
El cadáver de un amor en invierno

El frío del calabozo se adhería a mis huesos, alimentándose de lo poco que me quedaba. Y en ese pozo de piedra y humedad, el hierro reforzado con runas que aprisionaba mis muñecas pesaba más que mi existencia.
Cerré los ojos, me tragué el dolor que me arañaba la garganta y busqué en el fondo de mi sangre. Apenas una chispa. Una diminuta e insignificante brizna de mi magia.
El intento fue un error brutal.
El hierro reaccionó al instante, calentándose al rojo vivo. Las runas que sofocaban la magia, grabadas en los grilletes, devoraron el hechizo y lo convirtieron en un azote de fuego directo contra mi piel. El chasquido de la carne abrasándose resonó en la celda. El dolor fue tan agudo que me nubló la vista, pero no dejé escapar ni un solo gemido. En lugar de eso, apreté los dientes y permití que una sonrisa lenta, amarga y torcida se dibujara en mis labios.
Si dolió hasta el delirio, significaba que todavía respiraba. Y mientras siguiera con vida, la Guardia Oscura no había ganado nada.
Dejé que el fuego en mis muñecas muriera hasta que el dolor se redujo a un latido sordo. El fino vapor de mi respiración era el único movimiento en la penumbra de las mazmorras. Ni una antorcha. Ni una voz. Solo el goteo lejano del agua filtrándose por la roca y el peso del hierro tirando de mis brazos, como si la pared misma quisiera absorberme.
No supe cuánto tiempo llevaba contando los latidos de mi pulso, hasta que mi atención se centró en algo más interesante.
Primero fue un sonido húmedo, amortiguado, que llegaba desde los pasillos de piedra, y luego el arrastre inconfundible de cuerpos pesados cayendo contra el suelo.
Me enderecé tanto como las cadenas me lo permitieron. Mi poder estaba enterrado bajo capas de sellos, pero incluso un rescoldo reconoce el calor de otra brasa. Y lo que se acercaba por el corredor era mucho más que una brasa. Era una marea. Una fuerza oscura y antigua que hacía vibrar el aire y me tensaba las runas bajo la piel.
Los pasos se detuvieron justo al otro lado de los barrotes.
La figura que se recortaba contra la luz moribunda de la luna era Calenor; sin embargo, algo en ella había cambiado. Aquella gris, de alas mutiladas y harapos terrosos, había perdido su porte habitual.
Cuando la luz por fin iluminó su rostro, noté que los ojos de Calenor habían perdido el tono lechoso y apagado propio de su especie; en su lugar, dos pozos de neblina negra bailaban tras sus pupilas. Y en su cuello, bajo la piel translúcida, las venas se trazaban en caracteres oscuros, líneas rúnicas negras que se encendían y se apagaban al ritmo de una respiración que no era la suya.
Cuando abrió la boca, la voz que salió tenía el tono de Calenor y, debajo, un eco grave, ajeno, como si otra garganta hablara desde el fondo de una sima.
—Vaya, vaya, Nyra. —Ladeó el cuello y las vértebras crujieron una tras otra—. La gran hechicera de las Tierras Olvidadas, convertida en un ratón atrapado en su propia trampa. ¿Era esta la imagen de poder que pensabas regalarle a este reino?
Definitivamente no era Calenor. Era la Bruja Rúnica.
—Mírate... has vuelto a ser la peste de las Tierras Olvidadas —continuó con sorna—. Hueles a miedo, Nyra. Hueles al cadáver de un amor que ha durado lo que tarda en marchitarse una flor en el invierno de estas tierras heladas.
—¿Realmente has venido a recitar esas palabras que no tienen ningún efecto en mí? Si vienes a contemplar mi agonía, date prisa; no dispongo de paciencia para esto, y tu presencia me repugna.
Una sonrisa monstruosamente amplia, cargada de dientes, se abrió paso en el rostro robado de la gris.
—Fascinante —susurró, dando un paso lento hasta pegar el cuerpo a los barrotes—. Tu carne se está pudriendo, apenas puedes mantenerte en pie sin temblar... y aun así la soberbia es lo único que te mantiene erguida.
—La soberbia es un lujo que las mujeres como yo podemos permitirnos hasta en la pira —repliqué con una leve risa rasposa—. ¿Y tú? ¿Es este el máximo logro de una hechicera ancestral? ¿Robar cuerpos ajenos como una alimaña porque no tienes las agallas de enfrentarme con tu propia cara?
—Esa lengua viperina y tu costumbre de hablar antes de pensar son exactamente lo que te ha traído hasta esta pocilga —replicó, el eco ajeno resonando bajo la voz prestada de Calenor—. Toda esa magia antigua, y ni siquiera pudiste ver venir la traición de un simple lobo enamorado. Qué decepcionante final para una bruja.
—Prefiero pudrirme en esta trampa con mi orgullo intacto —escupí, sosteniéndole la mirada con la misma frialdad con la que solía mirar a mis víctimas— que andar por el mundo siendo un parásito que se esconde detrás de la cara de una asquerosa gris. Dilo de una vez: ¿qué haces aquí? ¿Vienes a aprovechar que estoy encadenada para cobrarte haber arruinado tus planes con la Manada de Hierro, o solo a disfrutar de mi miseria?
La Bruja Rúnica se inclinó hacia adelante, presionando el rostro de Calenor contra el hierro frío de los barrotes. La neblina negra de sus ojos parecía querer filtrarse hacia mi celda.