El alba llegó teñida de rojo.
Sobre los techos curvados del Gyeongbokgung, la luz del amanecer se extendía como una herida abierta en el cielo. El viento arrastraba el aroma del pino y el incienso, mezclado con el lejano tañido de un gong. Era como si el reino entero respirara con cautela después de la noche que unió al Dragón y al Fénix.
Eun-chae despertó lentamente, con los párpados pesados, envuelta en el calor del ondol. A su alrededor, las cortinas de seda del pabellón Gangnyeongjeon flotaban suavemente con la brisa. El dosel imperial aún guardaba el aroma de las lámparas de loto y del incienso nupcial que había ardido toda la noche.
Sintió un brazo rodear su cintura y un suspiro rozarle la nuca. El cuerpo del rey Jun-su la sostenía con ternura. Sus dedos entrelazaron los suyos, y un beso cálido descendió hasta su frente.
—El cielo aún sangra, pero tú eres mi amanecer —susurró él.
Eun-chae sonrió, el rubor volviendo a sus mejillas. Su voz fue apenas un hilo de aire.
—Entonces, que tu reina te acompañe hasta que ese rojo se disipe.
Jun-su acarició una hebra suelta de su cabello, el brillo del binyeo dorado reflejando la primera luz del día. Por un instante, todo fue silencio: el murmullo del viento, el canto de las grullas a lo lejos, y el palpitar sereno de dos almas que habían sellado su destino.
Pero la paz no dura en los palacios.
En los aposentos de la reina madre el ondol crepitaba suavemente bajo el suelo, pero el aire estaba helado.
El olor a hierbas medicinales flotaba entre las cortinas bordadas con grullas, donde la Reina Madre Yeon-hwa yacía en su lecho. Su piel, pálida como el jade, apenas mostraba señales de vida.
La Dama Oh sostenía un cuenco humeante con raíces de lirio, mientras la uinyeo Ma-ri aplicaba compresas en su pecho. Pero un espasmo repentino recorrió el cuerpo de la Reina Madre; sus dedos se crisparon sobre las sábanas, y un hilo de tos rompió el silencio.
El sonido se volvió más áspero, más profundo, hasta que un chorro de sangre oscura manchó el pañuelo blanco de seda... y luego el borde de su hanbok, extendiéndose como una flor maldita.
—¡Su Majestad! —gritó la Dama Oh, paralizada, al ver la sangre expandirse sobre la tela.
En ese momento, el Rey Andheon irrumpió en la habitación. Su semblante, usualmente sereno y majestuoso, se quebró al ver el rojo manchando la blancura del lecho.
—¡Llamen al médico real! ¡De inmediato! —rugió, arrodillándose junto a ella y tomándole la mano temblorosa.
Los eunucos salieron corriendo, y el sonido de sus pasos resonó por los corredores.
El médico real Han llegó jadeante, el gorro torcido, sosteniendo sus rollos de recetas con las manos temblorosas. Se inclinó profundamente antes de revisar su pulso, sus labios, sus ojos vidriosos.
El silencio se volvió insoportable.
Finalmente, el médico habló, su voz baja como un rezo:
—Su Majestad... su corazón está debilitado. Si esta tos continúa con sangre, temo que... no nos acompañará por mucho tiempo.
Las palabras cayeron como piedra sobre el pecho del rey.
Andheon se levantó, la furia y la desesperación fundiéndose en una sola mirada.
—Entonces busca lo imposible, ¿me oyes? Trae las mejores hierbas de las provincias, convoca a los médicos del sur y del norte. ¡Haz lo que sea necesario, pero sálvala!
El médico se inclinó hasta tocar el suelo con la frente.
—Obedeceré, Su Majestad. Dejaré a la uinyeo Ma-ri vigilando su pulso hasta mi regreso.
La Reina Madre abrió los ojos con dificultad, su voz un hilo frágil.
—Andheon... deja que el cielo decida. No cargues esta culpa.
El rey apretó su mano manchada de rojo.
—No digas eso. Los cielos me la deben, Yeon-hwa. No dejaré que te arrebaten de mí otra vez.
El rostro de ella se relajó por un instante, y el viento movió las cortinas, dejando ver la luz roja del amanecer entrar en la habitación, tiñendo todo de un tono ominoso.
Fuera del pabellón, los rumores ya comenzaban a expandirse.
La Dama Bi-che, llevando una bandeja con té de loto hacia los aposentos de la Cuarta Consorte, se detuvo al ver pasar al médico real con el rostro tenso y los eunucos corriendo detrás.
Sus ojos se entrecerraron. Dio media vuelta y llamó a una de sus nain.
—Síguelo. No te atrevas a hablar. Escucha y regresa antes de que la luna cambie de sombra.
La joven asintió y desapareció por el corredor.
Bi-che retomó su camino hacia los aposentos de la Cuarta Consorte Ra-hee, donde el aire olía a aceite de camelia y flores de ciruelo.
Ra-hee estaba de pie frente a su tocador, el espejo de bronce reflejando su rostro sereno, casi demasiado sereno.
—Mi señora —dijo Bi-che, inclinándose—. El médico real fue llamado de urgencia a los aposentos de la Reina Madre. Dicen que su estado es grave.
Ra-hee escuchó las palabras de Bi-che sin siquiera voltear la mirada. El sonido del cepillo deslizándose por su cabello era lo único que rompía el silencio del pabellón.
El reflejo del espejo de bronce devolvía la imagen de una mujer serena, pero en sus ojos brillaba algo más oscuro que la noche sobre el Gyeongbokgung.
—Así que la Reina Madre se desvanece —murmuró con voz suave, casi musical—. Los cielos, por fin, comienzan a escuchar mis plegarias.
Dejó el cepillo a un lado, y sus dedos —delgados, impecables— rozaron el borde de la mesa lacada como si dibujaran una estrategia invisible.
Bi-che se mantuvo de pie, con la bandeja temblándole apenas entre las manos.
—¿Desea que mande aviso a su señor padre, mi señora? —preguntó con cautela.
Ra-hee soltó una breve risa, tan elegante como helada.
—¿Avisar? No, Bi-che. No todavía. Primero dejemos que el palacio se llene de murmullos... que los eunucos corran y las damas lloren por los pasillos. El caos es un arte, y yo quiero disfrutar cada trazo.