El jefe final que no quiere ser derrotado

Capítulo 39: la ultima batalla

La Esfinge apareció entre los árboles con una calma helada, pero sus ojos brillaban con una inteligencia que antes no habían visto. No era la misma bestia que la primera vez: había aprendido. Cada paso suyo hacía crujir la tierra, y su mirada recorría el terreno calculando cada movimiento posible.

El suelo estalló con violencia. El Gusano de Pantano surgió como una montaña viva, lanzándose directo a rodear su cuello como la vez anterior… pero la Esfinge ya lo esperaba. Con un movimiento rápido y fluido, saltó hacia un lado, esquivando las mandíbulas que cerraron solo sobre el aire con un estruendo ensordecedor. La bestia rugió con burla, como si supiera que repetir el mismo truco era un error.

Aoi no se inmutó. Desde el lomo de Fern, alzó una mano y dio una señal.

En ese instante, el cielo se oscureció. Cientos de aves de todas las especies descendieron como una tormenta viva: cuervos, halcones, pájaros pequeños y grandes, todos unidos por un pacto temporal sellado con Aoi. Picoteaban sus ojos, golpeaban sus alas contra su rostro, se posaban en su lomo y en sus patas. La Esfinge rugía con furia, sacudiéndose con fuerza, golpeando el aire con sus garras, pero por cada ave que alejaba, otras diez tomaban su lugar. Ahora tenía que defenderse de todas partes a la vez.

—¡AHORA, ZERISKA! —gritó Aoi.

La dracónida salió disparada desde el flanco, con su lanza brillando con fuerza. No buscaba herirla de muerte: su misión era desviar, contener y mantenerla ocupada. Cuando la garra de la Esfinge bajó con fuerza letal hacia el lugar donde se encontraba el Gusano, Zeriska se interpuso con un grito, desviando el golpe con el asta de su arma. El impacto fue tan fuerte que los brazos de la joven crujieron y salió despedida varios metros, pero rodó por el suelo y se puso en pie al instante, volviendo a lanzarse. Cuando la cola acorazada de la bestia azotó hacia Fern, ella volvió a aparecer, golpeando la cola con su lanza para cambiar su trayectoria. Cada movimiento suyo protegía a sus compañeros, cada desvío ganaba unos segundos vitales.

—¡GUSANO!

La criatura volvió a hundirse y emergió directamente bajo el vientre de la Esfinge, golpeando con toda su fuerza en su zona más blanda. La bestia rugió de dolor y se dobló hacia adelante; el golpe no le restó mucha vida, pero atrajo toda su atención y su ira hacia el gusano.

—¡FERN!

El enorme Fenrir macho se lanzó como un rayo plateado, mordiendo con fuerza sus patas traseras y rasgando su piel antes de desaparecer de nuevo antes del contraataque. La Esfinge giraba furiosa, golpeando árboles enteros que caían como si fueran ramas secas, pero Fern siempre aparecía por donde menos lo esperaba.

—¡LYN!

La enorme ave descendió envuelta en vientos cortantes que golpeaban su rostro, obligándola a cubrirse los ojos, a perder precisión.

—¡REGULUS!

El pequeño wyvern lanzaba llamarada tras llamarada, envolviendo su cuerpo en fuego que, aunque no la quemaba profundamente, la mantenía a la defensiva y le impedía concentrarse en un solo objetivo.

Así transcurrieron minutos interminables: la Esfinge golpeaba con la fuerza de un desastre natural, pero nunca lograba fijar a nadie. Cada vez que elegía un objetivo, Zeriska estaba allí para interponerse o desviar el golpe; cada vez que intentaba avanzar, el Gusano la frenaba desde abajo; cada vez que levantaba la cabeza, las aves y Lyn la cegaban; cada vez que bajaba la guardia, el fuego de Regulus y los mordiscos de Fern la castigaban. Era una danza mortal donde la coordinación de todos era la única arma contra un enemigo infinitamente superior.

Hasta que Aoi alzó la mano y dio una palmada seca que se escuchó por encima de todo el estruendo:

—¡RETIRADA!

Todos se apartaron al unísono como si fueran un solo cuerpo.

—¡Zeriska, escúchame bien! —ordenó Aoi mientras el Gusano se acercaba a ella—: Súbete a Fern y corre hacia el acantilado. Llega antes que nosotros y avisa a Kyouka. Allí necesitarán tu fuerza cuando llegue el momento. ¡Ve!

Zeriska asintió con firmeza, con el pecho agitado pero la mirada llena de determinación. Saltó sobre el lomo del lobo y este salió disparado como una flecha hacia el risco. Aoi bajó del suelo y se subió con agilidad sobre el lomo del Gusano, que comenzó a avanzar arrastrándose por la tierra, manteniéndose entre ella y la bestia.

La Esfinge soltó un rugido que hizo temblar las nubes. Al ver que huían, la furia dio paso a una sonrisa retorcida y hambrienta. Comenzó a perseguirlos, disfrutando de la cacería, creyendo que el miedo los hacía retroceder. No sabía que cada paso la acercaba a su perdición.

Durante diez minutos la persecución continuó. Lyn y Regulus seguían atacando desde lo alto, picando su orgullo, irritándola más y más, obligándola a correr con la mente nublada por la ira.

—¡Ya vienen! ¡Prepárense!

Abajo, la Esfinge avanzaba con una sonrisa retorcida, disfrutando de cada metro que ganaba. Creía que Aoi huía por miedo. No imaginaba que cada paso la acercaba a su fin.

Cuando por fin llegaron a la entrada del desfiladero, entre las dos altas paredes de roca, Lyn y Regulus ascendieron velozmente hacia lo más alto. Aoi apretó contra su pecho a Puddle, que permanecía firme y tranquilo, y ordenó al Gusano adentrarse en el estrecho paso.

—¡EMBISTE! —gritó justo cuando la Esfinge se lanzaba sobre ellas con toda su fuerza.

El Gusano de Pantano giró y se lanzó hacia adelante, chocando de frente contra la bestia. El impacto fue brutal: el suelo se fracturó, el aire estalló en un estruendo sordo y el cuerpo del gusano crujió bajo esa presión inmensa, pero se mantuvo firme, sosteniendo a la Esfinge justo en el centro del desfiladero, impidiéndole avanzar ni retroceder.

—¡KYOUKA, AHORA! —ordenó Aoi mientras se introducía rápidamente en la boca del Gusano junto a Puddle, refugiándose en su interior.

Desde la cima, Kyouka no dudó ni un segundo. Apretó el detonador.



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Editado: 18.10.2026

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