El silencio después del desmayo fue como una ola que arrasó con todo sonido del palacio.
En la oscuridad de su inconsciencia, Yeon-hwa escuchó aquella voz otra vez —lejana, como si viniera desde las entrañas del tiempo—.
"Ten cuidado con las serpientes que visten seda... ellas beberán lágrimas antes que sangre, y ninguna flor del imperio volverá a florecer si el eclipse mancha el cielo del palacio."
Aquella profecía se mezcló con el recuerdo del día en que puso por primera vez un pie en el palacio imperial, cuando las campanas repicaban con solemnidad y el aire olía a madera recién lustrada y a incienso bendito.
Pero ahora, en su visión, el aroma se tornaba amargo, y sobre los tejados curvados de jade descendía una sombra: el eclipse.
Una marea oscura la envolvió, y sintió que su cuerpo era arrastrado hasta el fondo del agua, donde las plegarias se mezclaban con gritos y los rostros de quienes amaba se difuminaban en penumbra.
Entonces... una voz conocida la llamó desde la superficie.
—Yeon-hwa... —era la voz temblorosa del Rey Andheon—. Mi luz... regresa, por favor...
El eco se quebró, y ella abrió los ojos de golpe.
La luz del amanecer filtraba un resplandor dorado sobre las cortinas de seda. El rostro de Andheon, pálido de preocupación, se cernía sobre el suyo.
—Te exigiste demasiado —susurró él, sosteniéndole la mano—. Ya me informaron lo sucedido... debes descansar. Has cargado sola con el peso del palacio.
Ella trató de incorporarse, mas el peso de la debilidad la ancló a las sábanas de lino. Un temblor leve recorrió su cuerpo cuando el médico real entró acompañado por Ma-ri, trayendo una vasija humeante. El olor a ginseng llenó la estancia.
—Su Majestad necesita reposo absoluto —dijo el médico inclinando la cabeza—. La fiebre del corazón vuelve cuando la preocupación no cesa.
Ma-ri, con los ojos enrojecidos, se acercó y colocó la bandeja sobre la mesa baja de jade.
—He preparado la medicina con polvo de raíz fresca, Majestad. Su aroma es fuerte, pero ayudará a calmar el pulso.
Yeon-hwa asintió débilmente. Tomó la taza entre sus manos y bebió un sorbo. El sabor era amargo, pero lo soportó con dignidad. Había aprendido que el deber tenía, casi siempre, el mismo gusto.
—Desde niña tomo estos brebajes —dijo ella con voz apagada—. A veces siento que el cuerpo no responde... pero no puedo detenerme. El deber, aunque me pese, es lo único que mantiene la corona sobre nuestras cabezas.
Andheon le besó las manos, con un gesto que mezclaba ternura y desesperación.
—Mi mundo sería una oscuridad sin ti —susurró contra su piel—. El fénix aún no puede partir... no mientras su fuego ilumine este trono.
Ella sonrió apenas. El cansancio le nublaba la vista, pero su corazón halló consuelo en aquel instante.
El médico y Ma-ri se retiraron, inclinándose profundamente. Antes de salir, el hombre anunció:
—Esta mezcla fue preparada por Ma-ri. Confío en que su Majestad recupere fuerzas antes del amanecer.
El silencio regresó. Afuera, el viento nocturno agitaba los faroles del pasillo.
Yeon-hwa se recostó y habló con voz tenue:
—Tuve un sueño... un presagio, Andheon. La chamán me habló del eclipse, del peligro que se avecina... y de las lágrimas que yo misma derramaré. —Una punzada le atravesó el pecho. Llevó la mano al corazón, ahogando un gemido—. Siento que algo... va a romperse.
Andheon la sostuvo, alarmado, pero ella negó suavemente.
—No temas. Es el cansancio. Lo que me duele... es ver cómo el destino se cierne sobre nosotros.
—Entonces deja que mi compañía sea tu medicina —dijo él, acercando su frente a la suya—. El reino puede esperar un día más.
Yeon-hwa asintió, sintiendo el calor de sus manos. Pero antes de que el sueño la arrastrara, Andheon añadió:
—Antes de que llegaras, vino Seo Ji-won. Trajo un licor de arroz de su familia, como ofrenda por el matrimonio de mañana. Dijo que era símbolo de prosperidad y longevidad.
Ella sonrió débilmente.
—Será un placer agradecerle mañana... si los cielos lo permiten.
Cerró los ojos, rogando en silencio que los dioses escucharan su plegaria:
Que no se derrame sangre bajo el cielo del imperio.
El silencio respondió con un murmullo antiguo, como si la tierra misma contuviera el aliento.
Entre las sombras, la noche pareció inclinarse ante la promesa de un nuevo día.
El amanecer del día siguiente se alzó con el estruendo de tambores, el resplandor del oro y el murmullo incesante de sirvientas corriendo por los pasillos.
El Palacio de la Grulla Dorada hervía de actividad. Los patios se cubrían con faroles carmesí y estandartes imperiales. El aroma del incienso de loto y sándalo flotaba en el aire, mezclado con la dulzura del arroz cocido que se ofrecía en los altares.
Era el día de la boda imperial del Rey Jun-su con la Dama Eun-chae, y también la jornada del nombramiento oficial de la Cuarta Consorte, Dama Ra-hee.
Un día que debía traer bendición... y que, sin embargo, muchos presentían como un presagio.
Desde el amanecer, Eun-chae fue bañada en agua de flores de ciruelo, tal como dictaban las costumbres ancestrales.
Las nain, bajo la supervisión de la Dama Je, siguieron con precisión cada movimiento: perfumar su piel, peinar su cabello con aceite de camelia, vestirla capa tras capa en seda roja y dorada.
El Jeokui resplandecía, bordado con fénix que parecían alzar vuelo al compás de su respiración. Sobre su cabeza, el Daesu-meori, pesado y majestuoso, brillaba con destellos de oro y zafiro.La Reina Madre Yeon-hwa le había otorgado además un binyeo dorado con la figura de un fénix, símbolo de poder y renacimiento.