El invierno antes del eclipse

Capítulo 18: Un festival y una zapatilla

La mañana despertó con un murmullo que se deslizó como humo dorado entre los pasillos del palacio, prendiendo la curiosidad y la inquietud de todos los presentes. Cada susurro se convertía en un rumor que saltaba de balcón en balcón, de salón en salón, hasta llegar a los oídos de las princesas, hijas de la reina madre. Min-seo y Ji-ah sintieron un temblor en el corazón: la dama Ra-hee, la joven cuyo ingenio y audacia habían llamado la atención de todos, había recibido el favor real, aun cuando los días para su nombramiento como consorte aún no habían llegado. La sorpresa se mezclaba con fascinación y un delicado roce de envidia; era un rumor que quemaba suavemente, dejando en sus almas una mezcla de admiración y desconcierto.

Decidieron visitar a la dama Eun-chae, deseosas de ofrecerle consuelo y comprensión en un momento que debía ser, sin duda, confuso para ella. Llevaron consigo dulces cuidadosamente envueltos, pequeños tesoros de azúcar y miel que hablaban de cariño y delicadeza. Sus pasos resonaban en los pasillos de madera pulida, acompasados por el leve crujido de los hanboks, mientras las damas de la corte, fieles desde la infancia, seguían cada movimiento con ojos atentos, con la paciencia de quienes conocen los secretos de estas jóvenes almas unidas por la sangre y el afecto.

Al doblar un corredor, una sombra danzó entre las columnas, y la curiosidad se encendió como la chispa de una linterna. Sigilosas, las princesas intentaron seguirla, pero pronto la figura se disolvió entre los pabellones, dejando tras de sí un rastro de misterio y ansiedad. El temor se mezcló con la intriga: ¿quién podría vagar a esas horas, y sobre todo, sin pertenecer al servicio del palacio? Las damas instaron a retomar el camino, y aunque dudosas, Min-seo y Ji-ah continuaron, prometiéndose susurrar cada detalle a su madre cuando tuvieran oportunidad.

Al llegar, la dama Je las recibió con una sonrisa que mezclaba deferencia y complicidad. Min-seo y Ji-ah se inclinaron con la precisión de quienes habían sido enseñadas en los secretos del protocolo, mientras entregaban dulces y palabras suaves que flotaban como pétalos entre los aromas de incienso y madera pulida. Eun-chae apareció, serena pero con una sutil sombra de inquietud en sus ojos, como si el futuro que se acercaba con la boda le robase los sueños.

—Gracias... por su visita y su preocupación —dijo Eun-chae, su voz un hilo de seda que vibraba con honestidad—. Los rumores rara vez traen consuelo, y sé que el rey Jun-su es un hombre guiado por principios firmes. Los cielos son testigos de la verdad; yo... puedo descansar tranquila en ello.

El corazón de las princesas se aligeró con la confesión, y sus risas suaves flotaron en el aire como campanillas que tintinean al viento. Min-seo extendió los dulces con una sonrisa que irradiaba ternura y complicidad:

—Serás la novia más hermosa que haya visto este reino —susurró, sus ojos brillando con promesas—. Si deseas... podrías acompañarnos al festival de las luces. Guardando el secreto, todo podría ser perfecto.

La dama Je asintió, su sonrisa cómplice iluminando su rostro como la primera estrella de la noche:
—Será prudente esperar hasta la tarde. Así evitaremos miradas curiosas y lenguas indiscretas.

Se acordó encontrarse en la puerta posterior del palacio, donde el capitán Han Ji-hoon garantizaría su seguridad. Las princesas se arreglaron con hanboks de colores suaves, que abrazaban sus formas con delicadeza y resaltaban la armonía entre sus rasgos. El viento acariciaba los pliegues de la seda, y sus pasos resonaban con la cadencia de un río que susurra secretos antiguos: dos almas entrelazadas, nacidas bajo la misma luna y destinadas a permanecer juntas en complicidad y afecto.

Horas después, llegaron a la puerta. Min-seo quedó cautivada ante el porte del capitán: su mirada firme y gentil la atravesaba con la fuerza de un río y la suavidad de la brisa. Intentó apartar los ojos, y Ji-ah, con un golpe travieso en el codo, la recordó con una sonrisa:
—Es un hombre admirable... y te cuidará si tu corazón así lo desea.

Min-seo bajó la cabeza, con un rubor que coloreaba sus mejillas como pétalos de azalea:
—Aún es pronto... no creo que mis padres permitan un matrimonio con un capitán de la guardia...

Ji-ah la miró con la certeza de una estrella firme:
—Nada está dicho aún. El corazón siempre encuentra caminos donde la razón no alcanza.

En ese instante, la voz dulce de Eun-chae las alcanzó como un soplo de aire fresco entre el murmullo del jardín.
Las princesas se giraron hacia ella, y durante un segundo, el aire pareció aliviarse del peso del peligro.
Pero la dama Je, siempre cautelosa, dio un paso al frente. En su mirada había calma, pero también la firmeza de quien conoce los hilos invisibles del palacio.

—Mi señora —dijo en tono sereno, inclinándose ante Eun-chae—, le ruego que me permita permanecer en sus aposentos esta noche.

Eun-chae la miró, un poco confundida, pero la leve sonrisa de la dama Je lo explicó todo antes de que ella pudiera preguntar.

—Así evitaremos sospechas —añadió con suavidad—. Si alguien pregunta por vos, diré que os encontráis descansando. Nadie se atreverá a contrariar mis palabras.

Con un gesto de asentimiento, Han Ji-hoon las guió hacia la plaza del poblado cercano. La plaza brillaba bajo la luz de linternas de papel que oscilaban con el viento, reflejando colores como un arco iris atrapado en el tiempo. Los vendedores ofrecían sus productos con sonrisas y melodías, y la música, los pasos de los danzantes, todo se entrelazaba en un tapiz de sensaciones que hacía olvidar la jerarquía y el protocolo del palacio.

Min-seo se inclinó sobre un riachuelo para acomodarse la zapatilla, y casi perdió el equilibrio. El capitán la sostuvo suavemente por la cintura, atrayéndola hacia sí, y quedaron frente a frente, el mundo suspendido en un instante perfecto.




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