El jefe final que no quiere ser derrotado

Capítulo 36: un encuentro nada esperado

Varias horas habían transcurrido desde que aquel vínculo se estableció, y el Bosque Cambiante ya no se sentía como un laberinto sin salida: ahora parecía responder ante ellos.

Bajo la tierra, el enorme cuerpo del Gusano de Pantano se deslizaba con una lentitud que lo hacía casi invisible, y cada vibración que golpeaba su piel llegaba hasta la mente de Aoi como si fuera propia. Las raíces se retorcían, los troncos se desplazaban metros enteros, las bestias pasaban rozando el suelo… todo se dibujaba en su cabeza como un mapa vivo, palpitante y en constante movimiento.

—Es como si el propio bosque me contara lo que hace… —murmuró con una media sonrisa.

No necesitaba mirar para saber cuándo un grupo de árboles comenzaría a cerrar el paso, ni hacia dónde se abriría la senda que antes no existía. Gracias a esa percepción prestada, siempre iban unos segundos por delante del cambio. Lo que para cualquier otro jugador era caos absoluto, para él se había convertido en un ritmo que podía seguir.

Mientras tanto, su equipo velaba sin descanso. Fern patrullaba los alrededores, y cualquier criatura que osara acercarse demasiado desaparecía bajo sus fauces o era derribada de un zarpazo. Lyn surcaba el cielo como una hoja llevada por el viento, golpeando y alejando amenazas antes de que siquiera supieran que estaban allí. Regulus vigilaba desde las copas más altas, con el fuego siempre listo en sus fauces. Y muy por debajo, Puddle seguía trabajando con la misma calma de siempre, absorbiendo hierbas, flores y minerales que el suelo les ofrecía sin detenerse.

Aoi descansaba sentado sobre las raíces gruesas y rugosas de uno de los árboles vivientes. Al descubrir que solo se movían por instinto y no atacaban a menos que se les provocara, había establecido un contrato breve con él: ahora el árbol caminaba con pasos lentos y pausados, llevándolo consigo como si fuera una torre de observación en movimiento. El balanceo era tan suave que apenas se sentía, y el viento que soplaba entre las hojas lo envolvía con un aroma a resina y tierra húmeda.

—Nadie más podría avanzar así… —pensó en voz baja—. Sin el Gusano, seguiríamos dando vueltas en círculos.

Pero en ese instante, su semblante se transformó.

Algo rompía aquella armonía. Cerró los ojos y se concentró en la corriente de sensaciones que le llegaba desde el subsuelo: los árboles, las raíces, los pequeños animales… todo seguía su curso. Hasta que una vibración muy leve, casi imperceptible, se abrió paso entre el resto.

No era el desplazamiento de un tronco. No era el peso de una bestia. Era un roce minucioso, cuidadoso, como si alguien tratara de colocar los pies con extrema prudencia, intentando que ni siquiera el suelo notara su paso. Alguien que se escondía.

Aoi abrió los ojos despacio.

Podía ser una presa que huía de algo mucho mayor… o podía ser alguien de su misma especie. Y cualquiera de las dos opciones le ponía en guardia: si era un monstruo, significaba que había depredadores que incluso el bosque respetaba; si era un jugador, la pregunta era inevitable: ¿por qué ocultarse en lugar de buscar una salida?

Llevó dos dedos a los labios y soltó un silbido corto y agudo.

Menos de tres segundos después, una sombra plateada surcó entre los troncos: Fern apareció a su lado, frenando con las patas delanteras hundidas en la tierra y alzando la mirada hacia él. El árbol viviente comprendió la urgencia y dobló una de sus raíces más fuertes, formando una rampa natural por la que Aoi bajó con agilidad hasta quedar instalado nuevamente sobre el lomo del lobo.

—Vamos —ordenó en un susurro.

Fern salió disparado al instante, abriéndose paso entre la vegetación sin dudar. Lyn y Regulus descendieron como dos flechas para colocarse a su lado, y Puddle dio un pequeño salto ágil hasta volver a acomodarse en su regazo.

Todos seguían la dirección que el Gusano de Pantano les señalaba desde las profundidades. Aquella presencia seguía allí, inmóvil, tratando de fundirse con la sombra y el silencio. Y era precisamente ese silencio forzado lo que más preocupaba a Aoi: en un bosque que respira y se mueve, quien intenta permanecer quieto… está rompiendo las reglas.

Fern surcaba la espesura como una sombra plateada, y aunque el bosque parecía empeñado en cerrarles el paso a cada instante —troncos girando, raíces alzándose como muros—, Aoi lo veía todo con claridad: el Gusano de Pantano le susurraba desde la tierra cada movimiento, cada sendero que se abría y cada camino que desaparecía.

—Un poco más… ya casi estamos.

La presencia que habían detectado no se ocultaba más: estaba allí, al borde de un pequeño claro que parecía haber permanecido intacto por pura casualidad. Y al llegar, Aoi entendió de golpe todo lo que había ocurrido.

En el centro, una figura apenas lograba sostenerse. Vestía una armadura oscura de líneas elegantes pero totalmente desgastada, con placas rotas y rasgaduras que hablaban de horas de combate ininterrumpido. Su capa de batalla colgaba hecha jirones, y una mancha oscura se extendía por su brazo derecho, resbalando lentamente hasta empapar la empuñadura de una lanza larga y afilada, con una gema roja que aún brillaba débilmente. Respiraba con esfuerzo, cada toma de aire un trabajo pesado, y sus orejas afiladas se tensaban con cada zumbido que llenaba el aire.

Frente a ella, la amenaza era imponente: una abeja de tamaño colosal, varias veces mayor que un caballo, con alas que batían al compás de un zumbido profundo que hacía vibrar incluso el suelo. A su alrededor, decenas de obreras revoloteaban en formación, listas para atacar.

Aoi activó la habilidad al instante:

Abeja Reina del Bosque — Jefa de Colmena

Estado: Defendiendo su nido con extrema agresividad.

Las Reinas solo abandonan la protección de la colmena ante una amenaza que consideran mortal.

—Significa que ella… ha llegado demasiado lejos —murmuró Aoi.



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Editado: 18.10.2026

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