina estaban bañados por una luz de tarde que se filtraba a través de las celosías de madera tallada. Eun-chae permanecía en pie, inmóvil, observando cómo las cortinas de seda marfil danzaban con el soplo del viento, como si respiraran con ella. El aire olía a tinta fresca y a peonías recién cortadas. En el brasero, una varilla de incienso dejaba escapar una columna fina de humo, ondulante, que se alzaba hasta perderse entre los grabados del techo.

Aquel lugar debía parecer un sueño: paredes de papel de arroz pintadas con aves doradas, suelos tan pulidos que reflejaban la luz como espejos, y un silencio reverente que lo envolvía todo. Sin embargo, para Eun-chae, cada detalle pesaba sobre su pecho como un recordatorio del destino ineludible que le aguardaba. Sería reina. Y sin embargo, no sabía si su corazón pertenecía aún a ella o si ya era propiedad de la corona que pronto llevaría sobre su frente.

Detrás de ella, con pasos suaves, se hallaba la dama Jen, su nueva acompañante. Vestía ropas del color del lirio, con un lazo oscuro que indicaba su rango. Era una mujer de rostro sereno y ojos agudos, amiga cercana de la dama Oh, la encargada de servir a la reina madre. Su voz siempre sonaba mesurada, pero sus movimientos estaban cargados de una lealtad férrea, como si su propia vida dependiera de proteger a la joven prometida del rey.

—Su alteza debería descansar —murmuró Jen, ajustando con precisión los pliegues del manto de Eun-chae—. La preparación para la boda será agotadora.

Eun-chae sonrió apenas, sin apartar la vista de la ventana.
—Descansar... —susurró—. No recuerdo qué es eso desde el día del gantaek.

Jen bajó la mirada, comprendiendo el peso que implicaban aquellas palabras

Jen bajó la mirada, comprendiendo el peso que implicaban aquellas palabras. Desde que fue elegida como futura reina, Eun-chae había sido objeto de vigilancia constante. Ninguna emoción, ningún gesto, podía escapar al juicio del palacio. Era como una flor colocada en un jarrón de cristal: hermosa, pero sin raíces.

A menudo pensaba en aquella tarde de la cacería real, cuando el destino la cruzó por primera vez con el rey Jun-su. Lo recordaba como si el tiempo se hubiera detenido: el resplandor del sol sobre su armadura, la manera en que los caballos relinchaban, el murmullo de los ministros observando a su soberano con respeto.
Jun-su había girado la cabeza hacia ella, apenas un instante, y sin embargo, ese breve cruce de miradas fue suficiente para sembrar en su alma una ansiedad dulce y dolorosa. Desde entonces, lo veía cada noche en sueños: erguido, majestuoso, con una calma que parecía inquebrantable.

Era un hombre formado en la guerra y en los libros, con una mente como el acero y un corazón oculto bajo el peso del deber. Y ella, una simple hija de nobleza menor, aún no comprendía por qué los dioses habían decidido entrelazar sus caminos.

La reina madre había ordenado que Eun-chae permaneciera en sus aposentos hasta la boda, que tendría lugar dentro de dos lunas. Las sirvientas se turnaban para instruirla: debía memorizar rituales, aprender posturas, modales, plegarias y hasta la forma exacta en que debía inclinar la cabeza frente al trono.
El aire dentro de aquellas paredes era tan denso que parecía robarle el aliento. A veces, mientras repasaba textos sobre etiqueta, sentía que las letras se borraban y que su mente vagaba hacia el jardín, hacia el rumor del viento, hacia cualquier sitio donde no existiera el peso del deber.

Esa tarde, incapaz de soportar más el encierro, decidió escapar.

Se cubrió con un hanbok de tonos suaves, se recogió el cabello sin adornos y, esperando que la dama Jen estuviera distraída revisando los rollos de instrucciones, deslizó la puerta lateral y se adentró por los pasillos del palacio.

El eco de sus pasos resonaba en los corredores vacíos. Afuera, el jardín se extendía como un mar de flores rosadas. Los cerezos estaban en plena floración, y el aire se llenaba con un aroma dulce que la hizo cerrar los ojos. Por un instante, recordó su hogar, la risa de su hermana menor, la voz suave de su madre llamándola desde el patio.
La libertad se sentía como una caricia olvidada.

Caminó más allá del pabellón de los lotos, siguiendo el sonido del agua que caía de una fuente. Pero al girar una esquina, su cuerpo chocó con algo sólido. Tropezó, y el peso de sus pensamientos se deshizo en un instante. Al levantar la mirada, su respiración se quebró.

Ante ella, con un manto azul oscuro y una mirada que mezclaba sorpresa y serenidad, estaba el rey Jun-su.

El viento agitó las mangas de su túnica. Su porte era tan imponente que el aire pareció detenerse a su alrededor. Eun-chae, temblando, se inclinó de inmediato, su corazón golpeando en el pecho.

—S-su majestad... —balbuceó—. Le ruego me perdone. No era mi intención... interrumpir su paseo.

El rey la observó por unos segundos que parecieron eternos. Luego, una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios.
—¿Interrumpirme? —preguntó con voz grave, pero cálida—. Más bien diría que ha sido el destino quien ha decidido cruzar nuestros caminos.

Sus ojos brillaban con un tono amable, pero también con algo que Eun-chae no supo descifrar.
—¿Acaso se ha perdido, dama Eun-chae? —añadió, acercándose un paso—. Estas zonas del jardín no son frecuentadas por las damas del palacio.




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