La noche había caído sobre Gyeongbokgung con un peso extraño, casi sobrenatural, como si los cielos hubieran descendido unos centímetros para vigilar cada paso que diera la familia imperial. Las nubes, densas y bajas, parecían detenerse justo encima de los tejados azules, atrapando el calor de las lámparas y devolviéndolo convertido en un vapor inquieto que hacía vibrar el aire.
Las linternas de aceite apenas proyectaban halos trémulos sobre los largos pasillos. El viento que cruzaba entre los pilares rojos gemía como un espíritu cansado, arrancando suspiros incluso a los eunucos más veteranos. Cada sombra parecía alargarse con intención; cada sonido parecía esconder un mensaje.
Era una noche que no quería pasar desapercibida.
Era una noche que estaba esperando escuchar algo.
El Salón Injeongjeon estaba en silencio.
Un silencio que dolía.
Solo el crepitar de las lámparas de aceite rompía la quietud, mientras columnas imponentes proyectaban sombras profundas que parecían tragarse la poca luz disponible.
El rey Jun-su estaba sentado en su trono, pero ni su postura ni su mirada pertenecían a un monarca. Sus ojos estaban perdidos, rojos por el cansancio, el dolor y la reciente noticia del embarazo de la cuarta consorte. Su respiración era corta, entrecortada, como si el peso de Joseon entero presionara sus costillas.
Era un rey.
Pero también era un hijo que estaba perdiendo a su madre.
Li Wei-jian se inclinó profundamente, con respeto pero también con urgencia.
—Jeonha... —susurró, su voz firme pese al temblor del ambiente—. Esta noche no debe dejarse arrastrar por la bruma del palacio. Un rey... es la luz que corta la niebla, incluso cuando esa niebla nace dentro de sus propias murallas.
La cabeza del rey se levantó bruscamente.
Esa audacia... esas palabras...
Eran exactamente lo que su alma necesitaba escuchar.
—Wei-jian... —respiró, agotado— no tienes idea de cuán necesaria es tu voz en este momento...
El enviado juntó las manos detrás de la espalda, conteniendo el temblor.
—Los tributos de este año pueden esperar, jeonha. El ginseng rojo, las sedas reales, los doce caballos que Joseon envía como ofrenda anual... todo puede quedar en pausa.
—Su voz se quebró apenas—. La vida de la Reina Madre debe ser prioridad.
Dejó caer una rodilla al suelo, inclinándose más profundamente.
—Yo mismo viajaré para traer a un sanador imperial. El mejor. Uno que ha servido a la familia de mi emperador. Uno en quien confío con mi vida.
El aliento del rey tembló.
—¿Harías eso... por nosotros? —preguntó con una incredulidad vulnerable—. Por mi eomeoni...
Wei-jian alzó la vista con sinceridad absoluta.
—No solo por diplomacia, jeonha.
Siento un profundo aprecio por su familia imperial.
Joseon... ha sido un segundo hogar para mí.
Por primera vez en días, la expresión del rey se suavizó.
Era tenue, frágil, pero era luz.
—Acepto tu ayuda —susurró, con voz temblorosa—. Y los cielos serán testigos de mi bendición en tu viaje.
Pero... —miró alrededor, inquieto— debes ser cauteloso. Las paredes escuchan.
El enviado asintió.
Él ya lo sabía.
Antes de retirarse, volvió a inclinarse.
—Jeonha... —dijo en un hilo de voz—. Esté atento.
No todos en este palacio desean que su madre vea el amanecer.
La luna estaba alta cuando Li Wei-jian cruzó el patio central de regreso a sus aposentos. El aire olía a incienso frío y a hierba recién cortada; la noche parecía contener la respiración.
Fue entonces cuando una figura se interpuso en su camino.
—Enviado Li Wei-jian —dijo una voz suave, clara, que parecía romper la oscuridad.
Él se detuvo.
La princesa Ji-ah emergió de entre las sombras, iluminada por la tenue luz de una lámpara cercana. Su hanbok azul pálido ondeaba con la brisa, y sus ojos, aún cansados por días de angustia, brillaban como dos estrellas determinadas a no apagarse.
Wei-jian se inclinó.
Pero para su sorpresa, ella también lo hizo.
—Agassi... —susurró él, sorprendido—. No esperaba verla tan tarde.
Ji-ah respiró profundo.
—Iba a ver a mi hermano jeonha... pero los cielos quisieron que primero me encontrara contigo.
Wei-jian tragó saliva.
Ella siempre lograba derrumbar su compostura diplomática.
Se acercó un poco, bajando la voz.
—Partiré esta misma noche. Yo... cumpliré mi promesa. Traeré al sanador para su eomeoni.
Los ojos de Ji-ah se abrieron, brillando con emoción.
—Entonces... —su voz tembló— iré contigo.
Wei-jian casi retrocedió.
—Agassi, ¡no! El viaje es peligroso. Usted ya hace suficiente por la Reina Madre. Sus hermanos—
—¡Justamente! —lo interrumpió ella, con un dolor que se oía quebrarse entre cada palabra—. Todos pueden hacer algo... excepto yo.
¿Qué esperan que haga? ¿Que borde pañuelos mientras mi madre se desvanece? ¡Aniyo!
También soy hija... también soy princesa. Sé montar, sé defenderme. ¡No quiero ser inútil!
La fuerza de su voz lo dejó sin aire.
Wei-jian bajó la mirada, derrotado por la sinceridad de su corazón.
—Agassi... por favor... reconsidérelo...
—No me subestime. —Ella puso una mano sobre su pecho—. Si este camino salva a eomeoni... yo lo seguiré.
Te veré al caer la tarde.
Y entonces lo hizo.
Se inclinó apenas... y lo besó en la mejilla.
Fue un roce suave, cálido, imposible de olvidar.