La Reina Madre Yeon-hwa respiraba con dificultad, como si cada aliento fuera un hilo fino que luchaba por no romperse. La luz tenue del amanecer se filtraba a través de las cortinas de seda, proyectando reflejos dorados sobre su piel pálida. Dama Oh, silenciosa como una sombra fiel, le colocó un paño tibio sobre la frente. Pero Yeon-hwa no sintió el calor. Su mente ya había escapado de ese cuerpo cansado.
Había regresado...
A un lugar donde aún era joven.
A un tiempo donde aún sabía sonreír sin miedo.
A un recuerdo que había querido enterrar, pero que ahora resurgía con la fuerza de un río desbordado.
Y la lluvia comenzó a caer nuevamente.
El bosque entero parecía contener el aliento. La lluvia golpeaba el techo de tejas viejas de la pequeña cabaña abandonada, como si miles de dedos invisibles llamaran desesperados a la puerta. Dentro, el aire era húmedo, frío, impregnado del aroma a tierra mojada y pino recién abierto.
Yeon-hwa, una joven de rostro delicado y ojos grandes como la luna de otoño, abrazaba las mangas de su hanbok azul pálido para protegerse. Sus dedos temblaban, no solo por el frío, sino por la mezcla de nervios, miedo... y algo más profundo.
—Deberíamos haber regresado hace horas... —murmuró, su voz tan suave como un pétalo flotando en el agua—. Mi padre... él estará muy molesto.
La joven mordió su labio inferior, incapaz de ocultar la preocupación que agitaba su pecho.
Seo Ji-won, empapado por la lluvia hasta los hombros, la observó con una ternura que parecía contener el universo entero. Su ropa oscura se pegaba a su piel, y el vapor que emanaba de su cuerpo cálido llenaba la cabaña con un ligero halo. Se acercó lentamente, como si temiera asustarla, y con un dedo levantó su mentón.
—Yeon-hwa-ya... mírame.
Su voz era baja, profunda, cargada de una calidez que hacía vibrar el aire.
—No tienes por qué temer. En cuanto la lluvia calme, te llevaré de regreso. Nadie... absolutamente nadie podrá tocarte mientras yo esté contigo.
Ella apartó la mirada, sintiendo cómo sus mejillas ardían a pesar del frío. Cada palabra que él pronunciaba atravesaba sus defensas como si hubieran sido escritas para ella desde su nacimiento.
Ji-won sonrió. Una sonrisa suave, casi triste. Y entonces inclinó su rostro.
El primer beso fue casi un roce.
Una caricia de lluvia.
Un suspiro compartido.
El aroma de él —a bosque, a madera húmeda, a hombre— la envolvió, y Yeon-hwa sintió que el mundo se hacía pequeño... tan pequeño que solo quedaban sus dos cuerpos respirando uno frente al otro.
Cuando él separó apenas sus labios de los de ella, murmuró con la frente apoyada en su mejilla húmeda:
—Así te encontré aquel día... empapada bajo la tormenta, temblando como un cervatillo. Pero aún así eras la mujer más hermosa que los cielos pudieron crear. Y ahora...
Sus dedos se hundieron con suavidad en su nuca.
—Ahora eres mía.
El corazón de Yeon-hwa pareció detenerse.
—No digas eso... —susurró ella, con la voz temblorosa y los ojos llenándose de lágrimas—. Tú sabes que fui llamada al palacio. Debo irme en la próxima luna llena. No puedo... no debo...
Pero Ji-won la abrazó con fuerza, como si la vida dependiera de ello.
—Entonces dejemos que los cielos sean uno... solo por esta tarde.
El segundo beso no tuvo timidez.
Fue profundo.
Fue ardiente.
Fue inevitable.
Los labios de Ji-won eran cálidos y desesperados. Sus manos recorrieron las curvas delicadas del hanbok de ella con una reverencia casi sagrada. Yeon-hwa respondió con miedo, sí... pero también con un deseo puro, naciente, imposible de contener.
El cuerpo de ella temblaba bajo el suyo, no de frío, sino de emoción.
Sus respiraciones se mezclaron, se enredaron.
La lluvia marcaba el ritmo del latido de ambos corazones.
Fue en esa cabaña, bajo un cielo que lloraba por ellos, donde dos jóvenes entregaron su inocencia, su amor, su futuro... uno al otro.
Con la torpeza dulce de los primeros amores.
Con la intensidad que solo la juventud puede regalar.
Un instante eterno.
Una eternidad fugaz.
La lluvia cesó.
Y con ella, su felicidad.
El silencio del bosque era tan pesado que casi dolía. Yeon-hwa caminaba a su lado, los dedos entrelazados con los de Ji-won como si aún temieran soltarse, como si supieran que ese momento era el último.
Bajo el gran roble de la entrada a su hogar, Ji-won se detuvo. Su rostro ya empezaba a endurecerse con el dolor de lo que sabía que venía.
De su manga sacó un pequeño adorno de jade, tallado en forma de flor de loto.
La piedra verde brilló como un pedazo del cielo justo antes del amanecer.
—Para que no olvides este día...
Sus palabras se quebraron un instante.
—Para que no me olvides a mí.
Yeon-hwa lo tomó con manos temblorosas. Las lágrimas comenzaron a caer, silenciosas, desgarradoras.
—Podemos huir... Ji-won-ah... —la voz se le rompió—. Podemos ir al sur. Podemos ser libres. No es tarde... no lo es...
Él la abrazó contra su pecho, sintiendo su llanto empaparle la ropa.
—Sí lo es.
Le secó las lágrimas con el pulgar, con la suavidad de un hombre que teme romper lo que ama.
—Sería egoísta de mi parte. El palacio te espera... y ese es tu destino. No puedo robarlo. Pero...