El invierno antes del eclipse

Capítulo 24: El azote de la serpiente

El viento nocturno soplaba entre los pabellones del clan Kang, haciendo que las linternas de papel danzaran con un temblor espectral. El aroma del incienso de loto se mezclaba con el de la tierra húmeda, y el cielo —sin luna— parecía contener el aliento, como si hasta los dioses temieran lo que esa noche iba a suceder.

El sonido de los pasos de los portadores del palanquín quebró el silencio.
La cuarta consorte, Ra-hee, descendió con la elegancia de una sombra que conoce su propio poder. El hanbok negro que llevaba parecía beberse la luz: seda oscura, bordada con crisantemos plateados, símbolo del duelo y del renacer tras la muerte. Cada pétalo brillaba bajo las linternas, como si ocultara secretos antiguos.

Cada pétalo brillaba bajo las linternas, como si ocultara secretos antiguos

El capitán Kyung-ho la esperaba al pie de las escaleras. Su armadura reflejaba un tono de bronce bajo la noche, y sus ojos, fijos en ella, tenían la lealtad de un soldado y la devoción de un amante.
Cuando ella se acercó, él la tomó por la muñeca con un impulso contenido, y antes de que los guardias apartaran la mirada, la atrajo hacia sí y la besó. Fue un beso sin dulzura, una promesa escrita con fuego y peligro.

Ra-hee rozó con sus dedos el cuello del capitán, y sus labios se curvaron apenas.
—Quédate fuera —susurró él con voz ronca—. Si algún espía se atreve a acercarse... no volverá a ver el amanecer.
Ella le sonrió, deslizando la yema de sus dedos por su mejilla.
—Protégeme bien, Kyung-ho. Esta noche deseo terminar pronto... porque quiero que sea solo nuestra.
Sus palabras se deslizaron entre ambos como veneno dulce, y el capitán inclinó la cabeza, perdiéndose un instante en el aroma de su cabello antes de apartarse.

La dama Bi-che se adelantó, inclinándose.
—Agama Mama, los ministros y su señor padre ya la esperan.
Ra-hee asintió, ajustándose el jeogori con una calma impecable.
El corredor hacia el salón principal estaba iluminado por lámparas de aceite, y el eco de sus pasos resonaba como un tambor de guerra. Cuando cruzó las puertas, los ministros del Uuijeong se levantaron de inmediato, inclinando la cabeza. El aire olía a sándalo y vino agrio, y la tensión flotaba como una tela invisible entre las columnas.

En el centro, Lord Kang Dae-ho, su padre, la observaba. En sus ojos se mezclaban el orgullo y el temor: veía en su hija su propia ambición, pero multiplicada, refinada, perfeccionada.

Ra-hee tomó asiento a su lado con la postura de una emperatriz sin corona.
Sus manos reposaban sobre el regazo, sus labios apenas curvados, y cada palabra que brotaba de su boca sonaba a decreto.
—No se impacienten —dijo, su voz firme, casi susurrante—. El cielo pronto mostrará el eclipse negro, y cuando esa sombra caiga sobre Joseon... todos estarán bajo mi control. Porque en mi vientre late el futuro heredero del trono.

El silencio se quebró con un murmullo de asombro.
Luego vino la euforia.
El Ministro Hwang Gok-su, de voz áspera y rostro curtido como tierra seca, se levantó exaltado.
—¡Un príncipe digno del trono! ¡Que los cielos bendigan su vientre y al clan Kang por tan glorioso destino!
Las copas de porcelana se alzaron; el licor de arroz tembló en la luz anaranjada.

Lord Kang la abrazó, la emoción endureciendo su voz.
—Mi nieto será el rey más grande de Joseon. Pero debemos anunciarlo antes de que la Reina Madre cierre los ojos.
Ra-hee lo miró de lado, y una sonrisa apenas perceptible le curvó los labios.
—Abeoji... aún no.
El anuncio será en la ceremonia de la amistad entre la Gran Ming y Joseon.
Quiero que los enviados del emperador escuchen mi verdad: que el hijo que llevo en el vientre es legítimo ante el cielo y la tierra.

Su risa, suave y peligrosa, llenó el salón.
Lord Kang la observó con una mezcla de admiración y miedo.
—Te eduqué bien —dijo con una carcajada grave—. El poder no se pide, hija mía... se arranca, aunque cueste la vida.

El Ministro Seo Myung-jin, delgado y de ojos hundidos como los de una serpiente que muda la piel, habló con voz envenenada.
—Agama Mama, ¿y qué haremos con la Reina Madre?
Ra-hee apoyó sus dedos sobre la mesa, uno a uno, como gotas cayendo en un cuenco vacío.
—La ayudaremos a descansar —respondió con dulzura mortal—. Enviaré hierbas al Pabellón del Médico Real. No hay diferencia entre medicina y veneno... cuando quien las administra tiene fe en el resultado.

Un silencio denso cubrió el salón.
El Ministro Baek Wol-ryun, de barba canosa y mirada de lobo viejo, carraspeó.
—Los príncipes están buscando curanderos fuera del palacio. Deberíamos cortar esas alas antes de que vuelen demasiado alto.
Ra-hee alzó la vista; sus ojos brillaron con el reflejo de las velas.
—Si ese es el caso, enviad hombres a interceptarlos. Nadie debe llegar a palacio con remedios.
Mientras más pronto muera la Reina Madre... más rápido nacerá mi reino.

Los ministros se miraron entre sí y asintieron.
Las risas llenaron la sala, entre el tintineo de las copas.
Cuando el vino se acabó y la noche avanzó, Ra-hee se inclinó hacia su padre.
—Debo regresar al palacio. Enviaré hombres de mi confianza para cuidar esta casa.
Lord Kang soltó una risa ronca.
—Un lobo viejo aún sabe morder, hija mía. Ve. Los dioses están observando, y creo que esta vez... se inclinarán ante ti.




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