El viento se filtraba entre los pétalos del viejo cerezo del jardín oriental, haciendo que cada flor pareciera un suspiro suspendido en la bruma matinal. Junto a su tronco, inclinado por el peso de los años, reposaba el Taesang-wang Andheon, cubierto con una capa color pino oscuro, su mirada fija en el horizonte donde los montes se confundían con el cielo.
A su lado, el jefe de los eunucos, Yen-ha, lo observaba con silenciosa preocupación.
—Majestad, el aire aún es frío a estas horas. Su salud podría resentirse —dijo con respeto, sosteniendo las mangas de su túnica.
Andheon alzó una mano temblorosa, tocando la corteza del árbol.
—Hace 20 años, cuando el reino aún era joven, planté este cerezo. Lo hice en memoria de mis hijos perdidos... y de los juramentos que jamás debí pronunciar.
Su voz se quebró como si las raíces mismas del árbol absorbieran el peso de sus recuerdos.
—Debería contárselo a la Reina Madre Yeon-hwa —sugirió Yen-ha—. Ella comprenderá el significado de este árbol.
Andheon negó con la cabeza.
—Ya le causé demasiadas lágrimas. Este cerezo basta como testigo de mis culpas. Cuando el dragón me llame, deseo que sus pétalos me cubran, y que ella recuerde que alguna vez amé a este reino más que a mí mismo.
El eunuco inclinó la cabeza, incapaz de replicar. Mientras regresaban al palacio, los ecos de risas infantiles los interceptaron. Dos pequeños corrían por el sendero, seguidos por su padre, el principe Seong-min, hermano menor de Andheon.
—Hermano —saludó este, inclinando la cabeza con un gesto alegre—. Mis hijos insistieron en ver los patios de la guardia real. Prometí que conocerían el arte del acero antes del mediodía.
Andheon sonrió, cansado pero sincero.
—Déjalos correr. Que aprendan cómo late el corazón del imperio. Y tú... pasa luego a verme. Hay asuntos que deben discutirse antes de la ceremonia.
—Así será, Majestad.
El viejo rey observó cómo la familia se alejaba entre los senderos bordeados de glicinas, y un pensamiento sombrío lo recorrió: el reino seguía avanzando, pero las sombras que él mismo había permitido crecer comenzaban a extenderse otra vez.
Al llegar a sus aposentos, Andheon escuchó voces masculinas en el corredor. Dos ministros, creyéndose fuera de alcance, murmuraban con tono conspiratorio.
—La facción de la Dama Ra-hee tiene asegurado el favor del Consejo del Norte. Mañana, tras la ceremonia, su posición quedará legitimada.
—Y con ello, el poder del clan Kang se fortalecerá. No habrá forma de detenerlos.
Andheon se detuvo en seco. La mención del clan Kang lo hizo tensar la mandíbula. Apretó los puños, pero siguió caminando, reprimiendo la ira que amenazaba con quebrar la compostura real.
Dentro, la Reina Madre Yeon-hwa lo esperaba de pie, con las manos cruzadas sobre el regazo.
—Te esperaba, mi señor. Los preparativos para la boda están listos —dijo con una sonrisa serena—. Me alegra que por fin nuestro hijo reciba una esposa digna de su linaje.
Andheon la miró con ternura. Se acercó, tomó sus manos y las besó con devoción.
—Eres el equilibrio de este imperio, Yeon-hwa. Pero hay movimientos en la corte que me inquietan. La Dama Ra-hee no debe subestimarse. Bajo esa belleza hay un filo afilado.
Ella asintió, aunque su mirada se desvió un instante hacia el jardín.
—Lo sé. Pero el Rey Jun-su debe caminar su propio destino. Nosotros solo podemos apartar las piedras más grandes de su senda.
—Entonces, hazlo con cautela. El poder del clan Kang puede arrastrar incluso a los más virtuosos.
Antes de retirarse, Andheon la miró con dulzura.
—Esta noche cenaremos juntos. Y si ves a la Dama Eun-chae, recuérdale que su deber no será fácil... pero su corazón la guiará.
Yeon-hwa asintió y se inclinó. Cuando él se marchó, su rostro sereno se desmoronó por un instante. Sabía que los cielos estaban probando su temple.
La Reina Madre caminó lentamente por los pasillos del palacio, escoltada por su dama de confianza, Oh, mientras la luz del mediodía se filtraba a través de los biombos pintados con dragones y lotos.
—Majestad —dijo la Dama Oh—, hay algo extraño en los aposentos destinados a la Dama Ra-hee. Un aroma a perfume extranjero impregna las túnicas ceremoniales.
—¿Perfume extranjero? ¿Quién lo envió?
—Su padre, Lord Kang Dae-ho. Dijo que eran regalos personales para su hija.
La Reina Madre se detuvo en seco, sus ojos encendidos de cólera.
—¡Insensatez! ¿Acaso ignora que los atuendos ceremoniales solo deben confeccionarse dentro del palacio? ¡Esto es una afrenta directa a la corona!
—¿Desea que lo confisque, Majestad?
—No. Lo veré con mis propios ojos.
Su séquito avanzó con rapidez hasta los aposentos de la Dama Ra-hee. Risas femeninas y música de gayageum escapaban tras las puertas entreabiertas. Cuando Yeon-hwa entró, el aire se tensó. Ra-hee, vestida con un hanbok carmesí bordado en oro, se volvió lentamente, inclinando apenas la cabeza.
—Vuestra Majestad, qué honor recibirla —dijo con una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
—¿Honor? —replicó la Reina—. ¿Llamas honor a llenar el aire de frivolidades, a un día de la boda real?
Las jóvenes nobles que la rodeaban se postraron temblorosas. Ra-hee, sin embargo, sostuvo su mirada.
—Solo sigo el ejemplo de la Dama Eun-chae, que tuvo permiso para salir al pueblo y pasear entre plebeyos. ¿Acaso no merezco yo disfrutar de un momento de alegría?, supuse que yo también podría permitirme un respiro dentro de los muros del palacio. Mañana será un día importante, después de todo.
Las palabras resonaron como una nota disonante. Yeon-hwa avanzó un paso, su sombra cubriendo el rostro de Ra-hee.
—Tu lugar es aquí, y tu conducta debe reflejar el respeto que exige tu posición. No olvides que el sol puede calentar, pero también quemar.