El invierno antes del eclipse

Capítulo 16: El perfume del engaño

El amanecer se deslizaba entre los pabellones del palacio como un hilo de seda dorada.
Las grullas cruzaban el estanque de loto en un vuelo lento y solemne, mientras la bruma se alzaba sobre los tejados verdes y el sonido de los tambores matinales marcaba el pulso del reino.

Dentro de los aposentos de la dama Ra-hee, el aire olía a lirios, almizcle y a un deseo cuidadosamente disimulado.
Las doncellas se movían como sombras entrenadas, desplegando cofres lacados con aceites de gardenia, polvo de perlas y bálsamos de jazmín. Sobre el biombo bordado en oro, las figuras de fénix y flores parecían inclinarse ante la mujer que las observaba.

Ra-hee, sentada frente al espejo de bronce bruñido, contemplaba su reflejo con una calma peligrosa.
No era la serenidad de una dama obediente. Era la quietud felina antes del salto.

—Asegúrate de que mi cabello quede como la luna cuando toca el agua —susurró sin apartar la vista del espejo—. Hoy, el rey no debe ver en mí a una mujer... sino a un presagio.

Su voz era baja, aterciopelada, pero cada sílaba portaba la autoridad de quien sabe exactamente qué hilos está moviendo.

Bi-che, su fiel dama, bajó la cabeza con respeto temeroso y comenzó a trabajar el peinado.
El Gache meori fue elevado con precisión, enroscado en grandes bucles y trenzas sostenidos por peinetas de jade y oro, adornado con flores metálicas y cintas carmesí. Pequeños colgantes de ónix tintineaban con cada movimiento, como campanas de advertencia.

El rostro de Ra-hee fue delineado con polvo de arroz fino y un toque de pigmento rojo en los labios, tan brillante que parecía sangre recién derramada

El rostro de Ra-hee fue delineado con polvo de arroz fino y un toque de pigmento rojo en los labios, tan brillante que parecía sangre recién derramada.
El hanbok que eligió esa mañana no era el de una dama noble, sino el de una gisaeng de alto rango: jeogori de seda negra con bordes dorados, chima carmesí de tela translúcida, y una cinta verde oscuro que ceñía su cintura como una serpiente.

—No olvides el perfume —ordenó con un leve movimiento de dedos.

Bi-che abrió un pequeño frasco de cristal y vertió unas gotas en la piel de su señora

Bi-che abrió un pequeño frasco de cristal y vertió unas gotas en la piel de su señora.
El aroma del aceite de peonía y almizcle llenó la habitación, espeso, casi intoxicante.

Ra-hee cerró los ojos y sonrió.
—Perfecto. Que su Majestad recuerde este perfume incluso cuando duerma en los brazos de otra.

El comentario arrancó un leve escalofrío a Bi-che.
Ra-hee no hablaba por hablar. Cada palabra suya tenía el peso de una intención.

Cuando todo estuvo listo, Bi-che extendió un abanico de seda bordado con motivos dorados.
Ra-hee lo tomó, se levantó y, observando su reflejo final, murmuró:

—Hoy no seré sombra, Bi-che. Hoy el sol bajará a tocarme.

Salieron de los aposentos sin pedir permiso.
Los corredores del palacio Gyeongbokgung estaban envueltos en una calma solemne, apenas rota por el murmullo de los sirvientes y el repicar de las fuentes.
El sonido de los pasos de Ra-hee —seguros, medidos, resonantes— se mezclaba con el crujido del suelo de madera pulida.

Cada mirada que la seguía se detenía entre el asombro y la condena.
Una dama vestida como una gisaeng, cruzando los pasillos del palacio real al amanecer, era una blasfemia.
Pero Ra-hee no era una mujer común. Era el rumor que nadie podía acallar, la tentación que se deslizaba entre normas y títulos como el humo de un incienso prohibido.

Cuando llegó a las puertas del pabellón del rey Jun-su, el eunuco principal Ji-he y la dama mayor Di-hue se adelantaron apresuradamente.

—Mi señora —dijo Ji-he, con voz tensa—, Su Majestad ha ordenado no recibir visitas hasta el día de la ceremonia. Debéis regresar a vuestros aposentos.

Ra-hee arqueó una ceja. Su sonrisa era apenas un trazo de burla.

—¿Acaso osan detener a una de las amadas del rey? ¿O creen que sus lenguas valen más que mi rango?

—No es cuestión de rango —replicó Di-hye, intentando mantener la compostura—, sino de obediencia al mandato de la reina madre.

Ra-hee giró lentamente la cabeza hacia ella. Sus ojos, oscuros y brillantes, tenían el fulgor de una daga.
—Entonces obedezcan ustedes. Yo solo obedezco al corazón de Su Majestad.

Y con un gesto tan suave como violento, apartó a ambos de su camino.
El movimiento provocó un murmullo entre los guardias, un sonido contenido que creció como un rumor a punto de estallar.
Antes de que nadie pudiera detenerla, la puerta del pabellón real se deslizó con un crujido.

Del interior emergió la voz grave del rey Jun-su.

—¿Qué es este alboroto?

Todos se inclinaron de inmediato, postrándose con la frente contra el suelo.
Ra-hee bajó la cabeza, pero el leve temblor que recorrió su espalda no era de miedo, sino de satisfacción.

Jun-su apareció con su gonryongpo, la túnica carmesí bordada en hilos dorados, el cabello recogido con un ikseongwan, y los ojos aún velados por el cansancio de las audiencias.
Su porte era majestuoso, pero la fatiga lo hacía más humano, más vulnerable.
Y Ra-hee supo que ese era el momento exacto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.