Cuando el amanecer filtró su luz por las celosías de jade, el rey abrió los ojos con un peso extraño en el pecho. La habitación olía a incienso, a vino derramado y a algo más tenue, un perfume dulzón que no pertenecía a los aposentos reales. Giró apenas el rostro y descubrió, sobre la seda arrugada, el cuerpo dormido de Ra-hee. Sus cabellos oscuros caían como un velo sobre el pecho descubierto, y entre la penumbra, el brillo de su piel parecía desafiar los cielos.
Por un instante, el corazón del monarca se detuvo. No recordaba nada de la noche anterior, solo un vacío que le oprimía las sienes y el eco difuso de una risa femenina. Ra-hee se movió, rozándole el brazo, y entreabrió los labios con una sonrisa que no sabía de inocencia.
—¿Su Majestad... no recuerda? —susurró, con voz de seda—. Anoche el cielo nos unió bajo su bendición. El amor de un rey no se olvida tan fácilmente.
Sus palabras flotaron en el aire como un veneno dulce. Se incorporó con gracia, dejando que el manto se deslizara por su piel, y apoyó una mano sobre el pecho de él.
—Espero, mi señor, que los dioses sean generosos... y que pronto me concedan llevar en mi vientre la semilla de nuestro amor.
El rey apartó la mirada, confuso, con un dolor leve en las sienes. Antes de poder responder, la voz del eunuco principal resonó tras la puerta.
—Su Majestad, las nain aguardan para asistirle.
Ra-hee se cubrió con la colcha, fingiendo pudor. El monarca se incorporó con torpeza.
—Será mejor que os retiréis, dama Ra-hee. —Su voz tembló entre la duda y la autoridad—. Usted no deberia ser vista a esta hora.
Ella inclinó la cabeza, pero en sus labios danzaba una sonrisa victoriosa. Cuando las nain entraron, guiadas por la dama Bi-che, comenzaron a vestirla con prendas traídas desde sus aposentos. La seda nueva resplandecía como un anuncio de poder. La dama Bi-che, inclinándose apenas, le susurró:
—Deberíamos volver, mi señora. La noche fue larga y las lenguas, rápidas.
Ra-hee asintió y, con paso sereno, abandonó la cámara. En el jardín se cruzó con la dama Eun-chae, que paseaba junto a su doncella. Al verla, Ra-hee inclinó apenas la cabeza.
—Dama Eun-chae... —dijo con voz amable, aunque sus ojos ardían de fuego oculto—. Tenga cuidado. Las noticias viajan más veloces que el viento, y no siempre traen paz.
Eun-chae se quedó inmóvil, sintiendo un presentimiento agrio en el pecho. Ra-hee siguió su camino, y el sonido de su risa se perdió entre los cerezos.
Al doblar uno de los corredores, la reina madre apareció ante ella. Su porte era severo, y el aire pareció volverse frío.
—Dama Ra-hee —dijo con un hilo de voz que contenía siglos de autoridad—. ¿Acaso olvidó mis órdenes? Le prohibí salir de sus aposentos. ¿Qué clase de ambición la lleva a desafiar a su reina?
Ra-hee bajó la cabeza, pero en su mirada había un destello desafiante.
—Mi señora... no desobedecí al destino. Un rey ha puesto sus manos sobre mí. Y si los cielos lo permiten, pronto llevaré a su nieto en mi vientre. ¿No es acaso esa una bendición para la corona?
La reina madre frunció el ceño, su respiración entrecortada.
—No profane el nombre del cielo con sus engaños. La verdad no se oculta tras el deseo.
Ra-hee alzó la barbilla, altiva.
—No hablo de engaño, Su Majestad. Hablo de lo que me corresponde. El destino ha sido sellado, y ni el viento podrá deshacerlo.
La reina madre la observó marcharse con el corazón oprimido, temiendo que aquella joven fuera la sombra que el oráculo le advirtió tiempo atrás: la flor que florece del veneno.
Ra-hee avanzó por los corredores con una sonrisa apenas perceptible. En cuanto regresó a sus aposentos, ordenó a su dama Bi-che que mandara llamar al capitán Kyung-ho. El hombre llegó al poco rato, cubierto aún con el polvo de la madrugada. Ella lo recibió de pie, con el fuego encendido en los ojos.
—El plan ha comenzado —dijo con voz baja pero firme—. El rey duda, la corte murmura, y la reina madre tiembla. Es hora de mover las piezas.
La dama Bi-che asintió desde la puerta.
—¿Desea que envíe el mensaje a su padre?
Ra-hee asintió lentamente.
—Dile que los ministros deben prepararse. Cuando el reino se sacuda, será su voz la que clame por orden.
Bi-che se retiró en silencio, y Ra-hee quedó a solas con Kyung-ho. El aire se volvió espeso, casi irrespirable. Él la observó con deseo contenido, con esa mezcla de respeto y pecado que los unía.
—Mi señora —murmuró, acercándose—, está jugando con fuego.
—El fuego es lo único que me mantiene viva —respondió ella, mirándolo con una calma que ocultaba tempestad—.
Él la tomó entre sus brazos, y por un instante, la distancia entre el deber y el deseo se desvaneció. Sus labios se encontraron, primero con cautela, luego con la urgencia de quienes saben que están condenados. La noche, o lo que quedaba de ella, los envolvió como un juramento. No hubo palabras, solo el roce de la seda cayendo al suelo y la respiración que se entrelazaba con promesas de poder.
Cuando el silencio los cubrió, Ra-hee apoyó la frente en el pecho de Kyung-ho y susurró:
—De nosotros nacerá el verdadero heredero. Ni los templos ni los cielos podrán negarlo.
Él la abrazó con una fuerza que rozaba la desesperación.
—Entonces que el destino se incline ante usted, mi reina —dijo, y sus voces se perdieron entre los ecos del amanecer.
A esa misma hora, en sus aposentos, la reina madre observaba al rey, que bebía té con las manos temblorosas.
—Madre... —dijo él con voz apagada—. Perdonadme, pero no recuerdo nada de anoche. Solo oscuridad.
Ella lo miró con un gesto de preocupación, sintiendo un mal presagio.
—Hijo mío, hay rumores que ya han cruzado los muros del palacio. Debemos actuar antes de que la corte se divida.
Él levantó la vista, confundido.
—¿Qué sugerís, madre?
—Anunciaré el nombramiento de la dama Ra-hee. Y tu unión con la dama Eun-chae deberá adelantarse. Es la única forma de contener el caos.