La noche se había cerrado completamente cuando Li Wei-jian decidió que era momento de detenerse.
El bosque se extendía a su alrededor como un mar oscuro; los troncos se alzaban hacia el cielo como columnas de un templo antiguo, y entre sus copas el viento susurraba en una lengua que solo los árboles entendían. Las luciérnagas flotaban en remolinos suaves, encendiendo y apagando su luz como pequeños gwishin benévolos que bendecían el camino.
—Acamparemos aquí, Gongju-nim —dijo con calma, desmontando del caballo—. El sendero parece seguro y escuché un arroyo no muy lejos. Tendremos agua y refugio.
La princesa Ji-ah descendió también, aún con el corazón palpitando por la mezcla de emoción y miedo. La hierba estaba húmeda bajo sus zapatos, y el aire olía a tierra fría, a hojas mojadas y a libertad.
Wei-jian, acostumbrado a los viajes, reunió unas ramas secas, las acomodó con precisión y encendió el fuego con una destreza que delató años de camino. Pronto, una pequeña llama empezó a crecer, pintando sus rostros con reflejos anaranjados.
Desató de su montura una pequeña olla de bronce y sacó de su bolsa de viaje trozos de carne seca, tiras de nabo, jengibre y un polvo de hierbas cuidadosamente envuelto en papel aceitado. El aroma empezó a llenar el claro del bosque.
—Es una receta sencilla de mi tierra —explicó, removiendo con una cuchara de madera—. Rou geng tang. Calienta el cuerpo... y también tranquiliza el espíritu.
Ji-ah lo observaba en silencio, sentada sobre una manta doblada, con las manos sobre las rodillas. La imagen le resultó extraña y, a la vez, terriblemente humana: un enviado imperial, no como figura solemne de ceremonia, sino como un hombre más, inclinado sobre una pequeña olla, concentrado en que la sopa no se pegara.
Una sonrisa suave se le escapó.
—Huele delicioso... gomawo, Li gongja —murmuró—. No recuerdo la última vez que probé algo preparado fuera de las cocinas del palacio.
Él levantó apenas la vista, ligeramente sorprendido por el tono cálido de su voz, y respondió con otra sonrisa, tímida, casi juvenil.
—Espero que le agrade, Gongju-nim. No es digno de un banquete real... pero al menos no la dejará con hambre.
Cuando la sopa estuvo lista, el vapor subió en espirales blanquecinas hacia el cielo oscuro. Ji-ah tomó el cucharón para servir en dos pequeños cuencos de madera. El calor le golpeó el rostro; sus pestañas se humedecieron, la visión se nubló por un instante. Inclinó la olla un poco más para servir mejor...
Y el caldo hirviendo estuvo a punto de volcarse sobre su mano.
—¡Ah!— exclamó, retrocediendo, pero demasiado tarde.
Wei-jian se movió antes de pensar. Tomó su muñeca, giró la olla con la otra mano y desvió el chorro de líquido. El caldo apenas rozó la punta de los dedos de la princesa... pero ardió sobre su propia piel.
El quiebre ahogado de su respiración delató el dolor.
—¿Estás bien, Gongju-nim? —preguntó, sin soltarla.
Ji-ah parpadeó, aturdida. Luego vio la piel enrojecida de su muñeca.
—¡Su mano...! Está roja... se quemó por mi culpa...
Sin pensarlo, se arrodilló frente a él, tomó la falda interior de su hanbok y rasgó un trozo de tela con una determinación que contrastaba con su delicadeza. El sonido del tejido cediendo bajo sus dedos resonó entre las ramas, pequeño pero firme.
Con manos cuidadosas, envolvió la muñeca de Wei-jian. Sus dedos temblaban un poco, pero su mirada estaba fija, concentrada en curarlo.
—Tengo un ungüento del médico real —murmuró, rebuscando en su pequeño bolso de viaje—. Siempre lo llevo conmigo... porque siempre he sido algo torpe. Me he caído de más árboles de los que debería admitir.
Soltó una risa suave, apenas un murmullo cristalino que se mezcló con el crepitar del fuego.
Wei-jian la contempló en silencio, sintiendo el calor de la quemadura... y otro, más profundo, crecer en el pecho.
—No hay nada más hermoso... que una tormenta decidida —susurró al fin—. Una persona que no teme romper un pedazo de seda real con tal de salvar a otro.
Ji-ah se detuvo un segundo. El rubor le subió a las mejillas, cálido, inevitable.
—Gracias... por protegerme —dijo, casi en un hilo.
Él negó despacio, la mirada clavada en sus manos pequeñas, manchadas de ungüento.
—Si mañana quiere agradecerme... llegará conmigo al puerto —respondió con suavidad—. Si avanzamos bien, al atardecer alcanzaremos un pequeño pueblo. Al tercer día... estaremos cerca del lugar donde embarcaremos hacia la Gran Ming. Mientras usted esté a salvo, mi mano bien puede soportar un poco de dolor.
Ella apretó los labios, conmovida.
—Haces tanto por mí... por mi familia. No quiero ser una carga, Li gongja.
—Jamás sería una carga, Gongju-nim —contestó, firme, sin dudar—. Su presencia hace que este viaje deje de ser solo un deber... y se parezca un poco más a un propósito.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino denso de cosas no dichas.
El viento fue despejando algunas nubes, y de pronto el cielo se abrió sobre ellos: una manta inmensa salpicada de estrellas que parecían más cercanas que nunca.
Ji-ah levantó la vista, con los ojos muy abiertos.
—Nunca las había visto así... tan claras —susurró—. En palacio, siempre hay techos, faroles, humo de incienso... Pero aquí... parecen casi al alcance de la mano.
Wei-jian siguió la dirección de su mirada.
—En mis viajes —dijo— aprendí que el cielo es el único lugar que no conoce fronteras. Cambian los palacios, las lenguas, los tronos... pero las estrellas siguen en su sitio. Nos miran a todos por igual.
Sin darse cuenta, al mover la mano vendada, su otra mano rozó los dedos de ella.
Fue apenas un toque.
Una chispa mínima.
Pero suficiente.
Ji-ah sintió el cosquilleo subirle por el brazo, directo al pecho.
No retiró la mano.
—S-siento si fue inapropiado— murmuró él, retirándose apenas un poco, los ojos buscando cualquier lugar menos el suyo.